13.9.09

Vampirización

Acabó mi verano heladero. ¡Ah esta vida de Bridget Jones masculino! Pero ojo: mi panza es metafísica. Crece cuando me atosigan las angustias o veo abrirse socavones en el suelo del ser. Yo no he tomado un ansiolítico en mi vida; sólo uso la anestesia del alcohol y las grasas. Me abochorna mi perfil combo, pero al mismo tiempo lo asumo con orgullo, porque sé a qué se debe. Del mismo modo que Cervantes presumía de no haber perdido su brazo en pendencias, sino "en la más alta ocasión que vieron los siglos", yo proclamo que mi sobrepeso fue ganado en un Lepanto existencial. Cuando me vean gordito, amigos, es que estoy heideggeriano.

Los kioscos son por lo tanto, para mí, cabinas de restauración filosófica. Allí se expende el bálsamo que me ayuda a sobrellevar las tardes. Para mí, todo kiosquero es Boecio, y Boecio le llamo. "Boecio, déme un drácula", le digo; aunque sea mujer la vendedora. Y Boecio me sirve. La consolación de los helados. Mucho tiempo he estado dándole al cornetto de vainilla, pero el año pasado me pasé al drácula (sólo consumo Frigo, lo demás lo desprecio). El drácula, que tomábamos de niños (recuerdo el primer anuncio: "¿la contraseña?", "¡de fresa y cola!") y largo tiempo desdeñamos. El verano pasado volvió, y éste se ha hecho indispensable. Setenta y cinco centimitos de nada. ¿Cuántos me habré tomado? Lo que sé es que el de hoy ha sido el último. Este otoño caerán las hojas, pero también las lorzas. Pienso llegar al turrón hecho un figurín. (¡Y atiborrarme entonces de turrón!)

Lo del drácula, por cierto, me ha supuesto estar, sin querer, a la moda vampírica. Y aquí quería yo llegar, pedantescamente. Porque hoy, tomándome mi último drácula, me he acordado de una modalidad de vampirización que caracterizaba Eugenio Trías en Meditación sobre el poder, capítulo séptimo:

Sucede con frecuencia que el artista se halla tiranizado por su propia creación, que termina convirtiéndose, al igual que muchos hijos con sus padres, en vampiro que absorbe todas las energías, toda la esencia y la sustancia, toda el alma del propio creador. En la modernidad, por razón del imperio del Capital, el artista, aun inconscientemente, tiende a reproducir en su interior esa alucinante figura del vampiro, convirtiéndose en alma plenamente "entregada" a su propia obra, en la que cifra de modo absoluto y tiránico su Identidad. Y ello sucede por razón de la hipoteca que deriva de toda búsqueda de Identidad.
.....De hecho, la relación del creador con su obra es en esencia (o "debería ser") de asistencia. Igualmente la de la obra con el creador. Ya que uno y otro son seres realmente distintos, sólo que en estrecha relación. Cuando la obra seduce al creador, éste termina por recrear su propia vida a imagen y semejanza de aquélla, constituyéndose muchas veces en eso que asimilamos a la figura, a veces un tanto ridícula, del artista romántico.
Me lo aplico cagando leches (¡desnatadas!). Porque hace ya la tira que estoy hecho todo un personaje...