3.4.07

España como coñazo

El relamido Godoy
Nos pensábamos que íbamos a ser la primera generación de españoles en librarnos del tema de España. Pero no, aquí está otra vez, renacido: ¡menudo coñazo! Yo recuerdo que, entre los vapores de la Transición, me resultaba imposible comprender cómo este país se había estado matando cuarenta años atrás. Ahora lo comprendo perfectísimamente. Ahora lo comprendo (¡lo visualizo!) de putísima madre. Al menos tenemos esa ventaja gnoseológica. Durante la Transición, que nos pilló terminando la escuela y luego a lo largo del instituto, todos esos impresentables bufones de la Historia de España (¡El Conde-Duque de Olivares, Carlos II el Hechizado, Fernando VII, el relamido Godoy, el Espadón de Loja, Alfonso XIII, hasta Franco ya!) se nos aparecían como extraterrestres (recuerden a Tejero: era literalmente un marciano bajado al planeta Tierra). Leíamos a Quevedo, a Larra, a Unamuno, a Machado, y nos decíamos: "cómo han sufrido los pobres, qué país les tocó" —dando por descontado que ya no era el nuestro. Leíamos a Gil de Biedma ("de todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España") y pensábamos: "a éste aún le alcanzó de refilón, pero al menos va a tener una madurez potable". Y nos veíamos tan felices: ¡no nos lo podíamos creer! Era como si El coloso en llamas se hubiese transformado de repente, y sin mudarnos de butaca, en Las verdes praderas (o La matanza de Texas en El lago azul). Leíamos todas esas discusiones sobre "el tema de España", "España invertebrada", "el problema de España" o "España como problema" y nos sonaban a chino: parecían peleas bizantinas de remotos (¡e incomprensibles!) efectos sanguinarios, algo así como sudokus sobre la carnicería del cerdo. Pero nosotros ya nos habíamos librado de esa matraca. Ya respirábamos. Ya podíamos pensar en otras cosas. Esto nos permitía vivir, naturalmente; ser europeos, ser cosmopolitas; ser en España (¡al fin!) “hombres de nuestra época” (¡a ver si aún podíamos engancharnos a la jodida Ilustración!).

Pero esta liberación tan saludable tenía un problema de orden sentimental: nos despegaba de nuestros abuelos. Nos cortaba todo acceso mental (y emocional) a nuestros antepasados. Era como si una hornada de hombres civilizados se hubiese asentado en un antiguo territorio de bárbaros de los que ya no quedaban restos. Leíamos la Historia de España y nos parecía la historia de Ceilán (¡o Transilvania!). Pero no. Nos equivocamos. La España eterna seguía ahí, escondida, y otra vez la tenemos de frente, dispuesta a partirnos la boca y a helarnos (en sus dos subdivisiones) el corazón. ¿Cómo ha podido suceder? Yo creo que ha ocurrido como con la cultura clásica, que durante la Edad Media sobrevivió gracias a los copistas de los monasterios. Aquí las esencias (¡obtusas!) de España habían sobrevivido en los retrógrados monasterios del nacionalismo vasco y catalán, cuyos esquemas mentales (por debajo de los ligeros colorines del folklore) son estrictamente, como ya se ha repetido, los de la España negra. Mientras España parecía civilizarse, el cáncer de la otra España sobrevivió allí, se mantuvo en esas cepas, y de ahí ha comenzado a expandirse nuevamente por todo el cuerpo. Han bastado unas chispas para que todos sintamos rebullir nuevamente nuestras esencias cavernarias. Ya estamos otra vez divididos entre hunos y hotros. España vuelve a ser un inmenso taxi de sectarios al volante (“tú me llamas, amor, y yo vuelvo a coger el taxi del sectarismo”). Esta vez, por fortuna, no va producirse otra guerra civil: están las leyes europeas y está también la acomodación benditamente burguesa del personal, que intuye que matar, al fin y al cabo, cuesta esfuerzo (¡y ensucia!). Pero la mentalidad embrutecida ya está otra vez ahí. Y, sobre todo, ya están ahí otra vez, ocupando el escenario, nuestros entrañables bufones: el relamido Godoy ZP (¡Príncipe de la Paz!), el Carod-Duque de Olivares, Ibarretxe II el Hechizado, Otegui Astray, Polanco VII, Doña Urraca Fernández de la Vega, Aznar I de Génova y V de las Azores, Rajoy XIII, Acebarias Navarro, el Zaplanón de Loja... Ya podemos leer otra vez lo del "intratable pueblo de cabreros" y verles las caras. Nuestra Literatura, nuestra Historia, sigue siendo nuestro espejo.

[Publicado en Nickjournal]