19.5.07

Un poncho sin Ortega

Ya saben por qué dejé de leer a Francisco Umbral: porque en un desdichado momento escribió que Octavio Paz, a quien yo admiraba, era "un Ortega con poncho". Veinte años después me doy cuenta de que, si invertimos los términos de ese insulto, obtenemos una definición exacta del propio Umbral. En efecto: Umbral es un poncho sin Ortega. Es decir, un armazón (inflado) sin filósofo dentro.

Mi relación con Umbral, desde entonces, es la de no leerlo. En su tiempo me sedujo y me apasionó. Recuerdo bien el flechazo. Primero fue la atracción de un título: Memorias de un niño de derechas. En seguida, la dedicatoria, una de las primeras encarnaciones de la Literatura ante mis ojos: "A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvado y la tajada del miedo". Yo quería ser Umbral, naturalmente, y leí todo lo que había escrito hasta entonces. Su novedad de aquella temporada fue Las giganteas, que me encantó. Y en El País tenía diariamente su Spleen de Madrid. Me divertía escucharlo en las entrevistas: esa pose ególatra y cortante, mientras en sus libros aparecía como un hipersensible, un sentimental. En aquel tiempo leí el librito de Luis Antonio de Villena sobre los dandys, Corsarios de guante amarillo, y Umbral me parecía un buen modelo. En los artículos que yo escribía para la revista del instituto lo imitaba. Y mi amigo Nadales, conocedor de mi devoción, me regaló un foulard rosa el día que cumplí diecinueve años.

Aguanté hasta La belleza convulsa, que es una de sus obras que prefiero. Pero recuerdo que ya entonces tuve que dejar pasar que ese libro saliese a la vez que aquel otro infecto, de infecto título: Pío XII, la escolta mora y un general sin un ojo. En las entrevistas Umbral se ponía ciniquillo. Declaraba que la editorial le dejaba publicar aquella otra, presumiblemente deficitaria, a cambio de ésta, que parecía rentable (había sido finalista del Planeta, además). Pero yo, como fan de Umbral, no le reía ya esos apaños.

El caso es que la actitud cínica tiene su fin en el aficionado. Un día se extingue. Y la actitud esteticista también. Y la egotista. El cinismo, el esteticismo y el egotismo, llevados con garbo, suelen ser seductores. Captan adeptos. El seducido se lee todo lo publicado hasta esa época por el autor en cuestión. Y lo disfruta. Si el autor está muerto, la seducción se mantiene íntegra, sin ocasión para desmentidos. El problema es cuando el autor vive. El propio Umbral dijo que una desgracia frecuente es que "la vida suele ser más larga que la biografía". A Umbral le pasó eso. Al menos en lo que respecta a la biografía que acuñó mi afición. Simplemente, un día Umbral se murió para mí: pero siguió publicando. A veces pienso que Umbral es nuestro mejor escritor muerto.

Otro autor al que sigo desde la misma época es Savater. Y esta afición, en cambio, se ha mantenido. A Savater lo leo hoy con el mismo interés que en 1982, y con más incluso. La clave está en que es un autor con ideas. El autor con ideas que vive en nuestra misma época es eso que el propio Savater usaba para definir a Octavio Paz precisamente: "un contemporáneo esencial". Sus ideas le abren al mundo, quizá porque son el fruto de esa apertura al mundo. El mundo, naturalmente, es histórico, es cambiante. Por eso lo que nos va diciendo el autor con ideas no se agota. No depende enteramente de la seducción de un estilo (fundamentado en la hipertrofia de un ego). El cincuenta por ciento puede darlo su estilo, sí; pero el otro cincuenta por ciento lo da la realidad. Podría decirse que en el autor con ideas, el estilo es un reflector que ilumina la realidad. En el autor únicamente retórico, en cambio, el estilo no es más que el foco de su escaparate.

En autores como Umbral la realidad hace ya mucho tiempo que se ha esfumado, si es que ha estado en ellos alguna vez. Esa puede que sea la cuestión: esos autores son dispensadores de irrealidades, aposentadas enteramente en su capacidad seductora. Cuando la seducción muere, mueren también el autor y sus irrealidades. Recuerdo lo que escribió una vez Arcadi Espada sobre Josep Pla: "Construyó una lengua con la que finalmente era posible decir la verdad." Umbral, en cambio, ha construido una lengua en la que es imposible decir la verdad. Con la lengua de Umbral se pueden hacer muy buenas frases y muy buenas metáforas. Salen páginas espléndidas... pero sin una sola idea ni una sola verdad. La lengua de Umbral es una lengua construida estrictamente para marear la perdiz. O lo que es lo mismo: para el lucimiento retórico. Es una máquina de emitir papel moneda verbal inflacionario, sin oro de lo real que lo respalde. Llegados a este punto, no está de más citar a Gil de Biedma: "Además de un medio de arte, la prosa es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora, y no se puede jugar con ella impunemente en la poesía, durante años y años, sin enrarecer aún más la cultura del país –una cultura sometida a graves tensiones, lastrada por el peso de una casi invencible e inveterada insensatez– y sin que la vida intelectual y moral de sus clases ilustradas se deteriore".

El poncho de la retórica, pues, no basta. Es necesario que dentro haya un filósofo. Aunque sea Ortega.

[Publicado en Kiliedro]

1.5.07

La cagona (un cuento moral)

Ultimamente sólo leo y releo bibliografía acerca de la mujer ctónica. Ya saben: Sexo y carácter de Otto Weininger, La evolución del deseo de David M. Buss, Sexual Personae de Camille Paglia y, sobre todo, los escritos de nuestro filósofo de cámara Horrach. Por eso me interesó muchísimo algo que soltó un tipo hace unas noches en un chat. Me pareció que cifraba a la perfección el concepto de mujer ctónica: ilustraba eso sobre lo que ya se acumula la teoría. Lo mejor que puedo hacer esta vez en mi turno del Nickjournal es copiar sin más las parrafadas del tipo (me he limitado a ajustar la ortografía, a solventar algún que otro anacoluto propio de la escritura rápida y a juntar todas sus intervenciones, eliminando las de los otros). Considero que lo que van a leer a continuación es una historia de género: lo que se narra sólo podía haber sido ejecutado por una mujer (aunque quizá no por toda mujer). Les dejo sin más con el nick narrador:

* * *
¿Sabéis lo que me pasó hace poco? Fue la hostia. Yo estaba en mi casa un día como hoy, un sábado a la una y pico de la madrugada. Suena el portero electrónico. Es mi ex, que dice que pasaba por la zona y llama por si estoy despierto. Que si puede subir. Claro, claro, le digo... Yo hacía meses que no la veía ni tenía noticias suyas. Mi zona está apartada y ella sabía perfectamente que me seguía gustando, así que di por hecho que venía a follar. Es lo lógico, ¿no? Si una ex que sabe que tú la sigues deseando llama a tu casa a la una y media de la madrugada de un sábado es porque viene a follar. ¿Me equivoco? Yo al menos, que soy un romántico, lo pienso así. Total, que arreglo como puedo la casa, me cepillo los dientes, me pongo calzoncillos nuevos, etc., hasta que suena ya el timbre, le abro y entra... Sin darme siquiera un beso de saludo, me dice: "Perdona, ¿puedo ir al baño?". Y allá que se mete... Yo aprovecho para seguir arreglando la casa todo lo que puedo: los ceniceros, los restos de pizzas, los cojines del sofá... Pero de pronto me doy cuenta de que está tardando demasiado. Y escucho pedos y sonidos inequívocos de defecación. Me digo: "No puede ser que esté cagando. Yo a esta mujer la he querido. Y ahora viene a mi casa y se pone a cagar..." En fin, la espera se hizo interminable... Aquello, más que un reloj de arena, era como un reloj de mierda. Yo contaba los minutos con sus imaginarios mojones cayendo en mi wáter... Hasta que al fin suena la cadena. Se abre la puerta, sale ella... y con ella un pestazo de la hostia. ¡El pestazo aquel de mi ex, tan conocido por mí! Yo trato de justificarla mentalmente, a pesar de todo: tendría un apretón, no pasa nada. Ahora es cuando empieza lo bueno: el revival sexual! Incluso me viene a la cabeza un verso de Yeats para restaurar la poesía del sabadete: "el amor es el lugar del excremento"... Pero nada, ella lo único que me dice es que tiene que irse, etc., y se va... Yo me quedo a solas en mi casa, con el pestazo de mi ex. Y con una idea despiadada abriéndose paso en mi cabeza... una idea nítida pero que me resisto a formular descarnadamente: ¡Esta tía ha venido a mi casa sólo a cagar!

[Publicado en Nickjournal]