14.7.08

Bossa nova: felicidad sin fin

En la presentación el pasado miércoles de Bossa Nova, de Ruy Castro, me fui dejando llevar por el discurso, sin leer mis apuntes, y no dije todo lo que me había preparado. Lo transcribo aquí ahora (¡por escrito sí que soy un gran orador!). He encontrado además esta preciosa canción de Euclydes Mattos, cuya actuación completó el acto de Casa Amèrica. Éste tuvo lugar justo un día antes del aniversario de la bossa nova: su nacimiento oficial se considera que fue el 10 de julio de 1958, con la grabación por João Gilberto de "Chega de saudade". La bossa nova es hoy una dama de cincuenta años esplendorosamente llevados... (Por cierto, que el amigo Al59 ha escrito un estupendo post sobre el libro.) Silencio, que voy:

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Buenas tardes. Estoy muy contento de presentar este libro en Barcelona, porque aquí fue donde vi por primera vez a João Gilberto, en uno de los dos conciertos que dio en el Grec en julio del año 2000. Seguro que algunos de ustedes también fueron a verlo entonces. Yo asistí a la primera de las dos veladas. Y, además de la emoción en sí del acontecimiento, aquella noche tuve el primer atisbo de la importancia de João Gilberto como guitarrista: algo que yo desconocía.

Yo soy un gran aficionado a la música brasileña, y he pasado muchas horas de emoción y de felicidad escuchándola. Pero carezco de conocimientos musicales, y mi percepción es algo tosca. Me voy enterando de los matices un poco por insistencia y un poco por azar. A quienes primero escuché fue a los artistas de la generación posterior a la de João Gilberto: Caetano Veloso, Chico Buarque, Gal Costa, Gilberto Gil... Pronto escuché también a João Gilberto, naturalmente, y me gustó, pero no lo tenía en el altar de ahora. Y tampoco era consciente de su importancia. Esto cambió con mi lectura del libro de Caetano Veloso, Verdade tropical. Ahí aprendí a valorar a João Gilberto como cantante, y como artista (artista sintetizador e innovador) en general. Poco después, con Noites tropicais, de Nelson Motta, me quedé fascinado con el João Gilberto personaje. Pero, quizá porque no lo resaltaban, o porque yo no me fijé en ello, seguí ignorando que la mayor originalidad de João Gilberto estaba en la guitarra.

A aquel primer concierto de Barcelona fui con la aprensión del que conoce los históricos desplantes de João Gilberto, que es una especie de Curro Romero de la música brasileña. Sabía que el artista podía no aparecer. Y que, aunque apareciera, podía interrumpir su actuación en cualquier momento, a la menor contrariedad. Elvira Lindo habló de una aprensión parecida en su artículo sobre el reciente concierto de João Gilberto en el Carnegie Hall. En Barcelona, João Gilberto empezó y, cuando iba por la mitad de la primera canción, alguien del público gritó: "¡Más fuerte la guitarra!". Yo me dije: "Ya está, aquí hemos terminado". Pero, ante mi sorpresa, João Gilberto miró al técnico de sonido y le dijo: "Mais forte! Mais forte!". Ahí me enteré de la relevancia que el artista le daba también a su instrumento.

Y eso es algo que queda claro en este libro. La búsqueda, y el hallazgo, por parte de João Gilberto de su famosa batida de guitarra es una de las historias que se cuentan en Bossa Nova. La historia y las historias. Que culmina, significativamente, en la exigencia que hace João Gilberto de dos micrófonos en la grabación de "Chega de saudade": uno para su voz y otro para su guitarra. Para su manera de cantar, "bajito", como se decía entonces, y con su original fraseo, tenía maestros, dentro y fuera de Brasil: Orlando Silva, Lúcio Alves, Dick Farney, Chet Baker, Frank Sinatra... Pero para su manera de tocar la guitarra sólo había precedentes en otros instrumentos: el piano de Johnny Alf y el acordeón de João Donato. João Gilberto hizo la gran síntesis de su tiempo. Y Ruy Castro, en su libro, ha hecho algo parecido: después de leerlo, recomponemos nuestro mapa de la bossa nova y de la música brasileña en general. Sabemos de dónde viene y dónde está cada elemento. Y sabemos también por qué obtuvo repercusión internacional, que es lo mismo que saber por qué nos hemos aficionado a la música brasileña en algún momento de nuestra vida, en Europa, y por qué estamos aquí esta tarde.

En Bossa Nova se describe muy bien en qué consiste un movimiento artístico. Desde el punto de vista de hoy, sorprende la resistencia con que se encontró al principio. Y sorprende que esta música que hoy nos suena tan natural, fuese tenida en su tiempo por extraña y "desafinada". En el libro se cuentan, además, muchísimas historias personales. La narración sigue dos grandes líneas: por un lado, la trayectoria de João Gilberto; por el otro, las trayectorias de los demás. Ruy Castro cuenta que, cuando empezó a trabajar en el libro, no sabía si el protagonista era João Gilberto o Antonio Carlos Jobim. Pero no tardó en descubrirlo: João Gilberto no sólo es el catalizador del movimiento, desde un punto de vista artístico, sino también la figura más original y atractiva. En Verdade tropical, Caetano Veloso dice algo interesante. Cuenta que los autores de "O astronauta", Pingarilho y Vasconcellos, le llevaron a él primero su canción; pero no vio nada de particular en ella y la dejó pasar. Tiempo después se quedó sorprendido, y maravillado, al escucharla en el disco João Gilberto en México. Según Caetano Veloso, João Gilberto no había transformado "O astronauta" en una obra maestra, sino que había sabido revelar la obra maestra que ya era. Pues bien, considero que eso mismo hizo João Gilberto con los músicos de su generación, y con muchos de los de la siguiente. Antonio Carlos Jobim, por ejemplo, ya había hecho cosas muy buenas. Estaba considerado "el Gershwin brasileño". Pero gracias a João Gilberto se convirtió en algo mejor que "el Gershwin brasileño": en Antonio Carlos Jobim. Jobim ya era grande, sin necesidad de João Gilberto; pero João Gilberto le permitió ser Jobim. Les ocurrió lo mismo a Roberto Menescal, Carlos Lyra, Ronaldo Bôscoli, Nara Leão... Y también a Caetano Veloso, Chico Buarque, Gilberto Gil... En las biografías de todos ellos hay un momento decisivo: aquel en el que escucharon por primera vez a João Gilberto, sobre todo su interpretación de "Chega de saudade". Maria Bethânia dijo una frase muy expresiva después de pasar una tarde ensayando junto a João Gilberto para la grabación que hicieron juntos en el disco Brasil: "Me fui presentada a mí misma".

En Bossa Nova están perfectamente consignados todos estos aspectos artísticos, entremezclados con anécdotas jugosas. Hay, además, un riguroso trabajo de investigación, gracias al cual quedan desmentidas o rectificadas algunas de las leyendas del movimiento. Por ejemplo: qué ocurrió realmente en el despacho de los directivos de la Odeon en São Paulo cuando les llegó el sencillo de "Chega de saudade"; o cómo y cuándo Vinicius de Moraes conoció a Jobim y a Baden Powell; o si fue realmente espontánea la intervención de Astrud Gilberto cantando "Garota de Ipanema" en inglés en el disco Getz/Gilberto... Ruy Castro tuvo el acierto de escribir la primera versión de este libro en 1990, cuando la mayoría de los protagonistas de la bossa nova estaban vivos y podían hablar. Su documentación, por lo tanto, es rigurosa y de primera mano. Gracias a ella, Ruy Castro resucita toda una época: la del Brasil (en especial, el Río de Janeiro) de las décadas de 1950 y 1960. Creo que el mejor modo de definir este libro es diciendo que es un vivaz reportaje de quinientas páginas.

Ruy Castro tiene dotes de narrador: "la historia y las historias" de Bossa Nova están contadas con mucha eficacia y con mucha gracia. Gracia en sus dos sentidos: talento y humor. Yo encontré el original brasileño, titulado Chega de saudade. A história e as histórias da Bossa Nova, en una librería de Río de Janeiro en 2001. Y su lectura ha sido una de las más placenteras de mi vida. Con pocos libros me lo he pasado mejor. Por eso, mi principal propósito como traductor ha sido el de que su lectura en español resulte tan placentera como en portugués. Para ello, además del trabajo con cada frase para que sonase lo más natural y fluida posible, me propuse que el libro no llevase ninguna nota al pie de página. Y así es: el libro va sin una sola de las famosas "N. del T.". Yo no asomo mi cabecita. Las aclaraciones imprescindibles están en el propio texto, entre paréntesis o entre corchetes, o en leves adiciones que no interrumpen la lectura. Por ejemplo, si en un determinado momento se habla en el original de "las válvulas de las Philco", yo he preferido no poner una "N. del T." indicando que Philco era una marca de aparatos de radio de la época, como averigüé (gracias, por cierto, a San Google), sino traducir directamente: "las válvulas de las radios Philco".

En este empeño por traducir en favor del, como decía Borges, "lector hedónico", he contado en todo momento con la ayuda y la complicidad de la editora de Turner, Pilar Álvarez, que antes que editora es una gran lectora. A ella además le corresponde el mérito de que el castellano cuente al fin con esta obra en su bibliografía, después de que ya existieran ediciones en inglés, alemán, italiano o japonés. Me gustaría mencionar un detalle curioso: la primera vez que vi a Pilar fue en un concierto en Madrid de la hija de João Gilberto, Bebel. O sea, que es como si la propia bossa nova hubiese estado conspirando desde el principio en favor de esta traducción...

Lo cual sería un signo más del carácter poderoso y feliz del movimiento. En la solapa del libro se dice que "la bossa nova es lo más parecido que hay a una 'sintonía de la felicidad', y su historia es también la historia de una felicidad". Y así es. Básicamente, es la historia de unos muchachos brasileños que en 1949 tienen como ídolos a determinados artistas norteamericanos, inalcanzables para ellos: Stan Kenton, Barney Kessel o Frank Sinatra... Y cómo, en el curso de poco más de una década, estos artistas están tocando las composiciones de aquellos muchachos, y actuando con ellos. Es, en suma, la historia de un amor correspondido. En la canción "A felicidade" se dice esto tan conocido de: "Tristeza não tem fim,/ felicidade sim". Y sí, quizá fuese cierto antes de la bossa nova, pero no después: porque, gracias a la bossa nova, la felicidad tampoco tiene fin. O, por lo menos, dura ya cincuenta años... El libro de Ruy Castro es también un libro feliz: por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, es una máquina de producir felicidad. Y con esta edición hemos procurado ante todo que lo siga siendo. Muchas gracias.

11.7.08

Bossa Nova y Duchamp



Nada más bajar del avión en Barcelona el miércoles, fui a la exposición Duchamp, Man Ray, Picabia, en el Museu Nacional d'Art de Catalunya (¿se darán cuenta alguna vez los nacionalistas de lo palurdos que resultan en determinados contextos?). La exposición fue un festín: no sólo estaba el Gran Vidrio (la copia supervisada de Hamilton), sino también un montón de obras de Duchamp que no me esperaba. Me emocioné ante sus cuadros Novia, El paso de virgen a novia y Dulcinea (especialmente el primero). Había más cuadros, y bastantes ready-mades, incluidos el urinario y la rueda de bicicleta, y la Monalisa bigotuda, y los rotorrelieves (girando), y la Boîte-en-valise, y algunos manuscritos, y muchas fotografías... La mayoría de éstas, naturalmente, de Man Ray. Por las que no eran sobre Duchamp y por sus cuadros y objetos, así como por los de Picabia, pasé volando: me gustaron, pero para mí no eran más que un (buen) acompañamiento de los de Duchamp. Sólo me detuve ante una pequeña fotografía de Ray en que aparece Lee Miller haciéndose una pompa de jabón encima de la teta: un pecho sutil de transparencia sobre el de carne, desnudo. En cuanto al Gran Vidrio: ¡glorioso! Impone respeto, y a la vez inspira levedad. ¡Qué obra más limpia y diáfana! En la exposición había dos rincones impotentes, pero aun así de agradecer por los duchampianos: una pequeña fotografía, ya que no podía estar el cuadro, del Desnudo bajando una escalera, y un remedo electrónico de Etant Donnés: sobre una pared se proyectaba la puerta, por cuyos dos agujeritos podía verse el maniquí. Precisamente hace unos días, revisando libretas viejas, me encontré una asociación que hice hace tiempo: el brazo de la chica que sostiene la lámpara traza una línea similar a la de la cuesta del ciclista ético (y la lámpara misma podría ser el sol que hay encima de la montaña). Me gustó, por cierto, que la exposición estuviera en un monte con tradición ciclística: Montjuïc. Desde allí, antes y después, estuve deleitándome con las fabulosas vistas de Barcelona. Y bajando luego la escalinata se produjo un momento duchampiano-landista. Me di la vuelta para mirarle el culo a una espectacular chica que subía, y entonces venía bajando otra al trote con sus dos tetas botando. No iba desnuda, ni lo necesitaba. Casi toco la cuarta dimensión.

Solté mi mochila en el hotel y fui al almuerzo con la facción barcelonesa del Nickjournal. Un encuentro la mar de agradable. Cuando nos despedimos, pasadas las cinco, me entró el miedo escénico y me fui a mi habitación a repasar mi intervención en Casa Amèrica (la presentación de Bossa Nova era a las siete). No temía quedarme en blanco, pero sí estar demasiado rígido, como me pasó la última vez que hablé en público (que conté aquí). Al final la cosa salió más o menos natural, aunque me dejé algunas cosas en el tintero. Sí dije lo esencial de lo que pretendía: que me alegraba que el acto fuese en Barcelona, porque en Barcelona fue donde vi por primera vez a João Gilberto; y que mi propósito al traducir el libro fue que en español resultara tan placentero de leer como en portugués. La presentación la hizo (muy bien) la editora de Turner, Pilar Álvarez, e intervino para concluir Alfredo Lorenzo, de Tangará. Éste nos dio un notición: que João Gilberto acaba de tener otro hijo, a sus setenta y siete años. João Gilberto y Duchamp: tienen más cosas en común de lo que pudiera parecer. El amor por la transparencia y la nitidez, por ejemplo. Su incansable insistencia en lo mismo, con sutiles variaciones. Y, sobre todo, que han sido dos artistas libres, siempre a su aire. Ahora, para mí, están unidos también por Barcelona.

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(1.9.12) El director del MNAC se da cuenta del palurdismo. Me ha llevado a la noticia este correo catalán de Arcadi Espada.

1.7.08

El antiopositor

Mi fiebre por Spinoza (caliente) tuvo un origen frío. Este año, a última hora, decidí presentarme a las oposiciones para profesor de instituto de Filosofía. (De vez en cuando me entra la tentación del sueldecito fijo.) Tenía poco tiempo y decidí estudiarme sólo a diez o doce autores. Empecé por Spinoza... y en él me quedé. Me apasioné y me he dedicado a leer sólo a Spinoza y sobre Spinoza (ahora estoy con la biografía de Steven Nadler: estupenda). Total, que llegó el día del examen, hace un par de domingos, y sólo me llevaba un tema preparado: el de Spinoza, que era el número 56. Su título: "El sujeto ético-político en Spinoza". Mi apuesta era límpida: Spinoza o nada. Rodó el bombito de bingo infantil que rige el destino de los opositores y no salió la bolita 56. Aun así, acaricié la idea de hablar de Spinoza. Al fin y al cabo, ¿por qué hablar de otros autores, si se puede hablar de Spinoza? Estoy seguro de que el tribunal filosófico, si de veras era filosófico, lo hubiera entendido a la perfección. Todo tribunal filosófico posible e imposible sabe que no hay que hablar de otros autores, si se puede hablar de Spinoza. Miré uno por uno a los miembros del tribunal y pensé endilgarles páginas y páginas sobre Spinoza, por más que no hubiera salido el tema de Spinoza. Como estrategia no era descabellada: en las calurosas y soporíferas horas de la corrección, ¡qué aire fresco les supondría encontrarse de pronto, entre los demás estólidos autores preguntados, un examen sobre Spinoza, aunque no hubiera sido preguntado! Pero me dije que con ello corría el serio peligro de aprobar, y yo no quería aprobar. No ahora, al menos. Así que entregué el examen en blanco y me fui. Para seguir leyendo a Spinoza.