Soledad iluminada
Ayer arrancó la Vuelta. Este año, que se presenta emocionante ("el Tour de 2008 es la Vuelta", dicen los organizadores), la seguiré sólo por la radio. En Asilah se escucha la radio española: onda media siempre y frecuencia modulada a veces. En el apartamento hay un televisor. Al principio intenté conectarlo (era inevitable que lo intentara), pero no supe y lo dejé. Es casi una decisión, porque tengo el teléfono del técnico y no lo voy a llamar. Para calmar la pulsión audiovisual me basta con el disco duro externo de mi portátil, donde tengo decenas de películas y de series que me grabaron Andújar, Curro y Palomo. Ahora estoy viendo los maravillosos episodios del Sherlock Holmes de Jeremy Brett. En la radio también se encuentra alta literatura: el programa La vuelta al mundo en 80 libros, de RNE, que es un ejemplo de lo que hay que hacer en los medios públicos. Las campañas de "promoción de la lectura" en abstracto son inútiles. La lectura no es nada sin una página concreta, como no es nada follar si no se tiene un cuerpo. En este sentido, La vuelta al mundo en 80 libros es una orgía. (Todas las emisiones están disponibles en internet.) Yo me he traído mi propio harén para mi estancia africana, pero lo que me espera en estos meses, más que leer, es escribir (que es una forma, también, de leerse a uno mismo).
La soledad en Asilah, atenuada por la amabilidad de los marroquíes. Las sonrisas y los buenos gestos, que hacen que uno vuelva de sus paseos reconfortado. He dejado de ver los atardeceres desde la muralla. Ahora me voy al malecón. Me siento en una roca y espero el rayo verde. No ha aparecido aún. Muchas tardes, aunque el cielo esté despejado, hay eso que Verne llama "brumas crepusculares". Contemplar el sol en su puesta, no había caído, se parece a espiar un strip-tease (más o menos duchampiano). El sol va desnudándose y anhelamos verle el sexo, la raja verde. Pero al final se interpone un biombo o una gasa, o se mete en el agua sin quitarse las braguitas.
Las brumas crepusculares y el humo de mi purito. El día se esfuma. Es el momento del homenaje a la ceniza. Una vez que se ha hecho de noche voy al mercado y compro para el día siguiente. Seis huevos cuestan cinco dirhams y medio, un melón quince, cinco litros de agua nueve. (Un dirham equivale a diez céntimos de euro.) Al mediodía, antes de prepararme la comida, hago en casa gimnasia y yoga. Con las asanas escucho mentalmente la voz de Weil, a cuyas clases he asistido estos tres años. Barro, friego, lavo, tiendo, cocino. La música desde que he vuelto (la última noche en Málaga, Losada me hizo la foto que ilustra esta entrada): Setting Standards: New York Sessions de Keith Jarrett, Gary Peacock y Jack DeJohnette, y Uma tarde com Bud Shank & João Donato. La escucho también en mi portátil, con los altavoces, y cada vez que empieza un nuevo tema aparece en pantalla un letrerito (en este instante, "The Mascarade Is Over"). Escribo de cara a la cortina, que es un visillo dorado. Dejo abierta la puerta de la terraza y se mueve. Le da el aire y el sol. Veo el cielo a través, parcelado por el armazón, sin cañas, de la techumbre. La mía es una soledad iluminada.








