27.2.08

Biblioteca austrohúngara



La alusión austrohúngara la ha traído a la actualidad Francisco Sosa Wagner, en su estudio El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España (Javier Caraballo lo reseñó convenientemente en su blog, y el prólogo de Joaquín Leguina puede leerse en Kiliedro). Por cierto, que los chicos de Astrud demostraron una vez más lo listos que son al ponerle a su sello discográfico precisamente ese nombre: Austrohúngaro. Los amigos del Nickjournal, al sacar yo el tema tras el debate electoral del lunes, fueron citando obras austrohúngaras, que he recogido en esta (pequeña) Biblioteca. Dicen los comentaristas que Zapatero y Rajoy no hablaron del futuro. Y eso es justo lo que está en estos libros: el futuro, nuestro futuro austrohúngaro.

1. Los últimos días de la humanidad, Karl Kraus (Tusquets).
2. El hombre sin atributos, Robert Musil (Seix Barral).
3. Las tribulaciones del estudiante Törless, Robert Musil (Seix Barral).
4. La marcha Radetzky, Joseph Roth (Edhasa).
5. La filial del infierno en la tierra, Joseph Roth (Acantilado).
6. El busto del emperador, Joseph Roth (Acantilado).
7. El mundo de ayer, Stefan Zweig (Acantilado).
8. Fouché: el genio tenebroso, Stefan Zweig (Debate).
9. La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist, Nietzsche, Stefan Zweig (Acantilado).
10. La Viena de Wittgenstein, Allan S. Janik y Stephen E. Toulmin (Taurus).
11. Ludwig Wittgenstein, Ray Monk (Anagrama).
12. Memorias de un antisemita, Gregor von Rezzori (Anagrama).
13. Diarios (1910-1923), Franz Kafka (Tusquets).
14. El otro proceso de Kafka, Elias Canetti (Alianza).
15. La lengua absuelta, Elias Canetti (Alianza).
16. La antorcha al oído, Elias Canetti (Alianza).
17. El juego de ojos, Elias Canetti (Alianza).
18. El Danubio, Claudio Magris (Anagrama).
19. Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, Jaroslav Hasek (Destino).
20. El palacio de Gripsholm, Kurt Tucholsky (Punto de Lectura).
21. Poesía lírica, seguida de "Carta de Lord Chandos", Hugo von Hofmannsthal (Igitur).
22. Un armiño en Chernopol, Gregor von Rezzori (Anagrama).
23. La lección de lengua muerta, Andrej Kusniewicz (Anagrama).
24. Nadie es perfecto, Billy Wilder, Hellmuth Karasek (Grijalbo).
25. Billy Wilder, Ed Sikov (Tusquets).
26. Pequeña pornografía húngara, Peter Esterhazy (Alfaguara).
27. Introducción al psicoanálisis, Sigmund Freud (Alianza).
28. El maleficio, Hermann Broch (Adriana Hidalgo).
29. Trastorno, Thomas Bernhard (Alfaguara).
30. Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal (Destino).
31. El tiempo de los regalos, Patrick Leigh Fermor (Península).
32. El último encuentro, Sándor Marai (Salamandra).
33. Divorcio de Buda, Sándor Marai (Salamandra).
34. La señorita Else, Arthur Schnitzler (Acantilado).
35. El regreso de Casanova, Arthur Schnitzler (Acantilado).
36. Relato soñado, Arthur Schnitzler (Acantilado).
37. Errata: el examen de una vida, George Steiner (Siruela).
38. Presencias reales, George Steiner (Destino).
39. Sexo y carácter, Otto Weininger (Losada).
40. Ornamento y delito, Adolf Loos (Gustavo Gili).
41. Quiero dar testimonio hasta el final (Diarios 1933-1945), Victor Klemperer (Galaxia Gutenberg).
42. La otra parte, Alfred Kubin (Siruela).
43. El Sanatorio de la Clepsidra, Bruno Schulz (Maldoror).
44. El país tenebroso, Bruno Schulz (Círculo de Bellas Artes).
45. Acontecimientos de la irrealidad inmediata / La guarida iluminada (diario de sanatorio), Max Blecher (Aletheia).
46. Sebastián en sueños, Georg Trakl (Pre-textos).
47. Mi Lvov, Josef Wittlin (Pre-textos).
48. Libro de Réquiems, Mauricio Wiesenthal (Edhasa).
49. El castillo alto, Stanislav Lem (Funambulista).
50. Cordero negro, halcón gris. Viaje al interior de Yugoslavia, Rebecca West (Ediciones B).

12.2.08

Una muerte educada

La semana pasada (me da por contarlo ahora, de pronto) se produjo un suicidio en mi familia. Era una prima lejana, de mi edad, con la que yo apenas había tenido trato: pero me ha impresionado su manera pulcra y educada de matarse... Vivía sola. Sus familiares más cercanos (sus padres y su hermano) habían ido muriendo en el curso de los últimos años. Ella dejó encima de la mesa del salón todos los papeles: títulos de propiedad, números de cuentas bancarias, carnets, tarjetas, todo lo que hubiera tenido que buscarse. Ella lo dejaba allí a la mano, ordenadito. Luego pidió una pizza. En la mesa estaba también el estuche de la pizza y el ticket. A la pizza le faltaba sólo un trocito: lo último que comió en su vida. Luego se metió en la cama, se inyectó morfina (era enfermera), se tapó con la manta y se murió. Yo, como digo, apenas la había tratado: pero la he visto siempre, desde niño, allá al fondo en alguna esporádica ocasión familiar. Era amable sin exceso, reticente aunque no callada. Detecto ahora un fondo de melancolía en su sonrisa. Me emociona que lo hubiese dejado todo dispuesto en la mesa: en un último intento por no causar molestias más allá de las inevitables... La inevitable que fue recoger su cadáver y llevarla al cementerio. Y aún tuvo una elegancia última: la de que su ausencia tampoco pese demasiado. (Me emociona eso: su elegancia, su transparencia, su levedad.)