23.6.06

El filósofo decepcionante

Corría el año 85 y yo era demasiado joven (pongamos que tenía diecinueve). Fernando Savater daba una conferencia en Benalmádena. Mi amigo Macías y yo emprendimos una de esas miniodiseas provinciales para escucharlo: tomamos el autobús hasta Benalmádena-Costa, pero resultó que la conferencia era arriba, en Arroyo de la Miel, así que tuvimos que subir una interminable cuesta, en medio de la cual nos recogió un automovilista que nos condujo hasta el pórtico del edificio correspondiente. La conferencia estaba ya empezada. Savater hablaba en la sala oscura, alumbrado (sic) por un flexo. La imagen inmediata era la de un detenido confesando ante los focos de la policía. Nos sentamos y nos pusimos a escuchar. El tema era el origen filosófico de los Derechos Humanos o algo así. Para mí, que me había acercado a Savater por mi nietzscheanismo encendido (y que su Conocer Nietzsche y su obra impulsó), se trataba de un asunto un poco blando. A mis espaldas, alguien le susurraba a su acompañante: "Es una pena. Desde Panfleto contra el Todo no ha investigado nada". Después llegó el turno de preguntas. Yo alcé la mano y le dije envaradamente si no le parecía que los Derechos Humanos apestaban demasiado a cristianismo. El contestó con paciencia que tales Derechos tenían en el cristianismo uno de sus más sólidos orígenes. Decepción. Mi amigo, que políticamente era bastante extremista (luego aprobó unas oposiciones y se dedicó a la pesca con caña) intervino también: atacó su connivencia con el "sistema". No recuerdo qué respondió, pero mi amigo se sintió igualmente decepcionado. Luego una señora le abroncó por estar "a favor de las drogas", porque tenía una hija yonqui, etcétera. La respuesta del filósofo, en favor de la despenalización, la decepcionó también. Otro le regañó por creer que era posible la libertad. Nueva decepción. Uno tras otro íbamos quedando decepcionados por sus respuestas, sin excepción alguna. La última la hizo un andaluz campechano y fue, sin duda, la más relajada: "Don Fernando, ¿nos puede decir qué libros está leyendo ahora?". Pero Savater citó a autores raros, que nadie conocía, y recuerdo que eso consiguió decepcionarnos, definitivamente, a todos de una vez. Salimos de aquella conferencia decepcionados e insatisfechos. Savater no nos dio a ninguno lo que buscábamos, ni nos dijo lo que queríamos oír. Nos paró los pies de niños consentidos y nos dejó una semilla incómoda en la cabeza. Más de veinte años después, en que no hemos dejado de leerlo ni nos hemos tomado ni una sola temporada, como con otros tantos autores, "vacaciones de Savater", uno no puede sino recordar con asombro y admiración su tarea y su ejemplo. Una vez escribí una versión personal del Otro poema de los dones de Borges y esta es una de las pocas líneas que me siguen gustando: "Por el valor y la felicidad de Fernando Savater". Ha sido el auténtico maestro de mi generación: sin él, seríamos sin duda peores. Esta nota debería haberse titulado, nietzscheanamente: Savater, educador.