19.9.07

La infancia recobrada

Uso el título que le recomendó Gil de Biedma a Savater en lugar de La infancia recuperada. El filósofo, sin embargo, mantuvo el suyo, que viene de una traducción de Georges Bataille ("la literatura es la infancia al fin recuperada", de La literatura y el mal), por motivos sentimentales. Los motivos sentimentales nos desvían a veces de la mejor opción literaria.

Yo no fui un niño lector. Luego, cuando me aficioné a la literatura en la adolescencia, lo eché de menos. Y lo eché aún más de menos, con sentimiento de culpa incluso, cuando leí La infancia recuperada. Ese libro, que es una celebración del placer, para mí fue fuente de sufrimiento. Exagero un poco con la palabra: dejémoslo en desazón. Desazón melancólica. Era un desasosiego provocado por un placer no vivido y ya imposible de vivir. Ese insidioso sentimiento de pérdida de lo que no se ha tenido. Traté de repararla, a destiempo, y un verano entré concienzudamente en los libros de Guillermo Brown. Tenía algo de quijotesco, de ridículamente quijotesco, mi empeño; sólo que al revés: del mismo modo que Alonso Quijano sale de sus lecturas antiguas al mundo moderno, yo salía del mundo moderno a unas lecturas antiguas... y en busca de una infancia más antigua aún que la mía (y que, además, no era la mía). Si Guillermo y sus amigos me hubieran cazado leyéndolos, se hubiesen tronchado igual que los venteros de don Quijote.

También leí, cómo no, La isla del tesoro. Me gustó, pero no a esos extremos celebrados en La infancia recuperada. Creo que es al final de Apología del sofista donde Savater describe a Jim Hawkins escuchando un eco de las carcajadas de John Silver alejándose con el tesoro. Cuando leí ese pasaje, sentí que el tesoro que se había llevado el pirata era el de la infancia lectora que no tuve. Pero el propio Savater me sacó de ese estado melancólico poco tiempo después. Fue en una conferencia, en que habló de las tribulaciones de su traductora al inglés por encontrar la cita que el filósofo había puesto al comienzo del capítulo sobre La isla del tesoro de La infancia recuperada: "Mis ojos se extasiaron ante el mar infinito". La traductora se había releído minuciosamente la novela de Stevenson y no había encontrado esa frase. Entonces Savater recordó que no era del libro, sino de una adaptación radiofónica, que fue como escuchó la historia de niño por primera vez. Y yo comprendí ahí, de sopetón, el ridículo de esos años míos de nostalgia adolescente por la infancia perdida. Ceporramente me había enroscado (sería el famoso bucle melancólico) en la palabra lectura, referida a libros exclusivamente: sin haber tenido en cuenta la cantidad de tebeos que yo leí. Ni las toneladas industriales de dibujos animados, películas y series de la televisión. Incluida una maravillosa adaptación de La isla del tesoro que habían emitido en varios capítulos los sábados por la mañana, cuando yo tenía ocho o nueve años.

De pronto, con incredulidad, volví a sentir mi infancia llena. Por aquel entonces era aún pronto para la nostalgia generacional, pero unos años más tarde ya empezaría a ser frecuente entrar en trance con los amigos recordando la mitología infantil común (de la que no tardarían en aparecer memorias alusivas, como Los niños de los Chiripitifláuticos de Ignacio Elguero). Por volver a Gil de Biedma, al final todo adulto puede repetir, recordando su niñez, estos versos suyos: "De mi pequeño reino afortunado / me queda esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito".

Me río al recordar la profusión de personajes, y de locuras, de la televisión de entonces. Y me asombro al comprobar que ocurría algo que hoy parece imposible: cómo, entre los dibujos animados, las marionetas, las pipis y los locomotoros, nos bebíamos con la misma delicia peliculones de John Ford, Howard Hawks o Raoul Walsh. Una amiga, que debió de ser una niña bastante aplicada, me confesó una vez que los sábados por la tarde, mientras emitían la película de Primera sesión, se encerraba en su cuarto a leer los Episodios nacionales de Galdós. A mí me hubiese encantado, desde luego, leer de niño los Episodios nacionales... pero no los cambio por aquellas tardes en que salíamos, tras el "The End", a prolongar la película en la calle, dando alaridos como pequeños arrapahoes. Aquellos fueron (volviendo a Savater) nuestros genuinos episodios pasionales.

Y, junto con la televisión, los tebeos. Recuerdo el primero que leí. Por casa había ya unos cuantos, que yo había repasado muchas veces pero fijándome sólo en los dibujos, sin leerlos: sencillamente, no se me había ocurrido. Uno de esos tebeos era un álbum de Mortadelo y Filemón: El otro "yo" del profesor Bacterio, título que mi hermana y yo llevábamos tiempo leyendo así: "El otro, yo, del profesor Bacterio". Una tarde, o una noche, me encontraba solo en el cuarto mientras el resto de la familia veía la tele en el salón. Me veo sentado en la cabecera de la cama, con el álbum de Mortadelo y Filemón en las manos y decidiendo, de un modo confuso, hacer con la primera viñeta eso que hacíamos en la escuela: leer. Me asombró notar que los personajes hablaban, como en los dibujos animados. Y me asombró aún más ver cómo la historia iba avanzando, de una viñeta a otra, de una página a otra... ¡como en una película! Era algo que nunca me hubiera imaginado. Me veo cerrando la última página con una sensación de incredulidad y de gozo. Me veo saliendo al salón y observando a mis padres y mi hermana en el sofá, extrañado de que sus gestos siguiesen siendo cotidianos. Algo había cambiado ya, sin que yo me diese mucha cuenta de ello. Había descubierto que existía otro mundo.

A partir de entonces leí y leí tebeos, de todo tipo y de toda extensión. Aunque, quizá a causa de aquel momento inaugural, siempre preferí las historias largas y, a ser posible, los álbumes con pasta dura: Mortadelo y Filemón, por supuesto, y Astérix, Tintín, Lucky Lucke o el Teniente Blueberry. También los Clásicos Bruguera (mucho Verne y Dickens y Walter Scott, aunque en tebeo); y biografías dibujadas de personajes célebres. Los primeros libros "sólo de letras" que leí fueron dos de Salgari: En las fronteras del Far West y La ciudad del rey leproso. Me gustaron, pero no tanto como para leer más: seguí prefiriendo los tebeos. Mi primera pasión libresca llegó con Agatha Christie. Estuve casi dos años leyéndola sólo a ella (me niego a contar las lecturas escolares, obligatorias). Hasta que, ya con dieciséis, cayeron en mis manos tres libros que me hicieron descubrir la literatura, en lo que a "placer del texto" se refiere (placer que podía suplir la ausencia de asesino y de investigación): Cien años de soledad de García Márquez, La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa y Memorias de un niño de derechas de Francisco Umbral. Poco después llegaría también Savater. A él me encanta leerle sobre autores a los que no leeré nunca, o que nunca disfrutaré como él. Pero mi placer particular consiste en recrearlos sólo un momento, cuando él los cuenta. Con Borges me ocurre igual. Soy un lector con muchos defectos, pero que sabe disfrutar con las lecturas de otros: soy un buen lector de buenos lectores.

[Publicado en Kiliedro]