11.11.09

El muro surrealista

Pero nuestro muro fue de libertad: no el de Berlín, sino el muro surrealista. Del mismo modo que hoy tenemos el hotel La Barracuda como santuario de Bernhard, entonces teníamos el muro surrealista como santuario de Breton. Adorábamos a Breton; lo seguimos adorando. Su melena leonina, sus ademanes (que nos proyectábamos en la mente), su autoridad magnética. El siglo XX tiene pocos personajes intachables: Breton es uno de ellos. Antiestalinista cuando nadie lo era. Pulcro casi hasta la ridiculez. Ahora la editorial Turner va a sacar La vida de André Breton, de Mark Polizzotti, que ya he tenido ocasión de leer, y lo que admira, considerado desde hoy, es que no se colocó nunca. Vivió en la pobreza de principio a fin. En el último periodo se le ofreció alguna prebenda: la rechazó. Tenía en su casa una millonada en arte, pero no vendía. Su integridad hasta resulta embarazosa. Resucitó el romanticismo del único modo que podía hacerse: como movimiento post-dadaísta; de pasión antisentimental. Siempre cito lo que escribió sobre él Camus en El hombre rebelde: "En su perro tiempo, y no se puede olvidar esto, es el único que ha hablado profundamente del amor. El amor es la moral angustiada que ha servido como patria a este exiliado."

Mi amigo Curro y yo, pues, éramos devotos de Breton. Si hubiéramos leído "La confesión desdeñosa" en su época, habríamos corrido a ponernos a su servicio. Su llamada atravesó decenios; pero no encontramos el camino para cumplirla. A cambio, teníamos ese trozo de Málaga que nos señaló impremeditadamente: el de la fotografía "Vista de Málaga", aparecida en el número 5 (15 de octubre de 1925) de La Révolution Surréaliste. La conocíamos porque la habían usado de portada en una revista malagueña de los ochenta, Puertaoscura. La fotografía la sacó el poeta José María Hinojosa, que sería asesinado como Lorca al comienzo de la Guerra Civil, pero por lo republicanos. Ignoramos cómo llegó a la revista. Probablemente Hinojosa la mandó. Nos imaginábamos a Breton escogiéndola, y por lo tanto designándonos, mediante un acto de azar objetivo, nuestro lugar. A nosotros, sin conocernos; a nosotros, cuarenta y un años antes de que naciéramos. No teníamos ninguna otra información aparte del título de la foto; pero el sitio parecía claro: el muro de contención que hay por detrás del Ayuntamiento, y que sujeta al monte donde está la Alcazaba. Sólo que ese muro tiene seis o siete metros de altura y unos doscientos o más de longitud. A pesar de ello, nos propusimos localizar el trozo exacto. Ya no estaba la farola como referencia. Y las marcas, que recordaban el dibujo de un panal, se repetían casi iguales por toda la superficie. Una tarde, con la fotografía en la mano, no la de Puertaoscura, que no poseíamos, sino la que venía en un libro de Santos Torroella sobre el surrealismo, fuimos recorriendo el muro palmo a palmo, comparando minuciosamente las marcas, hasta que dimos con las mismas. Ese tramo se convirtió para nosotros en una puerta, que empezamos a frecuentar desde aquel instante: nos obligábamos a pasar por allí en nuestros paseos, o nos citábamos encima, donde están los jardines y desde cuya balaustrada de remate podíamos asomarnos al muro, con una perspectiva en picado. Luego leímos un texto en que Breton celebrababa el método de Leonardo da Vinci de contemplar, abandonándose, las manchas de la pared, para que le sugiriesen formas y dimensiones. Nosotros lo hacíamos con el muro surrealista: nuestro pedazo de París, nuestro disparadero.

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(14.3.10) El muro surrealista en 2004.