6.9.06

Tres 'Apostrophes'

Hay amenidades que nunca se agradecen tanto como en las aplastantes tardes de agosto. Recuerdo por ejemplo, hace años, aquel ciclo televisivo de Sherlock Holmes con el gran Basil Rathbone, de cuya capacidad refrigeradora se beneficiaba directamente el cerebro. Era como ir a la playa sin moverse del sillón. Ahora he disfrutado de una diversión equivalente, aunque quizá más prestigiosa (o puede que sólo más pedante): los Apostrophes de Bernard Pivot, de los que han caído en mis manos los vídeos de Vladimir Nabokov, Albert Cohen y Georges Simenon. Ha sido una gozada. En tres tardes consecutivas, he tenido en casa a esos invitados ilustres, además de al propio Pivot (que se hace entrañable) y a algún que otro especialista con unas pintas intelectuales que ya no se ven. La primera impresión es que todos ellos eran más agrestes y menos domesticados que nosotros. Algo similar sentí al ver Buenas noches, y buena suerte: hoy no toleraríamos tanta nicotina, pero quizá sí a un McCarthy. En las últimas décadas Occidente se ha dedicado a ducharse: y por el sumidero se ha ido no sólo suciedad, sino también sustancia. El puritanismo se nos ha pegado con el jabón.

Los tres autores vivían en Suiza (Nabokov en Montreux, Cohen en Ginebra y Simenon en Lausana) y ninguno escribía en la misma postura: Nabokov lo hacía de pie y a mano en un atril, “con un lápiz de afilada punta”, Cohen dictándole a su mujer y Simenon mecanografiando en furiosas sentadas de las que salía empapado en sudor. Tampoco reciben a Pivot con el mismo atuendo: Nabokov lo hace con chaqueta y corbata convencionales, Simenon en camisa blanca con fino lazo vaquero y Cohen en bata y camiseta (sic). Es común a los tres el cosmopolitismo, lo pausada y musicalmente que hablan el francés y su interés por hablar de asuntos incestuosos: Nabokov de los hermanos amantes de Ada o el ardor, Cohen de cuánto amaba a su madre y Simenon de cuánto era amado por su hija. Los tres tenían en esos últimos años a una devota mujer detrás y, los que se pronuncian al respecto (Simenon y Cohen), despotrican contra sus experiencias de amor pasión y alaban la serenidad de ese amor definitivo. Nacidos a finales del siglo XIX o a principios del XX, eran ya hombres de otra época; pero se les veneraba. Existía todavía el culto a la literatura; y ésta, a su vez, se sentía importante. Hoy, cualquiera que hablara en ese tono sería tachado de impostor: y seguramente lo sería. Tras la entrevista, a Nabokov le quedaban dos años de vida, a Cohen cuatro y a Simenon ocho.

La de Nabokov es la única entrevista que se emite en directo desde el estudio (las otras dos están grabadas en las casas de los escritores). El autor de Lolita aparece tras una aparatosa barricada de libros y pronto descubrimos que lee sus respuestas. Lo hace disimulando teatralmente, de un modo muy retórico y redicho, con ironía, sin duda deseoso de que el espectador le descubra el truco, pero al mismo tiempo manteniéndose en la convención del disimulo, con cara juguetona. La situación es francamente divertida. El juego alcanza un momento de máximo refinamiento cuando Nabokov se refiere a su absoluta incapacidad para hablar en público y cómo, cuando tenía que dar clases, se lo llevaba todo escrito en notas que colocaba sobre el pupitre “en una posición no muy evidente para los alumnos”... y lo cuenta como algo pasado, sin confesar que es lo está haciendo igualmente en ese preciso instante. La transparencia como guiño socarrón. También hay muchas risas con el té. He leído luego que lo que contiene la tetera de la que le sirve Pivot es whisky. Por eso Nabokov se recogija siempre que le rellenan el vaso, soltando alguna que otra gansada: “¡Este té es un poco fuerte!”, o “¡Ahora me parece café!”. Habla de los espejos, de la magia, de las mariposas, de su experiencia de exiliado, de lo caro que resultaría resucitar su infancia (“para recuperar el sabor del chocolate suizo de 1910 habría que construir otras fábricas como aquellas”), y sobre todo de literatura y de palabras. De entre todas sus intervenciones, me quedo con esta: “No aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valía la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan antiguo como verdadero...” Chapeau!

Cohen, de piel muy blanca y ojos sensibles, humedecidos, habla con ese trasfondo de tristeza inevitable en un judío del siglo XX. Y con su humor. Recuerda algo que ya le había leído en esa obrita intensa, triste y divertida que es El libro de mi madre: que ella pensaba que las Tablas de la Ley eran obra de Moisés, pero que éste había decidido contar lo de la revelación divina porque, conociendo a su pueblo, sabía que lo tomarían en serio sólo si se daba importancia. Cuenta también dos episodios de su propia niñez en Marsella a principios de siglo (escritos en Oh vosotros, hermanos humanos), que revelan cómo el nazismo no fue más que la concentración de algo que ya existía por toda Europa y desde hacía mucho tiempo. El de la monja angelical que una vez, mientras le acariciaba la cabeza con cariño, suspiró: “¡Qué pena!”, pensando sin duda en su origen. Y el del charlatán callejero al que se había detenido a escuchar con fascinación y que, para su asombro, lo expulsó al grito de “cerdo judío”. Apostilla Cohen: “Fue un progrom pequeñito, pero luego los mejorarían mucho”. También relaciona con la temática judía el donjuanismo de su gran personaje Solal: “Lo que hace es entrar en el reino no antisemita de las mujeres. Cuando una mujer está enamorada, se vuelve filosemita”. Pero su visión de la pasión es amarga. Se habla mucho de ello. Pivot cita un par de pasajes sublimes de Bella del Señor, en el que se suceden las efusiones líricas y prosaísmos del tipo “el beso no es más que la soldadura de dos esófagos”. Y el propio autor refiere esta idea desprestigiadora: “Si el día que Ana Karenina conoció a Vronski, éste se hubiese roto los dos dientes delanteros, ¿se habría enamorado de él? No. De manera que el grandioso amor de Ana Karenina pesa dos miligramos. Eso es todo”. Al final de la entrevista, Pivot le pregunta por qué va vestido con bata y camiseta. A lo que responde Cohen: “Es el uniforme nacional de mi casa”.

El encuentro con Simenon es con motivo de la publicación de sus Memorias íntimas, que escribió a raíz del suicidio de su hija. Se refiere a este asunto de un modo crudo, conmovedor. No oculta los escabrosos detalles del amor edípico que su hija sentía por él. Por ejemplo, cuando él quiso regalarle un anillo y ella pidió uno igual al de la alianza matrimonial de su padre. Al interrogarle Pivot por la brutal sinceridad de sus declaraciones, Simenon dice que le gusta la verdad cruda, sin maquillaje: “Prefiero que me critiquen o incluso que me odien por lo que de verdad soy, a que me quieran o me admiren por lo que no soy”. Sus ideas sobre el arte de escribir resultan muy saludables. Para él es una tarea artesanal, no intelectual sino física, instintiva: “El arte en el fondo no es sino una necesidad. El arte verdadero, el del creador, es una necesidad. Yo nunca he escrito con intenciones morales, ni filosóficas, ni estéticas, sino para salir de mí mismo.” Distingue entre sus novelas policíacas y las que no son policíacas, que llama “novelas duras”, o “novelas novelas”. Habla de su curiosidad por conocerlo todo, por “conocer al hombre”: “Buscaba al hombre, y lo encontré en la mujer”. Los momentos más picantes (y deliciosos) son, naturalmente, los referidos a su relación con las mujeres: las cuatro con las que vivió y las diez mil con las que se acostó. Y lo cuenta, aunque parezca imposible, con sobriedad. Sencillamente, él siempre ha tenido la necesidad de follar tres veces al día. Habla con ternura de sus esposas y también de la criada que fue su amante, y de las putas. Se ríe un poco luego de la Academia y también del Premio Nobel: “No quiero medallas. No soy un animal de feria”. Y entonces le vienen a uno a la cabeza algunos de nuestros animales de feria contemporáneos (principalmente portugueses), ostentosos con sus medallas y enseñoreándose por un mundo ya muy distinto del de Nabokov, Cohen y Simenon.

[Publicado en Kiliedro]