28.12.09

El Rey, el Papa y Mario Conde

Yo trabajaba de guionista en Antena 3 TV cuando la cadena pertenecía a Mario Conde. La consigna era que en nuestros sketches (nombre cosmopolita que les dábamos a nuestros sainetes y astracanadas) podíamos meternos con todo el mundo, “salvo con el Rey, el Papa y Mario Conde”. Bien mirado, era una selección impecable: el máximo representante estatal, el máximo representante religioso y el dueño de la empresa. En el transcurso de aquella temporada, un 28 de diciembre como hoy, cayó Conde, y a vuelta de vacaciones preguntamos si ya podíamos meternos también con él. No recuerdo la respuesta, pero sí que tuvimos piedad: no terminamos haciendo leña del dueño caído.

Han pasado dieciséis años y los tres han tenido su peripecia. Mario Conde ha experimentado la cárcel y ha salido de ella transformado en una mezcla de Paulo Coelho y el Lute. El anterior Papa murió y su hábito (aunque más cortito, y con zapatos rojos) lo ocupa otra persona. Por su parte, el Rey se ha ido desvaneciendo en su trono y han empezado a crecerle los enanos republicanos (el guionista chusco que sigo llevando dentro me empuja a precisar que nuestro primer antimonárquico de facto, Jiménez Losantos, es la excepción que no crece; a él, por cierto, Mario Conde lo echó de su radio, igual que ahora los representantes españoles del Papa).

Puede apreciarse que, a partir de la llegada de Zapatero al poder y de la muerte de Juan Pablo II, ha decrecido la presencia mediática del Rey y el (nuevo) Papa. Benedicto XVI, sin duda, es menos mediático que su predecesor; y menos mediático también que él mismo en su versión Ratzinger. La gran sorpresa de este papado (el gran milagro, podríamos decir) ha sido ver la sonrisilla bondadosa que el Guardián de la Fe ocultaba. En tal sentido, le ha pasado lo mismo que a Pepiño Blanco, que ahora es un hombre feliz como ministro de Fomento. En cuanto al Rey, le ha sucedido que el actual presidente del Gobierno tiende a ocupar su espacio mediático, exhibiéndose con el lirismo del viento y con ese atributo que la Constitución le reservaba al monarca: la irresponsabilidad.

Esta Navidad, sin embargo, el Rey y el Papa han sido noticia: el Rey, porque por primera vez se ha emitido su discurso por la televisión autonómica vasca; y el Papa, porque una perturbada lo tiró al suelo en la Misa del Gallo. Por su parte, Mario Conde vende como rosquillas sus Memorias de un preso, que se habrá regalado en abundancia. Mario Conde era un hombre serio y se ha convertido en un hombre más serio (puede apreciarse en la espléndida entrevista que le hizo mi compañero Jabois). Vale para simbolizar lo que ha pasado en estos años: de la tríada, se ha abierto la veda humorística con el Rey y el Papa; pero con los Mario Conde de turno, es decir, los dueños, se bromea menos que nunca.

Sobre lo primero, no conviene engañarse. Me parece higiénico que hayan proliferado los chistes sobre el Rey y el Papa (incluso cuando los hace el cargante Wyoming); pero sus respectivas vacantes han sido ocupadas por otros tabúes: la estatal, por el pesado imperio de la corrección política; y la religiosa, por el Islam (o el miedo al Islam). Algo de ambos se ha incorporado también a los dueños. Lo que en principio es mera propiedad, mero negocio, se ha ungido de ideología; de modo que el sectarismo que padecemos es una escenificación ideológica del reparto del pastel.

[Publicado en Frontera D]

21.12.09

¡Autor, autor!

No sé cómo se las ha apañado la SGAE para tener una imagen tan nefasta. Su tarea es cobrar, y los cobradores siempre resultan antipáticos; pero quizá resulten particularmente antipáticos si tienen la cara de Ramoncín. La SGAE, para su desgracia, ha terminado siendo identificada con Ramoncín y su troupe de autores sin talento y con dinero. El público ignora que por detrás hay otros muchos con talento y sin dinero, a los que la SGAE les salva la vida. Yo estoy (¡excusadme!) entre estos últimos. La SGAE es como mi madre, y cuando me acerco a su sede de pastel por la calle Fernando VI, se me caen los lagrimones. Qué calorcito desprende ese edificio espantoso. Uno entra allí como un mendigo y sale como un príncipe. Un príncipe provisional, naturalmente: hasta que la dura existencia del artista lo deje otra vez en calzoncillos.

Los artistas, pues, tienen (¡tenemos!) razón: hay que pagar. Yo me aprovecho de la piratería, como todo el mundo. Es lo más cómodo, es lo más barato. Pero sé que ése es el beso de la muerte. Todo el despliegue de Roma o Deadwood, por ejemplo, no me ha costado ni un céntimo. Horas y horas de felicidad absolutamente gratis. La consecuencia es que en el futuro no habrá más Romas ni Deadwoods. Ambas, de hecho, con ser dos de las series más entretenidas de los últimos tiempos, se dejaron de rodar porque no resultaban rentables. Quien piratee, que al menos lo sepa.

En cuanto a las modalidades del cobro, reconozco que me extravío en los procedimientos. No sé qué es lo justo, no sé qué se debe hacer. Ignoro cómo ha de ser la ley. Por su parte, la tendencia propiciada por la tecnología parece irreversible. Lo que sí observo, al margen de las argumentaciones, es que en las cabecitas de nuestros conciudadanos existe el sustrato de que el autor carece de relevancia. No ya de relevancia social, que es otro asunto, sino de relevancia como artífice mismo de su obra. Se piensa que las obras surgen solas; no se tiene conciencia del trabajo. Esto pudo apreciarse claramente el pasado verano con las manifestaciones de los catetos de Fuenteovejuna, convencidos de que era Lope de Vega quien se lo debía todo a ellos...

Resulta instructiva, a propósito, la anécdota de Santiago Rusiñol que contaba Vallejo-Nágera en Locos egregios. El pintor y un amigo sacaban cada día unas sillas al campo y se sentaban a ver el atardecer. En cuanto el sol se ponía, ellos se levantaban a aplaudir enfervorizados, gritando: “¡Autor, autor!”. El crepúsculo es un ejemplo estupendo de espectáculo por el que no hay que pagar, pues la obra del Altísimo es gratis. El problema es que a los seres humanos no suele bastarles el entretenimiento a pelo con la Naturaleza, sino que necesitan algo más elaborado. Para lo cual ya se requiere a un artista: alguien que, a diferencia del Altísimo, tiene la enojosa costumbre de comer.

[Publicado en Frontera D]

14.12.09

Historia personal del 'boom'

Siempre he tenido ganas de leer Historia personal del ‘boom’, de José Donoso, pero nunca lo he encontrado. Lo comenté en el blog de mi amigo Josepepe y se ofreció a mandarme un ejemplar. Josepepe es chileno y su blog ejemplifica la maravillosa definición que en ese mismo libro da Donoso de Chile: “país ordenado e irónico”.

Qué buena tarde del sábado pasé leyéndolo. Hacía meses, además, que no leía varias horas seguidas. Ha sido un año de pasar demasiado tiempo en la pantalla, deambulando por internet. De esas jornadas sale uno estragado; internet produce un chisporroteo eléctrico que resulta estimulante, pero que se disipa rápido. En cambio, la lectura prolongada le da densidad a la cabeza. De ella se sale feliz, con algo benéfico enraizado; y con la sensación de no haber tirado los minutos. Con este libro, encima, tal disposición se acoplaba al tema, porque me traía a la memoria (cerebral y corporal) las largas sesiones dedicadas en su día a leer a los autores hispanoamericanos. Ellos fueron los maestros literarios en nuestro idioma para los españoles de mi generación: la nacida justo en la década del boom, la de 1960. Así, lo que sucede en sus páginas es algo que iba a determinar nuestras vidas: mientras jugábamos de niños, los autores latinoamericanos estaban escribiendo las obras que íbamos a devorar en la adolescencia y en la primera juventud.

Donoso lo cuenta estupendamente. Me ha interesado la época previa a la explosión, por las penurias, el aislamiento, el horizonte inconcebible del triunfo internacional; y por el mensaje involuntario que se desliza para la España actual de los particularismos (retrógrados, asfixiantes, artificiosos):

Mientras el mundo de los jóvenes se expandía mediante lecturas y compromisos que tendían sobre todo a borrar las fronteras, los criollistas, regionalistas y costumbristas, atareados como hormigas, intentaban al contrario reforzar esas fronteras entre región y región, entre país y país, de hacerlas inexpugnables, herméticas, para que así nuestra identidad, que evidentemente ellos veían como algo frágil o borroso, no se quebrara o se escurriera.
Pero triunfó el cosmopolitismo, y la literatura se enriqueció. Como cuenta Donoso, lo fundamental no era ser fiel a las regiones, sino, aun hablando de ellas, elaborar obras lo suficientemente potentes desde el punto de vista literario como para que pudieran leerse fuera: fuera de cada país hispanoamericano, y también en España y en el resto del mundo. Curiosamente, España desempeñó un papel importante en el conocimiento de los diferentes autores entre sí, por medio de la editorial Seix Barral, dirigida por Carlos Barral, que los publicó y los prestigió con el premio Biblioteca Breve. Como bien señala Donoso, el beneficio fue mutuo: también esos autores prestigiaron a la editorial, en especial Vargas Llosa, con el primer Biblioteca Breve, el de 1962, que fue para La ciudad y los perros. Hay un comentario llamativo sobre la supuesta estrategia de los miembros catalanes del jurado del Biblioteca Breve, que eran nada menos que Castellet, Clotas, Azúa y el propio Barral:
(...) intentaron disolver la novela castellana premiando una y otra vez a las novelas latinoamericanas escritas a veces en variantes bastante curiosas del castellano, para eliminar definitivamente la tiranía del castellano de Valladolid y las novelas escritas en ese odiado idioma.
Si eso es cierto, el gran damnificado en mi experiencia particular de lector fue el barcelonés Juan Goytisolo, de quien leí Señas de identidad entre un autor latinoamericano y otro autor latinoamericano, y cuya escritura apenas pude digerir, por pedregosa, al tener en el paladar la colorida y líquida de los otros.

El gran elemento aunador, según Donoso, fue el apoyo a la revolución cubana. Y las disensiones a raíz del caso Padilla, en 1971, marcaron el fin del boom como movimiento. También a mí como lector, qué le voy a hacer, me ha terminado afectando el tema. Con el tiempo, se me han atravesado los autores castristas del boom. A García Márquez, por ejemplo, no lo soporto ya; pese a que con él descubrí la literatura. Mis favoritos son Vargas Llosa y Cabrera Infante. A Carlos Fuentes no lo he leído. Con Cortázar tengo intermitencias. Lo sigo apreciando (por sus cuentos y por El perseguidor, nunca por Rayuela), pero no puedo con el personaje cuando leo cosas como esta que viene en "El 'boom' doméstico", el apéndice escrito por la mujer de Donoso, María Pilar Serrano:
Políticamente Cortázar es un apasionado que como los caballos con anteojeras no quiere ver más que el camino que tiene por delante. En Polonia una vez, su traductora, que volvía de Praga donde había presenciado la entrada de los tanques rusos, se lo comentó dolorida. Él se negó a escucharla porque, le dijo, necesitaba mantener su fe revolucionaria pura ‘para poder vivir’.
Hay otro castrista, en cambio, al que sí perdono: Bryce Echenique, porque escribió La vida exagerada de Martín Romaña. También (¡al final son varios!) a Ribeyro y a Monterroso. Y aparte está uno cuyo castrismo hay que comerse con patatas, porque es un genio: Juan Rulfo. En realidad, una vez que se ha atenuado el boom, me parece que son mayores, más sólidos, más profundos, con más esencia, algunos autores de antes. Los del boom brillaron y abrieron las puertas con su brillantez, y son por lo general buenos. Pero los de verdad grandes son Rulfo, Onetti y, por supuesto, Borges.

[Publicado en Frontera D]

7.12.09

Acabemos con esta charlotada

Cuando a una Constitución se le ha perdido el respeto, ya no hay nada que hacer. Los dos jóvenes del vídeo, el larguirucho supuestamente de derechas y el de las gafitas supuestamente de izquierdas, la usan como papel higiénico. Naturalmente, sólo imitan lo que vienen viendo hacer a sus mayores. Esa vicepresidenta del Gobierno regañando en público a la presidenta del Tribunal Constitucional. Ese Tribunal Constitucional que no se respeta a sí mismo. Esos políticos pinchando y cortando y presionando sin pausa. Esos Estatutos barrocos, horteras y, sí, digan lo que digan los amanuenses, dudosamente constitucionales. El viernes se murió Jordi Solé Tura. Es el segundo “padre de la Constitución” que nos deja. Al ver juntos, el sábado, los nombres de los demás, me dio la impresión de que estaban en una de esas películas de miedo, en que la van palmando uno tras otro. ¿Quién será el siguiente? Pero ahora se añade un elemento de intriga: a alguno a lo mejor le toca ver cómo la palma antes la propia Constitución. Yo he sido siempre, desde mis catorce años, constitucionalista. Es normal: la primera vez que me fijé en la política fue a raíz del golpe del 23-F. Los primeros periódicos que compré fueron los de los días que siguieron. La proclama, la consigna, era la defensa de la Constitución. Me volví sensible a aquella retórica, a aquella épica. Me volví un puntilloso del, así llamado, formalismo democrático. Mis primeras broncas políticas fueron contra los niñatos tejeristas del instituto. Luego también me tocó abroncarme con algún trotskista. Yo me consideraba de izquierdas, pero mi convicción más arraigada, que mantengo, es que lo fundamental son las formas: el sistema democrático. Si impera verdaderamente el estado de derecho, da un poco igual el partido que gobierne. Podrán ser mejores o peores entre ellos, pero ninguno, por bueno que sea, puede dar más libertad (¡ni decencia!) que el que ofrece el marco democrático en sí mismo. No es la mayoría lo esencial de la democracia: eso es lo segundo más importante. Lo primero es la preservación de los derechos y de la legalidad. En una palabra: la limitación del poder; incluso del poder de las mayorías. Éstas, si quieren hacer algo, ha de ser sin violar los derechos; y ateniéndose estrictamente a la ley. Por eso me dan ganas de vomitar cuando ahora no hago más que oír hablar de mayorías (¡y de mayorías sentimentales, encima!) que “no pueden” ser “ignoradas” por el Tribunal Constitucional. De pronto, muchos de nuestros políticos y muchísimos de nuestros periodistas (¡y hasta algún que otro constitucionalista!) parecen no haber leído jamás a Montesquieu. Qué bien les vendría seguir un curso intensivo (¡forzoso!) de Educación para la Ciudadanía. Esas mayorías, si de verdad son tales, lo único que pueden hacer, constitucionalmente, es cambiar la Constitución. O incluso derogarla entera. Es algo legítimo: pero ha emprenderse por los cauces constitucionales. Por los cauces constitucionales, y de manera explícita. Si se cambia la Constitución, que se sepa que se ha cambiado. Lo que no se puede es mantenerla de nombre, pero desvirtuándola en la práctica. Eso sería lo peor; y eso (lo peor) es justo lo que nos está empezando a pasar y hacia donde, me temo, nos dirigimos desaforadamente. Si se tiene que cambiar, que se cambie. Y si no se cambia, que se cumpla. Pero ya está bien, por favor. Acabemos con esta charlotada. [Publicado en Frontera D]