20.5.09

Grados de tristeza

La otra tarde Curro me estuvo hablando, sentados en una terraza de la calle Alcazabilla, de su presión cerebral, de la presión de su pensamiento. "¿Por qué no escribes?", le sugerí. "El año pasado lo hice", me respondió. "Fue espantoso. No me sirve de nada. Sólo me salían frases bimembres y luego tenía que hacer de desratizador de mis propias frases bimembres. Me ponía a escribir, y sólo salían frases bimembres. Y a continuación tenía que dedicarme a exterminar mis propias frases bimembres. Era algo infecto, una locura." Hechizado por la palabra bimembre (¡una auténtica rata!), no me paré a considerar que en realidad estaba refiriéndose a oraciones con dos términos unidos por y, por los ejemplos que ponía. Nos enzarzamos entonces en hablar del pensamiento y la escritura. Curro decía que el ritmo de las frases escritas estropeaba el pensamiento y lo llevaba por otro camino; que era una lucha desagradable que no le compensaba. Recordé el poemita de Ricardo Reis: "Ponho na altiva mente o fixo esforço/ Da altura, e à sorte deixo,/ E as suas leis, o verso"; en que no había lucha, sino dominio del pensamiento, que tensa la sintaxis desde su cúspide y derrama, por decirlo así, el ritmo. Sobre la compensación, mencioné una idea mía de hace años. Que si yo, por ejemplo, tengo una tristeza de grado seis y logro expresarla, eso me produce una alegría de grado siete u ocho. Pero al repetirlo me di cuenta de que había dejado de ser así. He cambiado, se me ha acumulado experiencia: ya soy un adulto. Ahora, si tengo una tristeza de grado seis y logro expresarla, lo máximo que consigo es rebajarla un poco, y que pase a ser de grado tres o cuatro —quizá porque ahora la tristeza es mayor, o más seria, o de verdad. Pero no siempre está uno triste. Para Curro la imagen de la felicidad es Errol Flynn; y yo, aunque me gusta Errol Flynn, suelo meterme con Errol Flynn cuando estoy con Curro, para que haya controversia. Pero la otra tarde, cuando le quise expresar la alegría de escribir, le dije que es como si la página se convirtiese en uno de esos castillos de las películas de Errol Flynn, con espadachines hasta por las escaleras... A veces, sí, hay un espadachineo eléctrico. Y fuera está la vida.