1.7.08

El antiopositor

Mi fiebre por Spinoza (caliente) tuvo un origen frío. Este año, a última hora, decidí presentarme a las oposiciones para profesor de instituto de Filosofía. (De vez en cuando me entra la tentación del sueldecito fijo.) Tenía poco tiempo y decidí estudiarme sólo a diez o doce autores. Empecé por Spinoza... y en él me quedé. Me apasioné y me he dedicado a leer sólo a Spinoza y sobre Spinoza (ahora estoy con la biografía de Steven Nadler: estupenda). Total, que llegó el día del examen, hace un par de domingos, y sólo me llevaba un tema preparado: el de Spinoza, que era el número 56. Su título: "El sujeto ético-político en Spinoza". Mi apuesta era límpida: Spinoza o nada. Rodó el bombito de bingo infantil que rige el destino de los opositores y no salió la bolita 56. Aun así, acaricié la idea de hablar de Spinoza. Al fin y al cabo, ¿por qué hablar de otros autores, si se puede hablar de Spinoza? Estoy seguro de que el tribunal filosófico, si de veras era filosófico, lo hubiera entendido a la perfección. Todo tribunal filosófico posible e imposible sabe que no hay que hablar de otros autores, si se puede hablar de Spinoza. Miré uno por uno a los miembros del tribunal y pensé endilgarles páginas y páginas sobre Spinoza, por más que no hubiera salido el tema de Spinoza. Como estrategia no era descabellada: en las calurosas y soporíferas horas de la corrección, ¡qué aire fresco les supondría encontrarse de pronto, entre los demás estólidos autores preguntados, un examen sobre Spinoza, aunque no hubiera sido preguntado! Pero me dije que con ello corría el serio peligro de aprobar, y yo no quería aprobar. No ahora, al menos. Así que entregué el examen en blanco y me fui. Para seguir leyendo a Spinoza.