29.11.07

El último mar de Thomas Bernhard

Málaga es una ciudad absolutamente bernhardiana. Ante todo, porque podría pasarse uno horas (¡páginas!) despotricando contra ella, como hace Bernhard con Viena o Salzburgo. No tengo ganas de explayarme hoy. Baste decir, por el momento, que aquí todo es un desastre y un horror... menos el mar (¡el azul del mar, la brisa del mar!) y la luz. La única tarea malagueña digna sería, por tanto, la de abrirse al mar y a la luz. Sólo eso: abrirse al mar y a la luz. Los urbanistas, abrir sus espacios al mar y a la luz; los escritores, abrir sus páginas al mar y a la luz. Pero sucede justo lo contrario: todos, urbanistas y escritores, se dedican a taponar sus espacios y sus páginas con inicua mampostería. Algún día el mar tendría que vengarse y montar un buen tsunami azul que extirpara ese tapón —en plan operación de cataratas. Un buen latigazo de azul que arramblase con todo.

Y Málaga es también bernhardiana porque su mar fue el último que vio Thomas Bernhard. Aquí se vino el 18 de diciembre de 1988, al hotel La Barracuda de Torremolinos, y pocos días después se lo llevaron ya a Viena a morir. El bernhardiano malagueño tiene, así, un lugar de peregrinación bernhardiano en Málaga: el hotel La Barracuda. Yo de vez en cuando me doy un paseo por allí. Ayer mismo estuve, por la tarde. Fui en el trenecito a Torremolinos, me paré un rato en el mirador que hay junto al hotel Stella Polaris, ahora en obras, bajé al Bajondillo por la escalera del cementerio y seguí caminando por el paseo marítimo hasta Puerto Marina: todo vacío y con una hermosísima desolación de fuera de temporada. Un poco antes de Puerto Marina, al final de La Carihuela, se encuentra el hotel. Bernhard, según indica Miguel Sáenz, estuvo alojado en la habitación 912. Al pie del hotel hay un banquito. Es perfecto para sentarse a contemplar el mar, por un milagroso espacio libre que queda, razonablemente amplio, entre un chiringuito y una palmerita. Ayer llegué cuando estaba anocheciendo. Lo esencial, para mirar el mar, es que, aunque esté oscurecido, pueda divisarse todavía la línea que lo separa del cielo. Cuando desaparece y ya todo, cielo y mar, es negro, no tiene sentido mirar. La contemplación del mar se apoya en esa línea: esa horizontalidad absoluta del mar, que otorga un gran descanso.

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(19-VII-2009) Más sobre Bernhard y el hotel.

(18-XI-2009) Dos fotografías de entonces.