13.6.06

Aquel Brasil

Hoy juega Brasil su primer partido en el Mundial. No sé cuál es su rival: ni lo he mirado. A mí sólo me importa Brasil. Hasta el propio fútbol, el contaminante y abrasivo fútbol, me toca cada vez más las pelotas (y nunca mejor dicho). Para mí Brasil, sólo Brasil.

El primer destello fue, como para muchos, en el Mundial 82. Aquel Brasil de Zico, Sócrates y Falcão. De pronto, arte en el césped. Un hechizo que nos impedía apartar la mirada de aquellas evoluciones alegres y armónicas. Eran literalmente jugadores, jugadores adultos en el sentido del memorable aforismo nietzscheano: "Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar". La seriedad de la alegría. O el juego ejercido de un modo implacable, sin ahorro. Aquel Brasil.

Pero aquel Brasil perdió. Y, como dice mi amigo Andújar, tal vez en ese momento quedaron derrotadas muchas cosas. El fútbol se volvió más rácano, y esa racanería lo terminó contaminando todo. Jünger señalaba el naufragio del Titanic como el momento en que se quebró definitivamente la fe en el progreso y el siglo XX se convirtió de golpe en siglo XX. Puede que con aquella derrota de Brasil quedase marcada en las conciencias otra suerte de "se acabó la diversión". El personal se puso a administrar la alegría y a contenerse. Había que exhibir menos desparpajo, calcular mejor, a ver si así se podía ganar. Y para cuando se ha aprendido que ni siquiera con estas victorias se alcanza la alegría de aquella derrota, ya no se ha podido volver.

Después de aquel verano vinieron, por este orden, las canciones brasileñas, las mujeres brasileñas, la literatura brasileña y el propio Brasil, con su paisaje desde la ventana del ônibus y sus ciudades brasileñas (principalmente Rio de Janeiro); con el idioma portugués (¡de acento brasileño!) aromándolo todo en todo instante. Y hemos seguido viviendo los Mundiales con un aburrimiento efectivo, pero enganchados a aquella antigua felicidad.

Recuerdo la final del Mundial 94. En el momento del penalty de Baggio le quité la voz a la tele y puse el Fio Maravilha de Jorge Ben. Funcionó. Brasil fue tetra. Durante ocho años fue muy gracioso escuchar a los brasileños exhibir su orgullo de tetracampeones: "Eu sou tetra, menino!". Una vez una amiga me confesó que también se acostaba con mujeres. Y debí de poner cara de sorpresa (sin duda sería morbo que no acertó a expresarse con desenvoltura), porque avanzó una explicación deliciosa (que me hubiese perdido de haberme mostrado más desenvuelto): "Pero cariño, si soy tetracampeona, ¿cómo no voy a ser bisexual?".

El Mundial 98 me pilló viviendo con Nádia en Torremolinos. Y la comunidad brasileña de la Costa del Sol había preparado una fiesta en un bar de Fuengirola el día de la final. Fue una lástima que Brasil no ganase aquel año. Todavía me entra una nostalgia por lo no vivido al pensar en aquella juerga magnífica, que no se pudo celebrar. Algunos intentaron encenderla a pesar de todo. Pero salía algo deshilachado, apagado, y acabamos regresando a casa.

En el 2002 sí hubo celebración. Y la viví en el mejor sitio posible: la Casa do Brasil de Madrid, bebiendo guaraná y cerveza Brahma. La noche anterior había asistido a un concierto de Caetano Veloso en el Conde-Duque, así que la jornada se presentaba redonda. Era la época del anuncio en el que una brasileña se alzaba la camiseta amarilla para mostrar los pechos: "¿Cuál es el secreto de Brasil?". Muchas hicieron lo mismo aquella mañana de junio para festejar que ya eran penta. Sí, recuerdo una alegría de pechos frescos saltando al ritmo de la batucada. Quiero que este año ocurra también, y si por el camino hay que eliminar a España, casi mejor.