24.8.06

El árbol de Poe

No creo que haya habido nunca en Málaga una librería tan peculiar como El Árbol de Poe. Situada en calle Frailes, se accedía a ella subiendo un par de escalones y empujando una puerta que casi siempre estaba atrancada y que, al lograrse abrir, armaba un gran estrépito. Uno se encontraba entonces, de sopetón, frente al dueño, que solía estar en su mostradorcito con la mirada perdida, sin inmutarse nunca: ni siquiera cuando uno entraba. Me habían dicho que era poeta y que se llamaba Paco Cumpián. Pero jamás me atreví a hablar con él: su aspecto melancólico me intimidaba.

La librería siempre estaba vacía. Era pequeña y sus estanterías, como artesanales, me recordaban a las de una casa particular. Para salir del campo de visión (de visión perdida) de Cumpián había que dar dos pasos a la derecha, lo cual resultaba escabroso, puesto que el suelo era de madera y crujía como un ataúd. Con el tiempo, aprendí a administrar mis pasos dentro del local, tratando de que fueran los menos posibles. Tres hasta la primera estantería, dos más para abarcarla (que me servían también para echarle un vistazo a la mesa central, dándome la vuelta pero sin levantar los pies del suelo), otros tres para la segunda estantería, cuatro para ir al mostrador a pagar y tres más para salir (peleando otra vez con la puerta): quince pasos en total, todos crujientes.

Lo diminuto del sitio era inversamente proporcional a la cantidad de libros interesantes que contenía. A ninguna otra librería, por ejemplo, llegaban antes las novedades poéticas, ni en ninguna era posible encontrar ciertos libros y revistas ya descatalogados. El Árbol de Poe funcionaba también como imprenta, y por aquí y por allí se exponían sus coquetas ediciones. Pero precisamente esa exquisitez me fue inoculando la obsesión de que yo no podía decepcionar a Cumpián con mis compras, ni irme nunca con las manos vacías. Pasaba horas esforzándome por hacer la elección adecuada, paralizado para no romper el espeso silencio con ningún paso adicional.

La hora de pagar también tenía su épica (o su comedia). Cumpián no solía tener suelto para los cambios demasiado cuantiosos, de modo que cuando pagabas un libro barato con un billete grande, le embargaba el nerviosismo. Sacaba su carterilla de cuero y hurgaba en ella como si esperase encontrar el surtido de una caja registradora, inútilmente. Poco a poco aprendí también a adquirir sólo libros cuyos precios se ajustasen lo más posible al efectivo que yo llevara encima.

Salía agotado, con gran desgaste psíquico. Por eso llegó un momento en que dejé de entrar. Tiempo después vi que había cerrado y pensé, con terror propio de Poe, que yo había sido su único cliente. (Después volvió a abrir, con el mismo nombre y con el mismo Cumpián, pero ya sólo funciona como imprenta.)

22.8.06

Tejiendo la mañana

Traduzco ahora mi poema favorito del gran João Cabral de Melo Neto: "Tecendo a manhã", de La educación por la piedra (1966).

* * *
Tejiendo la mañana

1
Un gallo solo no teje una mañana:
precisará siempre de otros gallos.
De uno que recoja el grito que él
y lo lance a otro; de otro gallo
que recoja el grito del gallo anterior
y lo lance a otro; y de otros gallos
que con otros muchos gallos se crucen
los hilos de sol de sus gritos de gallo,
para que la mañana, con una tela tenue,
vaya siendo tejida, entre todos los gallos.

2
Y tomando cuerpo en tela, entre todos,
erigiéndose en tienda, donde entren todos,
entretendiéndose para todos, en el toldo
(la mañana) que planea libre de armazón.
La mañana, toldo de un tejido tan aéreo
que, tejido, se eleva de por sí: luz globo.

15.8.06

Un poema de Manuel Bandeira

Traduzco "Evocação do Recife" (1925), del poeta brasileño Manuel Bandeira (1886-1968). Solo una nota: el Capiberibe es un río de Pernambuco, el estado cuya capital es Recife. En este poema la palabra resuena algo así como "Rosebud" en Ciudadano Kane.

* * *
Evocación de Recife

Recife
No la Venecia americana
No la Mauritsstad de los armadores de las Indias Occidentales
No el Recife de los Mascates
Ni siquiera el Recife que aprendí a amar después
—Recife de las revoluciones libertarias
Sino el Recife sin historia ni literatura
Recife sin más nada
Recife de mi infancia
La calle de la Unión donde yo jugaba al caliente y frío
y rompía las cristales de la casa de doña Aninha Viegas
Totônio Rodrigues era muy viejo y se ponía los anteojos
en la punta de la nariz
Después de cenar las familias tomaban la acera con sillas
chismorreos noviazgos risas
Jugábamos en medio de la calle
Los niños gritaban:
¡Sal conejo!
¡No salgas!

A distancia las voces suaves de las niñas cantaban a coro:
Rosal dame una rosa
Clavel dame un capullo

(De aquellas rosas muchas rosas
habrán muerto sin florecer...)
De repente
en lo profundo de la noche
una campana
Un adulto decía:
¡Fuego en San Antonio!
Otro discrepaba: ¡San José!
Totônio Rodrigues pensaba siempre que era en San José.
Los hombres se ponían el sombrero salían echando humo
Y yo tenía rabia de ser un niño porque no podía ir a ver el fuego.

Calle de la Unión...
Qué bonitos eran los nombres de las calles de mi infancia
Calle del Sol
(Tengo miedo de que hoy se llame del Dr. Fulano de Tal)
Detrás de casa quedaba la calle de la Añoranza...
...adonde se iba a fumar a escondidas
En el otro lado estaba el muelle de la calle de la Aurora...
...adonde se iba a pescar a escondidas
Capiberibe
—Capiberibe
Allá lejos el pequeño sertón de Caxangá
Retretes de paja
Un día vi a una muchacha desnuda en el retrete
Me quedé inmóvil el corazón batiendo
Ella se rió
Fue mi primer deslumbramiento
¡Inundación! ¡Las inundaciones! Barro buey muerto árboles destrozos remolino desapareció
Y entre los pilares del puente del tren de hierro
los intrépidos caboclos en balsas de hojas de banano

Novenas
Caballadas
Y yo me recosté en el regazo de la niña y ella se puso
a pasar la mano por mis cabellos
Capiberibe
—Capiberibe
Calle de la Unión donde todas las tardes pasaba la negra de los plátanos
Con su vistoso chal de paño de la Costa
Y el vendedor de cañadú
El de cacahuetes
que se llamaban midubines y no eran tostados eran cocidos
Me acuerdo de todos los pregones:
Huevos frescos y baratos
Diez huevos por un peso
Tanto tiempo hace ya...
La vida no me llegaba por los periódicos ni por los libros
Venía de la boca del pueblo en la lengua equivodada del pueblo
Lengua acertada del pueblo
Porque él es el que habla sabroso el portugués de Brasil
Mientras que nosotros
Lo que hacemos
Es remedar cuales monos
La sintaxis lusa
La vida con una buena porción de cosas que yo no entendía bien
Tierras que no sabía por dónde quedaban
Recife...
Calle de la Unión...
La casa de mi abuelo...
¡Nunca pensé que fuese a acabarse!
Todo allí parecía impregnado de eternidad
Recife...
Mi abuelo muerto.
Recife muerto, Recife bueno, Recife brasileño
como la casa de mi abuelo.

14.8.06

El tamaño sí importa

Después de la primera aparición pública de Raúl Castro en tanto Comandante Vicario, ya no cabe ninguna duda: el tamaño sí importa. El hombre, sencillamente, no da. Ni siquiera provoca miedo, como el Hermano Lobo, sino más bien risa. Es una lástima que papá y mamá Castro no diesen otro ejemplar equiparable. Acertaron con la Revolución al producir un barbudo corpulento; histriónico y dañino, sí, pero al fin y al cabo con ciertos toques físicos que le distinguían (un poquito) de los demás dictadores latinoamericanos. Este Raúl Castro, en cambio, podría figurar, sin alterar el conjunto, en la comitiva de Pinochet, Ríos Montt, Videla o incluso Franco (si consideramos a Franco un dictador latinoamericano más, pero sin sabrosura). Con ese aspecto de oficial chusco peruano, y esa cara a medio camino entre Bryce Echenique y Fujimori, uno podría imaginarse perfectamente a Raúl Castro quemando ejemplares de La ciudad y los perros en el patio del Colegio Militar Leoncio Prado. No creo yo que los cubanos puedan tomárselo muy en serio. Hoy he estado mirándole bien el uniforme, porque estoy convencido de que la causa de su tardanza en aparecer está en los trabajos de ajuste que han tenido que hacer los sastres de palacio. De repente, han debido reducir de tamaño los uniformes presidenciales, y eso ha llevado su tiempo. Estos trabajos explicarían también por qué Fidel se ha fotografiado en chándal y no en uniforme: sencillamente, ya no le queda ninguno de su talla. Todos han sido dispuestos, quizá precipitadamente, para la sucesión. Pero yo creo que detrás de ese chándal está la CIA. De otro modo, no se explica. En las fotos a color, con esas franjas rojas y blancas, Fidel tiene el aspecto de un veterano del Atlético de Madrid que se quiere hacer la ilusión de que aún forma parte del equipo. Pero en las de blanco y negro, parecía exactamente un presidiario de película de serie B. Lo más gracioso es que también Fidel recordaba a un peruano: en este caso, a Abimael Guzmán exhibido entre rejas. Pero la comedia bufa acabará tarde o temprano. Aunque sobreviva esta vez el dictador, acabará muriendo. Porque el Tiempo, tan cabrón con frecuencia, tiene algo simpático: que es un infalible tiranicida. (Dejemos para otra ocasión el hecho de que también se encarga de todos los tiranizados.)

[Publicado en Penúltimos Días]

9.8.06

George Duke y el Pan de Azúcar

Para calmar la saudade, que sigue, me he puesto a leer también O Rio de todos os Brasis, del economista Carlos Lessa. El Río de todos los Brasiles. La fecha es esta vez la del 9-III-2001. Se conserva la etiqueta de Sodiler, que era la librería del aeropuerto. Sí, lo recuerdo: compré ese libro poco antes de embarcar. Pensaba que volvería pronto y ya han pasado cinco años y cinco meses. Justo hoy. Pero ahora sólo quiero anotar una sensación. Mi tema favorito de A Brazilian love affair, el disco de George Duke que conocí por Losada, es "Sugar Loaf Mountain". Tiene un ritmo trepidante, perfecto para conducir; de hecho, le da un aire a la sintonía de Starsky y Hutch. Lo que yo no entendía es qué diablos tenía que ver con el Pan de Azúcar. Hasta que conocí los autobuses de Río de Janeiro. Viajar en ônibus es una de las experiencias más intensas que puede vivirse en la ciudad. Hay un trayecto irresistible, el que va de Ipanema a la Barra da Tijuca, con el autobús a toda pastilla por el borde de los acantilados de la Avenida Niemeyer, que es una locura de montaña rusa a pelo, sin raíles. Uno sale con la adrenalina a tope, maravillado. Sin duda, con la alegría del superviviente. Pero hay otro trayecto más sentimental: el de Copacabana al Centro. Resulta igualmente trepidante, pero la ausencia de acantilados le resta un poco de montañarrusismo. Se me olvidaba indicar que las frenadas secas, en las paradas y semáforos, y los abruptos acelerones para reanudar la marcha (que dejan tambaleándose en el pasillo a los pasajeros que acaban de entrar) son un ingrediente indispensable en la diversión. Diversión que yo no dudaría en calificar de dionisíaca. El caso es que el autobús ha dejado atrás Leme y el túnel y ha desembocado en la Bahía de Guanabara. Ya tenemos ahí el Pan de Azúcar. A lo largo de Botafogo y de Flamengo, le veremos bailar entre los trompicones. Aparecerá, desaparecerá, resurgirá entero, se quebrará, se exhibirá con perspectiva, esquinado, recatado, obsceno, de frente, de perfil, en calma, nervioso, doméstico, salvaje... y ni medio minuto seguido retendremos la misma visión. Es una postal caleidoscópica y sincopada, y si uno escucha entonces el tema de George Duke, comprobará que encaja a la perfección —en sus encajes y desencajes.