4.6.08

El sustrato de la teta

Mi amigo Weil, que desde que nació su hija no cesa de leer libros sobre la crianza, me dijo el otro día que yo, que mamé de la teta de mi madre hasta los dos o tres años, debo de tener un núcleo psíquico a prueba de bombas. Y es verdad. Mi carácter se inclina a veces a la melancolía, pero incluso entonces se mantiene por debajo un suelo de confianza espontánea hacia el ser (el ser del mundo, el ser de los demás). Me gusta la literatura destructiva, de devastación: los aforismos nihilistas de Cioran, las retahílas aniquiladoras de Bernhard, el verso de Cernuda "mejor la destrucción, el fuego". Pero todas esas emulsiones arrasadoras siempre me han producido alegría; y se me ocurre ahora (se me ocurrió el otro día hablando con Weil), que en el fondo me gusta esa retórica porque sé que debajo, cuando haya volado todo, no estará la nada: sino la limpia y pura y resplandeciente teta. (La función de esa literatura sería, en sentido estricto, la de barrer lo que hay encima de la teta, enturbiándola.)

La verdad es que soy algo así como un antisuicida. Pero no un antisuicida optimista (de esos que, al menor revés, ya están con las pastillas), sino un antisuicida forjado en el pesimismo (como los griegos trágicos de Nietzsche). Soy un auténtico tanque existencial, diseñado para ir campante por la vida... si no fuese porque me adorna también una atroz carencia. Algo que, hoy por hoy, me parece que es lo que más admiro, porque carezco de ello de un modo absoluto, espectacular: la inteligencia práctica.