30.5.06

Fragante delito

En un mail a Horrach escribí la palabra "flagrante", y eso me hizo recordar un lapsus que tuve hace tiempo y que es el lapsus más hermoso de la historia de los lapsus; un lapsus que está, por derecho propio, en el número uno del top lapsus: "en fragante delito" (como quizá sea el delito de vivir). Fernando Pessoa también jugó en su día con la expresión, titulando así esta foto suya de 1929: "Fernando Pessoa em flagrante delitro".

29.5.06

Medellín en una imagen

A Herly, que así se llamaba mi amiga, nunca dejó de extrañarle la ausencia de disparos por la madrugada. Ese silencio era para ella Europa. De todo lo que me contó de Medellín, me quedo con una imagen. Un día corrió la noticia de que Pablo Escobar había adquirido miles de motocicletas y había prometido regalarle una a cada muchacha que fuese caminando a su fortaleza de la montaña. Herly no quiso decirme si ella había ido a por la suya, pero sí que durante semanas el paisaje de la montaña fue el mismo: por la carretera, cruzándose en sentido contrario, un reguero de chicas subiendo a pie, y otro reguero de chicas bajando en motocicleta.

28.5.06

Sollozo kitsch

La vida es tan rara que la mayor horterada de Gil y Gil me produce, siempre que la veo, una sutil emoción. Me refiero al horrendo frontispicio, o como se llame, que afea la entrada de Marbella: esas faraónicas letronas que cruzan, a modo de arco, la carretera con el nombre de la ciudad (M A R B E L L A). La primera vez que pasé por debajo, camino del apartamento que tenía mi amigo Palomo en Estepona, casi vomito. Pero tiempo después ese mismo engendro hizo que se me saltaran las lágrimas. Lo recordé el miércoles pasado, cuando me dirigía a la conferencia de Arcadi Espada. Detrás hay una historia, como es natural.

En enero de 1995 estuve saliendo con una colombiana que vagaba por la Costa del Sol y que le dio a mi vida un aire de telenovela. A mí me encantaba su cuerpo (era preciosa) y también su modo de hablar; pero el contenido de lo que decía... bueno, los que se hayan asomado alguna vez a un culebrón entenderán a qué me refiero. Yo trataba de mantener mi sobriedad hispánica, pero no podía evitar verme como un galán sudamericano al ser acariciado por sus melosas frases, que acababan todas con un “mi amooor”. A veces me reía de ella (afortunadamente el humor nunca faltó en nuestra amistad) y le decía, imitando su acento: “Observa qué linda esa lata de coca-cola que yase en la calsada, mi amooor”. A lo que ella replicaba, fingiendo enfado: “¡Te odio! ¡Me remeeedas!”. En ocasiones me miraba con gesto grave: “Tengo que desirte algo, mi amooor”. Yo le preguntaba, preocupadísimo: "¿El qué?". Y entonces saltaba a mis brazos, alborozada: “¡Que te quiero!”.

Un fin de semana, aprovechando que Palomo dejaba libre su apartamento de Estepona, nos fuimos para allá en autobús. Fueron unos días deliciosos, de pasarlos en la cama llena de sol y paseando por el puerto deportivo. Las extravagancias turísticas que a mí siempre me habían parecido odiosas, a ella le entusiasmaban. Pero yo se lo perdonaba todo, porque llamaba “cobijas” a las mantas y “ultralivianos” a los ultraligeros. En mi memoria aquellas jornadas parecen de verano, aunque las vivimos en invierno. Poco después ella tuvo que regresar a Colombia porque no le renovaron su permiso de residencia. Pensaba volver a España más adelante, pero ya no pudo. En junio le descubrieron un cáncer, allá en Medellín, y murió antes de que se acabase el año, tras un par de operaciones inútiles.

Una de sus últimas tardes aquí le pregunté qué era lo que más le había gustado de España. Ella se dedicó a pensar unos segundos (se había tomado la pregunta en serio) y respondió, haciendo gala una vez más de su irresistible mal gusto: “Ese cartel que hay en la carretera, que dise Marbella... ¡Me fas-sinóoo!”. Corrí a contárselo entre risas a mi amigo Andújar, y luego él se pasó semanas imitándola histriónicamente para meterse conmigo: “Las dos cosas que más me fas-sinaron de España fueron José Antonio y ese cartel de Marbella...”

Mucho tiempo después me encontraba hojeando el periódico en la Biblioteca cuando, al pasar una página, apareció de sopetón el arco ese. Y, claro, me salió un sollozo que cualquiera que me viese no dudaría en calificar de kitsch.

* * *
(28.4.10) Se acabó.

25.5.06

Arcadi Espada en Marbella

Los habituales del blog de Arcadi Espada somos también sensores que vamos detectando la presencia de nuestro anfitrión digital por el territorio. Conformamos un viscoso gps con ojos y oídos tal tentáculos de pulpo. Ayer me tocó a mí estar allí, justo donde Arcadi se encontraba. En Marbella concretamente.

La cita tenía un toque melancólico. Al fin y al cabo, la convocatoria la había hecho Félix Bayón poco antes de morir. “Le dijimos a Félix que íbamos a estar aquí el 24 de mayo, y aquí estamos”, fue una de las primeras frases que formuló Arcadi Espada al micrófono. Se trataba, efectivamente, de una afirmación de la vida.

Y la vida en la sala resultaba en verdad pintoresca. Aparte de unos cuantos intelectuales marbellíes (especie tan exótica que no entiendo cómo el coleccionista de animales embalsamados Roca no se había mandado taxidermizar alguno), destacaban las madames del botox y un émulo de Raymond Nakachian, si es que no era el mismísimo Raymond Nakachian. Yo al principio estaba convencido de que era él, pero me acerqué y olía a Varón Dandy. Eso me hizo dudar. Había otro señor que me llamó la atención por su aspecto melancólico. “Ese es el ex marido de Marisol Yagüe, al que dejó por un guardaespaldas nada más llegar a la alcaldía”, me susurraron al oído. Lo miré mejor. Un cincuentón desvaído y alto, con chaqueta negra. Verdaderamente sufría. Lástima que no escriba sonetos, pensé, podría haber sido el Petrarca de Marbella, cantor de una Laura recauchutada.

Presentó al conferenciante un periodista local, mezcla de Brian Ferry y torero retirado tipo Manolo Vázquez. Agradable de escuchar, aunque con poca sustancia. Bueno para introitos. Luego tomó la palabra el maestro. Dominio en el arte del decir y el entonar. Se ganó al público. Decía Julien Benda que un intelectual es aquel que trata (o decide tratar) a los demás como intelectuales. Espada lo fue justo en ese sentido: y los exóticos intelectuales marbellíes, las madames del botox, el auténtico o falso Nakachian, el Petrarca del recauchutado y yo mismo advertimos esa cortesía para con nuestra inteligencia.

El tema era Cataluña y el Estatut. Y el fracaso de la prensa. La fragmentación de la verdad y, por lo tanto, la desaparición de la verdad. La inexistencia de un auténtico diario español ("ni siquiera El País") y la inexistencia de un auténtico diario europeo, y el drama que eso suponía para España y Europa. Un aforismo soltado al sesgo: "Porque en realidad, ¿qué otra cosa es una nación sino un periódico?". Junto a este fracaso de la prensa, el dominio abusivo y estólido de las televisiones. Se refirió en particular a TV-3 y Canal Sur de un modo que me encantó: "focos achicharrantes". El núcleo de la conferencia consistió en lúcidas andanadas contra el Estatut (y el nacionalismo catalán, y el nacionalismo en sí). A sus lectores nos resultaban familiares, pero siempre produce regocijo asistir al punzamiento de las creencias (sobre todo si éstas resultan dañinas) con las armas de la razón y el sarcasmo. Espada no dejó pasar la esperpéntica actualidad de Montenegro ("si los nacionalistas quieren ser como Montenegro, deberían empezar por el principio: una buena guerra civil"), ni el hecho de encontrarse en Marbella para refutar el dogma de que el poder es mejor cuanto más cerca está de los ciudadanos ("tanta corrupción hubiera resultado imposible si el encargado de decidir las recalificaciones hubiese sido un oscuro funcionario sueco"). Un momento especialmente divertido fue cuando declaró que podría aceptar que le cambiaran a Cervantes por Shakespeare ("al fin y al cabo, murieron el mismo día, ¿no?"); pero no que le quiten a Galdós para ponerle a Pedrolo. "Lo interesante de Cataluña, y lo interesante de Andalucía, es España". Y con esa idea nos quedamos (y esto lo digo yo): España no como unidad de destino en lo universal, sino como amenización de los muermos localistas.

Después, tras los aplausos, me acerqué y me presenté. Tenía pensado parodiar el modo en que lo hizo Fernando Múgica ("lo siento, soy Fernando Múgica") con esta otra frase: “Lo siento, soy menos que Galinsoga”; pero al final le dije sólo el nick que me ha dado la fama. Me miró unos instantes, como sin comprender, y entonces estalló en un abrazo. Tras cruzar unas cuantas frases entre el ajetreo, le pregunté por la conferencia que iba a dar al día siguiente (hoy jueves) en Málaga. “¡Ni se te ocurra venir! ¡Voy a decir lo mismo!”.

24.5.06

Menos que Galinsoga

En la España de 1940, Pla no era nadie, ni siquiera para el Movimiento. Algunas de las oscuridades de su vida y obra se iluminarían parcialmente si no se proyectara sobre el pasado su importancia esencialmente póstuma. Las discusiones, por ejemplo, sobre el hecho de que no fuese nombrado director de La Vanguardia. Es simple (tal vez): era menos que Galinsoga.
De este comentario de Arcadi Espada se deduce que los Galinsogas son finalmente olvidados, a pesar de llevar ese nombre magnífico de Galinsoga, y los que son menos que Galinsoga pueden terminar siendo recordados, siempre que, aun siendo menos que Galinsoga, sean iguales a Pla. Pla era igual a Pla, naturalmente. Incluso en los tiempos en que era menos que Galinsoga, Pla ya era igual a Pla. Y la gran desgracia de Galinsoga fue que, aun siendo más que Pla en los tiempos en que Pla era menos que Galinsoga, sólo consiguió ser en todo momento, sin embargo, igual a Galinsoga.

23.5.06

De risas con Imaz

El domingo por la tarde me encontraba en casa haciendo zapping... No me pregunten por qué: diré sólo que la vida me había colocado ahí. De pronto, entre los desganados programas deportivos de la post-liga, los telefilmes fláccidos y los anuncios (demasiado estrepitosos para el tedio dominical), algo llamativo: Josu Jon Imaz y una rubia, los dos de buen rollito. Solté el mando y me quedé.

A pesar de las atenciones masajísticas de la rubia, se trataba de una entrevista. Aunque en tono de charla: distendida, por supuesto. La rubia preguntaba algo, o simplemente lo mencionaba, con una voz muy agradable y sonriendo. Imaz respondía también entre sonrisas. En ocasiones el buen rollito subía, como champán que se derrama, y la rubia e Imaz rompían a reír juntos. Era exactamente lo que yo necesitaba un domingo por la tarde. Imaz no era Milikito, pero al menos cumplía la función balsámica de un Milikito. Y la rubia no estaba mal.

No he dicho aún en qué cadena aparecía eso. En Málaga TV. Yo me encontraba en Málaga y era normal que una cadena local de Málaga se llamase Málaga TV. ¿Pero qué hacía Imaz ahí? ¿Y encima entrevistado por una rubia tan enjabonadora? Vi que, sobreimpreso en la parte superior izquierda de la pantalla, había otro logotipo: “Local Media”. Ah, un programa de intercambio. Seguramente la entrevista estaría enlatada y todo. En los créditos finales pude leer la rúbrica de la emisión: Telebilbao.

He visto muchas entrevistas masajísticas en mi vida. En Andalucía son antológicas las que le hacen a Chaves en Canal Sur. A pesar de lo rocoso del personaje, consiguen sacarle efluvios emotivos. Hemos visto también ese tipo de entrevistas con González o con Aznar. Pero la impunidad de la rubia en su cueva de Telebilbao no la había visto nunca. Lo que más se le parece son unas declaraciones que le grabaron al ex-etarra Julen Madariaga en Cuatro al principio del, así llamado, proceso de paz. La periodista lo había sentado en la lúdica terraza de un bar (con el paisaje de Obaba de fondo) y ambos mojaban pan relajadísimamente mientras él hablaba. De tapas con la noticia, como quien dice. Y la rubia de este domingo, de risas con Imaz. Era un ejemplo de ausencia total de crispación. Confieso que me emocioné al ver cómo le gustaba al político, lo cómodo que se sentía. Claro, así deben de ser en los sofás de sus casas, pensé. No son malos: simplemente, la crítica les altera.

Como es normal, no era una conversación inocente. Desde esa burbuja sutilísima, se descolgaban de vez en cuando conceptos y expresiones chirriantes, que se daban por supuestas: “identidad vasca”, por ejemplo, o “echar al PP de Navarra”, siempre entre risas. Esta última expresión la dijo primero la rubia: “Tendrán que ponerse de acuerdo para echar al PP de Navarra, ¿no?”. Cito de memoria, pero la frase era de ese estilo. Imaz, lógicamente, se subió a la frase y la prolongó. En tono suave, por supuesto. Los tiempos en que el fascismo se le salía a uno por los colmillos, como a Arzalluz, parecen haber pasado ya. Ahora se impone los buenos modales. Aunque en los fundamentos de lo que se diga siga anidando aquello que, con un empujoncito, podría derivar (¿otra vez? ¿como siempre?) en crimen...

Pero eso ya lo pensé el lunes. Para el domingo me venía bien la ausencia total de crispación.

[Publicado en Basta Ya]

22.5.06

Esto no es un blog

Me preguntan mis amigos (¡y se preguntan mis enemigos!) que por qué he desactivado la opción de comentarios de este blog. En primer lugar, para no fomentar mi neurosis. Los que me conocen saben que yo cultivo mi neurosis como una flor de plástico... pero hay ciertos piensos que podrían volverla carnívora. En cualquier caso, para quienes tengan ganas de interacción, he dejado bien visible en el encabezamiento mi dirección de mail.

Y en segundo lugar porque, a pesar de su apariencia, esto no es un blog. Me he servido del formato de Blogger, que es el que tenía más a mano, pero simplificándolo al máximo y con el propósito de no someterme a la mecánica (¡también carnívora!) de los blogs. Se trata sólo de disponer de una retícula del ciberespacio donde colocar mis textos. No me obligo a nada: escribiré según mis ocupaciones y mis impulsos. Habrá unas temporadas en que escribiré más y otras menos. Sólo me propongo ser vibrante.

19.5.06

Mi suicidio poético

A la memoria de Félix Bayón

La verdad es que nunca he sabido qué hacer con la poesía. Con la prosa sí. Con la prosa sé más o menos por dónde hay que tirar, y (lo consiga o no lo consiga) podría pasarme la vida entera trabajando un párrafo. Pero cuando escribía poemas, el procedimiento era muy corto. Me salía el poema del tirón, luego lo repasaba un poco, ajustando algún verso, cambiando algún adjetivo o alguna coma, y ya está. Ya no sabía qué más se podía hacer con él. Era un objeto hermético encima de la mesa que yo ya no sabía manipular. Sólo cuando se trataba de un poema paródico o deliberadamente artificioso podía seguirlo trabajando; quizá con la conciencia tranquila de que eso ya no era poesía.

Siempre he sido consciente de estas limitaciones y, aunque les tengo cariño, nunca he considerado que mis poemas aportasen nada. Creo que eran aceptables y más o menos coquetos, pero del montón. De hecho, no he buscado publicarlos: y esta omisión es, quizá, la prueba irrebatible de autocrítica en un autor. Pero esta pureza tampoco es íntegra. En todos estos años he tenido dos momentos de debilidad. Uno fue a principios de los noventa, cuando yo tenía veintipocos. Aunque ya entonces, como siempre, mi juicio acerca de mis versos es el que acabo de decir, me dejé dominar por la impaciencia de querer publicar para, como decía Gil de Biedma (creo que citando a Auden), adquirir “la imagen social de poeta”. Mandé mi libro a una editorial y después a un premio; por fortuna fracasé en ambos casos. Así no he cargado con una obra que hubiera tenido que repudiar después.

El segundo momento de debilidad fue el año pasado, ya en mis treinta y nueve. Yo hacía mucho que no escribía poemas, pero mi amigo Losada me invitó a un ciclo de lecturas que estaba organizando en Córdoba. Primero le dije que no. Después accedí. Pensé que, al fin y al cabo, no estaba mal hacer una presentación en sociedad (única y póstuma) del poeta, o del esbozo de poeta, que fui. Pasé el otoño repasando mis sobras completas (le robo la expresión a Savater) y seleccionando los textos de mi intervención. En ese repaso me di cuenta de que, en realidad, yo había estado escribiendo siempre o contra la poesía o en favor de la desaparición del poeta. Es decir: mis poemas positivamente poéticos eran recreaciones de la desaparición del poeta (de mi desaparición); y mis poemas negativamente poéticos (los paródicos) eran en sí mismos una desaparición: la desaparición de la poesía. Eran, en ambos casos, los poemas de un suicidio poético: suicidio que había concluido con éxito (exitus: salida).

Así que con este ánimo reconfortantemente póstumo me planté en Córdoba en diciembre. Descartada la poesía, yo estaba feliz y con mucha curiosidad por ver qué pasaba, sin más, con el acontecimiento. Dispuesto también a gozar del halago. No había leído en público en mi vida. Para mí era como hacer turismo a una situación nueva, y a su correspondiente gama de sensaciones. A lo largo del tiempo he asistido a bastantes recitales poéticos y siempre había un elemento tedioso que tardé en localizar: el poeta leyendo me evocaba a los que leían en la misa, aburridísimamente. Ahora yo iba a ser uno de ellos, siquiera por una noche. Poco antes del acto, cuando me encontraba precisamente en capilla como quien dice, recibí una llamada de Félix Bayón al móvil. Sólo quería celebrar una frase que acababa de escuchar en un capítulo de Los Soprano: “El cunnilingus y la psiquiatría nos han llevado a esto". Ahí sí que hay poesía, pensé mientras me dirigía a la sala.

El acto fue como un túnel. O como si uno se metiese en una cámara a presión o en una cabina de astronauta: un espacio con una densidad distinta de la habitual, con otras leyes. Lo hice bien, pero no como yo hubiera querido. En los días previos me había imaginado leyendo y comentando mis poemas con mucha simpatía. Yo hablaba con soltura y emitía sonrisas y gestos cómplices que el público captaba y celebraba conmigo. Pero no sucedió así. En cuanto Losada me presentó y me quedé a solas en mi mesa, ante el micrófono, me sentí como si me hubieran puesto un traje de plomo: no sobre el cuerpo, sino por dentro, en el alma. Esa creo que es la imagen exacta: me sentí como con una armadura interior. De pronto me volví serio, mis gestos se hicieron pausados, pesantes. Ese aplomo me sorprendió. Imponía respeto al auditorio y también a mí mismo: yo no podía salir de él. En un par de ocasiones intenté rebajar la tensión con un chiste o una ironía: pero no pude. Me sentía lleno de energía e investido por la atención ajena. Era una coacción que yo era el primero en sufrir, en experimentar.

Supongo que cuando uno se acostumbra a este tipo de actos, los vuelve más suyos y adquiere movilidad dentro de ellos. Serán también un aprendizaje, como todo. Pero para mí era algo completamente nuevo y recibí unas sensaciones muy precisas. Capté la fenomenología del acontecimiento, de un modo que quizá ya se le escape al conferenciante profesional. El silencio de la sala, un silencio humano, tangible, emocional; la desaparición de los individuos, de los rostros, cuando yo miraba ocasionalmente, y la sustitución de cada uno por ese cuerpo unánime, hecho de bultos pero que respiraba; la sensación de mi voz en el micrófono, de mis dedos pasando la hoja, de la luz del flexo, el sabor del whisky con seven-up en mis tragos como a cámara lenta... Cuando acabé, el aplauso era algo necesario para mí: yo lo necesitaba. Su ausencia hubiera sido un empujón.

El público luego, en el turno de preguntas, me prodigó elogios. Eran más bien superficiales, pero los agradecí igualmente. Uno se crece entonces. Cuando comprueba que el público está a su favor, aunque sea por cortesía, la mera topología del acontecimiento le otorga poder. Uno es el foco del que emana la voz, el punto al que señala la luz. Todos los oídos y todos los ojos están pendientes de uno. Es una disposición intrínsecamente perversa. Yo, agarrotado como estaba, ya pude experimentarlo, y lo usé dentro de mis posibilidades. Imagínense lo que puede hacer el hombre de cultura con tablas, o el hombre del espectáculo; o mejor aún: el político acostumbrado a mítines. Creo que uno debe de acabar necesariamente cretinizado. Comprendí algo del hablar en público: uno hace una afirmación de la que quizá no está muy convencido... pero la mecánica del acontecimiento le impulsa a seguir emitiendo otras afirmaciones que la suscriban. Se va tejiendo una malla metálica de la que es muy difícil escapar para autodesmentirse como el Prufrock de Eliot: “no es eso en absoluto, no es eso lo que yo quería decir en absoluto”.

En fin, salí de esa jornada con el ego subido. Al día siguiente abrí un blog donde colgué mis poemas y las fotos de la velada. De pronto me reconfortaba ser alguien: el poeta que leyó en Córdoba al menos, ese del cartel diseñado por Losada. Pero por fortuna, a las pocas semanas se me bajaron los humos. Comprendí que eso no conducía a ninguna parte. Releí a algunos de mis poetas favoritos, y también descubrí a otros de mi edad que lo estaban haciendo muy bien. Debía aceptar que yo era un poeta muerto. Borré mis poemas del blog. Decidí que estuvo bien esa experiencia, pero que no la volvería a repetir. Terminé de suicidarme como poeta... y aquí me tienen, vivo en la prosa.

[Publicado en Kiliedro]

El aprendiz al sol



Tener el aprendiz al sol es la leyenda de un dibujo que representa a un ciclista ético subiendo una cuesta reducida a una línea.
(Marcel Duchamp)

* * *
En la juventud es frecuente una atmósfera general lóbrega, cual si el otoño proyectase sus sombras por adelantado. Poco a poco va aclarándose la vista; también a vivir hay que aprender.
(Ernst Jünger)