Lectura no escogida
Cotidianeidades de diez días. Una vida agradable, sabiendo que va a ser provisional. Durante una siesta de la semana pasada, tras el Tour, tomé el libro que tenía mi anfitriona en la mesita y lo leí. Su duración es la de una película y el libro tiene algo de película: de película de las llamadas independientes (sección francesas), hecha con el celuloide sutil de las palabras. Al no haber sido una lectura escogida, experimenté el goce añadido de la gratuidad. Me recordó la gloriosa época en que Pilar Miró era directora de RTVE y ponía todas las noches, a la una, una película subtitulada. Bastantes de aquellas películas me sorprendieron, me emocionaron; por lo general, en tono menor, sin alardes. Lo mismo me ha pasado con esta novelita de sólo 89 páginas: El Agrio, de Valérie Mréjen (Ed. Periférica). La autora (que además es videoartista y justo ahora tiene una exposición en La Virreina) la define como "un cuento de hadas fallido", pero en realidad es una historia, muy estricta, de amor cortés; de amor cortés contemporáneo: con poco fuego y muchas brasas ligeras, algún humor, abundante (aunque amortiguada) tristeza. Aquí la dama inaccesible es él, Bruno, El Agrio; y el trovador ella, la narradora. Una relación asimétrica, jerárquica: un amor estructuralmente no correspondido. Ése es el esquema de todo amor, de hecho (un esquema desgraciado): nos enamoramos de quien va a su aire, no del que está pendiente de nosotros; por eso, el enamorado no enamora. El amor, como escribe Borges, "nos deja ver a los otros como los ve la divinidad"; y a la vez nos destierra a un confín de precariedad ontológica literalmente antidivina. El Agrio es una recopilación de observaciones enamoradas, en esas dos vertientes. De vuelta en Málaga, me he comprado un ejemplar y lo he releído. (A los libros breves, si son buenos, hay que premiarlos con una segunda lectura; del mismo modo, a los largos sin necesidad hay que castigarlos con una única lectura saltarina.) Copio algunos pasajes:
Tenía miedo de que me viera como la típica romanticona que deshoja margaritas. Quería desaparecer para no molestarle, desterrar mis edulcorados sueños de jovencita, diluir el exceso de rojo primario hasta la transparencia. Tenía la fantasía de volverme como él, su doble en femenino, que encontrara en mí a la persona que apoya y comprende sus antojos.Y éste, que es el que más gracia me ha hecho (¡el saludo de las tripas!):
Tenía una Leica. Durante un encuentro, hizo algunas fotos, entre ellas una de dos bolsas de plástico semitransparentes. Se conmovía con verdadero entusiasmo ante la belleza de las cosas. Desde la nata de la leche hasta la superficie de una taza. De un tapón de lavabo seco y resquebrajado, de una mota de moho sobre una fruta, decía que eran bonitos y los señalaba con el dedo. Un día que estábamos en casa de la hermana de un amigo, reparó en la válvula de una olla al lado de los quemadores de la cocina. La tomó entre el índice y el pulgar y alabó sus cualidades plásticas, sin tener en cuenta la sorpresa de nuestra anfitriona. Hizo incluso un par de comentarios, extrañado de no encontrar más eco entre nosotros.
Yo no sabía prácticamente nada de él. Incluso desde Japón me enviaba sus impresiones sobre el viento fresco, una nube de tormenta, una carretera rural. Jamás hablaba de cosas ocultas, de recuerdos, de llantos, de decepciones. Todo estaba enterrado, olvidado, aparcado, ni siquiera existía. Nada era real excepto lo real, las impresiones directas e inmediatas. Así, adiós a las antiguas tristezas. Bastaba con redescubrir un olor a alquitrán, con escuchar un buen disco o leer un buen libro. Con beber el té en tazas azules y blancas en el restaurante y con saber apreciar las manchas de grasa en un trozo de papel de estraza.
Mi padre quiso invitarnos a comer en un restaurante. Bruno nos llevó al Georges, un tunecino de la calle Richer adonde solía ir con su padre. Su padre era aficionado a una salchicha de tripa servida con trozos de carne. En una ocasión él había pedido ese plato y se había comido la salchicha a toda velocidad: les hizo creer que no se la habían servido.Por ahí he leído que emparentan El Agrio con el Me acuerdo de Perec; pero yo he pensado más en El libro de mi madre de Albert Cohen. Sólo que sin sus énfasis: en esta novelita la tragedia va soterrada; y en realidad, como se ve al final, es leve. No tiene solución y por eso es trágica, pero el tiempo la deja atrás.
Bruno imitaba al embutido tunecino en el momento de desembocar en el tubo digestivo: al reconocer a un semejante, dirigía un saludo con la mano como harían dos colegas en una escalera mecánica.







