28.10.06

Otra tarde con Woody

Ayer fui a ver la nueva película de Woody Allen: como todos los años, a la primera sesión del viernes de estreno. Para mí es una declaración de principios. No ignoro que comparto esta costumbre con sectores particularmente desagradables de la población (v. g. la familia Trueba); pero mi personalidad y mi amor a Woody son tan fuertes, que surfeo olímpicamente la incómoda coincidencia.

Pero ayer cometí un error. Llegué con diez minutos de retraso y tuve que esperar a la sesión siguiente. Me encontraba en uno de esos Shoppings que incluyen el inevitable Multicines Imax. A las cuatro y diez de la tarde, aquello no es más que un prepararse para la agitada noche: camareritas limpiando mesas, mozos barriendo o colocando sillas, heladeras desangeladas... Fue en ese tiempo de espera cuando me asaltó el otoño este año. Hasta ayer yo había seguido viviendo más o menos en el verano, con este calor que persiste hasta en los días de lluvia. Pero tener que pasarse una hora y cincuenta minutos en un Shopping le hace a uno madurar. Deambulé un rato. Miré a un puñado de adolescentes que se terminaban sus hamburguesas en el MacDonald's. Observé los chorros de una fuente que bailoteaban para nadie. Cuando me aburrí, entré en una librería de segunda mano de esas que venden saldos mezclados con chucherías... Entre los libros encontré La invención de la soledad, de Paul Auster. Yo lo tengo en casa, pero a veces trae cuenta pagar cinco euros por llenar una hora. Me senté a repasarlo en la terraza de un Gambrinus (esto de las franquicias, en verdad, son como el sol: te acompañan en cualquier parte del planeta). Abrí al azar y encontré esta frase: "Para él el mundo se ha reducido al tamaño de esta habitación y debe permanecer en ella hasta que logre comprenderlo. Sólo una cosa resulta clara: no podrá estar en otro sitio hasta que no haya estado aquí. Y si no logra encontrar este lugar, sería absurdo que se propusiera buscar otro." A las seis menos diez me levanté y fui al Multicines. Pero el chico que pica las entradas me dijo que aún no se podía pasar. Había habido un contratiempo al comienzo de la primera sesión y la proyección se retrasó quince o veinte minutos. La siguiente empezaría no a las seis, sino a las seis y veinte. En compensación, y para amenizar la espera, ofrecían una sesión gratis en la Sala Imax. Me dio unas gafas enormes, de plástico, y me indicó la puerta. Mientras me dirigía a ella traté de digerir sentimentalmente el hecho de que la película de Woody me había estado esperando... y a mí ni se me ocurrió preguntar.

En la Sala Imax éramos todos, desde luego, personajes de Woody Allen. Habíamos acudido un viernes por la tarde a ver a Woody y nos encontrábamos allí, con nuestras gafas gigantes, viendo en tres dimensiones carreras de coches con acelerones y accidentes, helicópteros sobrevolando el Gran Cañón del Colorado y el mundo microscópico de las hormigas aumentado a un tamaño de cincuenta metros. Era, ciertamente, una vida rutilante: la vida rutilante que habíamos decidido no vivir. Al fin se encendieron las luces y pasamos a la sala buena. Y allí nos recibió, un año más, Woody. Scoop fue muy bien definida ayer en la prensa: se trata de una comedia menor. Una comedia menor y absolutamente deliciosa. Un Woody Allen envejecido, canoso, ya cansado... y en estado de gracia una vez más. Un argumento simplote pero encantador, de una previsibilidad alada y enternecedora. Y Woody más payasete y más chistoso de lo que nos tenía acostumbrados últimamente, quizá porque le inspira ser un neoyorquino en el Londres del príncipe Carlos. Y así se fue pasando la sesión: agrado, felicidad y, de vez en cuando, la conciencia del asiento de la derecha (o quizá el de la izquierda) vacío. Poco antes de las ocho, en los aparcamientos al aire libre del Shopping, un cielo recién anochecido, azul cobalto, que combinaba con el hilo musical. Y después encuentros y risas, y puede que sexo. Y luego una noche más, menos oscura: porque era la noche de otra tarde con Woody.