El tiempo de las bicicletas
Cervezas ayer tarde con Curro en la plaza de Uncibay. Antes subimos un momento a su casa para que me dejara el libro de conversaciones sobre Cioran y Fiesta bajo las bombas de Elias Canetti. A Canetti siempre lo he detestado. Me ha pasado lo mismo que con Eliade (al que he detestado, sin embargo, un poco menos que a Canetti). A los dos les sucedió la misma desgracia conmigo: al abrir al azar el primer libro de cada uno que cayó en mis manos, me saltó un ataque a Nietzsche. Lo molesto, en ambos casos, no fue tanto el ataque como el poco talento y la medianía del ataque. Así murieron para mí, antes de nacer, esos dos autores. De Eliade llegué a leerme luego su diario portugués, en el que habla, por cierto, de una jornada que pasó en Málaga en los años treinta (recuerdo brochazos de sol y una deambulación nocturna por el puerto). Weil, que lo admira, me ha hablado mucho de él, y mientras me ha hablado Weil me ha gustado Eliade. Pero en cuanto se ha alejado Weil con su admiración por Eliade y me he quedado a solas, siempre he vuelto a detestar a Eliade. A Canetti ni me he planteado leerlo jamás (y eso que Weil también recomendó durante un tiempo Masa y poder, y otro amigo La lengua absuelta). Le he pedido el libro a Curro porque hace tres noches leí una referencia de Azúa a un texto cruel de Canetti sobre Iris Murdoch, con escabrosos detalles sexuales. Ese era el único que me interesaba y el único que leí anoche (y voy a leer) del libro de Canetti. El detalle sexual no era para tanto: consistía, básicamente, en la absoluta pasividad de Iris Murdoch mientras la penetraba Canetti. Lo escabroso es más bien que lo cuente Canetti. Es un texto bastante lacio, por lo demás, como ya me imaginaba que sería Canetti. Azúa hacía un atinado comentario sobre el diferente modo de odiar de Bernhard en comparación con Canetti: "También al austriaco le excitaba el odio, pero jamás se permitió un descenso a la abyecta prensa amarilla. Es la diferencia entre un gran artista y un malogrado, por más Premio Nobel que le cayera". Luego leí el libro de conversaciones sobre Cioran, del tirón, aunque expurgando. La mejor, desde luego, es la de Savater ("es un Savater un tanto extraño", me había advertido Curro, "un Savater metafísico pero que está muy bien"), y después la de la mujer de Cioran, Simone Boué, con Cioran ya muerto y poco antes de morir ella misma, "ahogada en una playa". Habla del tiempo de las bicicletas:
Teníamos unas bicicletas muy viejas y pensamos que para el viaje necesitábamos unas nuevas, pero en aquellos tiempos era muy difícil conseguir cualquier cosa. La única vía era el mercado negro. Finalmente, como si fuéramos niños, mi abuela nos consiguió dos bicicletas. [...] Recuerdo que entramos por Port Bou y un policía de la frontera no nos permitió pasar en bicicleta porque consideró que el camino era demasiado duro para una mujer. Nos obligó a ir hasta Figueras en autobús. Cuando llegamos a Figueras, cogimos nuestras bicicletas y volvimos a Port Bou; queríamos hacer todo el trayecto montados en ellas, bajando por la costa, era un reto que nos habíamos propuesto.
Dieron las doce y empezó Galilea. Dedicó el programa a Mônica Salmaso, que iba perfecta con Cioran. Una de las canciones era un poema de Pessoa, que yo ya conocía de A música em Pessoa: Na ribeira deste rio/ Ou na ribeira daquele/ passam meus dias a fio/ Nada me impede, me impele,/ Me dá calor ou dá frio...
