19.4.07

El arte es un bebé

Al ir a escribir sobre arte siento la presión de los miles de libros de estética que no he leído. Reconozco que, en el fondo, estoy condenado a la frivolidad. Pero también me acuerdo de la relación física que tenía André Breton con las obras: su criterio estaba fundado en el airecillo que le corría por las sienes, o en la ausencia de ese airecillo. Desde hace años deambulo por los museos y las exposiciones con el gesto de un amante hastiado, difícil de erotizar. Suelo percibir sólo retórica y muerte (hojarasca y parálisis), y admito que el cincuenta por ciento como mínimo puede corresponderme a mí: a mi incapacidad para descifrar un lenguaje, o de atisbar vida. Por eso quizá no está mal que hable cuando me he emocionado. Lo que no sé de arte forma también parte de mi emoción.

Ha ocurrido con la exposición de Ron Mueck en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga. Las fotos de prensa ya resultaban llamativas. También los titulares que hablaban de "un bebé de cinco metros". Mi amigo Hervás estuvo en la ciudad los días de la inauguración y una mañana fuimos a verla. Antes de entrar en la sala, nos paramos a desayunar en la cafetería del propio CAC. Era Domingo de Ramos. Había mucha gente entrando y saliendo. Un póster del enorme bebé presidía los desayunos. Ahí leí por vez primera que se trataba de una niña: "A girl". Lo que en las fotos yo había interpretado (sin fijarme mucho) como pene era el cordón umbilical. Hervás dijo de pronto que no quería entrar, que le iba a dar grima. Yo tampoco entré entonces. Me quedé sintiendo la obra desde fuera. Había algo en el ambiente: un magnetismo, una perturbación. Recordé las palabras que le dijo Picasso a Jünger, según consigna éste en su diario: "Mis cuadros causarían el mismo efecto si, una vez acabados, los envolviese y sellase, sin mostrarlos. Se trata de manifestaciones de índole directa". También pensé que yo nunca he sentido nada en los alrededores del Museo Picasso; ni apenas dentro.

Al bebé lo vi unos días más tarde. Concretamente el Viernes Santo (esta vez en compañía de Sonia, que sí entró). El hecho de que estuviésemos en Semana Santa añadió simbolismo, sin duda. La noche anterior di en el zapping con los momentos finales de La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Yo desprecio profundamente a Mel Gibson. El plano cenital de Braveheart sigue siendo el momento más bochornoso de la historia del cine. La agonía en la cruz también era efectista, hecha de brillos baratos. Pero hubo algo que me impresionó: aquel Cristo herido y barbudo, gruñendo en arameo, tenía algo de hombre de neandertal. De repente se había colado un zarpazo de rotundidad antropológica. Y esa rotundidad la advertí también en el bebé. Era una niña, pero también podía ser el Cristo del "Viaje de los Magos" de Eliot, acerca del cual el narrador se pregunta: "¿se nos llevó tan lejos a buscar / Nacimiento o Muerte?". En el Niño ya está el Crucificado. Lo que nace, muere; pero lo que muere es porque ha nacido. Ante el bebé de cinco metros uno se da cuenta de que lo decisivo es nacer.

Uno se encuentra en la sala con algo arrojado, como el ser-ahí (el hombre) de Heidegger. Es enorme pero está tendido, desvalido: queda por debajo de nosotros. En realidad queda a nuestra misma altura, porque no tiene pedestal (sólo un delgado soporte que hace más bien de suelo). El pasmo con que lo miramos proviene de que lo reconocemos como uno de los nuestros. Somos nosotros mismos, despojados de todo, hasta de la vida vivida, de la experiencia. En ese ser, nacido hace unos minutos, sólo hay presente frágil y futuro incierto. Nos recreamos en su situación con una suerte de narcisismo existencial. Advertimos la herida, pero también la fuerza. Más que en Heidegger y su "ser para la muerte", el bebé nos hace pensar en la filosofía de la natividad de Hannah Arendt: "El milagro, que interrumpe siempre de nuevo la marcha del mundo y el curso de las cosas humanas, salvando de la perdición..., es en definitiva el hecho de la natalidad, el haber nacido... El milagro consiste en que en general los hombres nacen y a la vez nace el nuevo comienzo que, gracias al nacimiento, ellos pueden realizar por la acción". En este sentido, el que el bebé sea una hembra le añade potencia a la obra (la redondea conceptualmente): es un bebé del que podrá nacer otro bebé.

Entre el público predomina la sorpresa: la sorpresa ante lo que todos conocemos, ante lo que todos hemos visto y hemos sido. Se admira el realismo (el hiperrealismo) del artefacto: con qué prodigio están reproducidos los detalles (la postura, la expresión, la humedad de la piel, los restos de sangre, los pelos, las uñas...). Pero perturba el tamaño. Algunos esgrimen críticas: ese rosa es como de muñeco, de Nancy o Barriguitas; parece un ninot de las fallas; ¿qué mérito artístico tiene eso?; da bastante asco. Otros establecen asociaciones: tiene cara de boxeador machacado; su cabeza parece olmeca; podría ser la mujer del Etant Donnés de Duchamp, tendida igual; esa es la cara de los viejos de Brueghel; es una extraña mezcla de estatua clásica y expresionista. Los niños lo miran como mirarían a una cría de King-Kong. Pero lo más destacable es que todos lo entienden. Es un arte inmediatamente comprensible, tanto para los que lo aceptan como para los que lo rechazan. En unos produce un deleite superficial (por el parecido, por el mérito artesano), en otros inquietud metafísica, en otros alegría y ganas de vivir, en otros repulsión. No sé por qué, me viene la expresión arte popular, y pienso en un arte sin retórica entorpecedora, un arte transparente, que permite ver lo que hay más allá del artificio: la claridad, la oscuridad; la vida.

Esta obra me ha reafirmado en algo de lo que cada vez estoy más convencido: de que el arte tiene que ver menos con la belleza (y con la bondad) que con la verdad. Aunque lo cierto es que podría rescatarse la tríada platónica bondad-belleza-verdad si el criterio de determinación de las dos primeras lo depositásemos en la última. Es decir: es la verdad lo que otorga belleza y bondad. Sería una suerte de platonismo terrible fundamentado, nietzscheanamente, en la inocencia del devenir. El bebé de Mueck (que somos nosotros y es el arte) nos ilumina en este camino. Y también Bernhard, mi matraca, en las frases con que termina El sótano: "Nos hemos vuelto capaces de resistir, y no se nos puede derribar ya, no nos aferramos ya a la vida, pero tampoco la vendemos demasiado barata, quise decir, pero no lo dije. A veces levantamos la cabeza y creemos que tenemos que decir la verdad o la aparente verdad, y la volvemos a bajar. Eso es todo".

[Publicado en Kiliedro]