24.12.10

La sonrisa del sherpa

Un amigo alpinista me está hablando de su afición, que si la épica de los ochomiles y tal. Yo, por no hacer mudanza en mi costumbre, le pregunto que cómo se lo montan sexualmente en la alta montaña, "porque algo tiene que haber". Solo pretendía hacer una broma, pero resulta que sí: que hay tomate. Del campamento base para arriba, todo es una orgía vertical. El peligro pone el cuerpo a tope, instaurando la típica filosofía del instante que se da en las condiciones extremas. Allí te agarras a lo que sea, incluidos tus colegas de escalada. La falta de oxígeno, además, va intensificando los orgasmos. Es el efecto ahorcamiento de El imperio de los sentidos, o lo que perseguía David Carradine cuando tuvo su accidente sexual (a Kung Fu deberíamos considerarlo ahora un alpinista in péctore, que quiso montarse su Everest en Bangkok). A esta nueva luz, la ruta de los ochomiles es la ruta de los pillines: lo que van buscando es más gustito. Incluso las amputaciones adquieren un nuevo estatus: son piezas que se pierden en la carrera del placer. Y en las siguientes expediciones supongo que tendrán su juego: fistfuckings más rodados (suaves como un guante sin dedos). "Pero los que se ponen las botas son los sherpas", me sopla mi informante. Como no podía ser menos, son los reyes del mambo allí: los jineteros de ese trópico congelado. Se me vienen entonces sus caras, con esas perpetuas sonrisillas, y me digo que cómo no había caído antes. Es el landismo de las grandes cumbres. Las prendas de abrigo deben de ponerlos tan cachondos como a Alfredo Landa los bikinis. Por lo demás, no tendrán rival en su terreno: a esa altitud y con ese frío, ni un senegalés podría ofrecer mayores prestaciones. Conque el alpinismo, el esforzado alpinismo, no era más que una variante tortuosa del turismo sexual... Como se entere Houellebecq, se nos convierte en la versión francesa de Pérez de Tudela. Hasta a mí mismo me están entrando ganas de hacer mis pinitos. En este instante creo que nada me apetecería más que un sesenta y nueve en una de esas tiendas suspendidas, que en los precipicios cumplen la función de los viejos seats panda. Al fin entiendo ese deporte, y me parece que lo adoro. Incluso comprendo a los aludes, que no son más que el deseo de la propia montaña de sumarse a la bacanal.

17.11.10

Servicios al Estado

Qué farsa la del artista Santiago Sierra: las razones que ha esgrimido para rechazar el premio del Estado han sido tan estólidas, tan estatales... Lo ha hecho además en un formato acusadamente estatal: el de "carta a la Ministra". Carta que, como no llevaba ni una idea sino solo tópicos infantiloides, ha resultado muy del gusto de la Ministra. Hay que desconfiar del artista que se toma a sí mismo demasiado en serio: el artista pomposo, pompier. El verdadero artista no da el coñazo, sino que acepta el premio, lo cobra, y después escribe un libro chispeante como Mis premios.

En verdad, ¿qué arriesga Santiago Sierra? Con una o dos obras que venda recupera los treinta mil euros que le ofrecía el Estado; y ahora que se ha investido de eso que tanto gusta, de artista irreductible, venderá más, mucho más. Lo que ha hecho le ha subido la cotización: esto es algo objetivo, más allá de su discurso y de sus tiernas intenciones. Dio la casualidad de que el día de su flamante NO fue arrestado un artista disidente chino, que sí arriesgaba. Ver las dos noticias en la misma página (debajo y en titular más pequeño la del chino, por cierto) resultaba ilustrativo del engreimiento en que vive el artista occidental.

Y así llegamos a lo principal del asunto. El grado de subversión de un artista no lo decide el artista: lo decide el Estado. Si el Estado te premia, qué se le va a hacer, chico: serás lo que tú quieras, pero no subversivo. Por definición. En el mismo instante en que el Estado ha premiado al artista subversivo, éste ha fracasado como artista subversivo. El premio del Estado es la certificación de su fracaso. Lo único que le queda al artista es aceptarlo y cobrar el cheque con deportividad; como máximo, bromear un poco. Esto, además, es un gesto político: la constatación de que el Estado es una prisión sin escapatoria, por más voluntarismo que le ponga el sujeto (¡burgués!). Aceptar el premio hubiera sido, así, la gran performance política de Sierra; quizá la única verdaderamente política que vaya a presentársele en la vida. Pero se ha mostrado conservador: ha preferido mantener su estatus de artista subversivo, que es de donde le vienen los ingresos. Ahora Sierra es un monigote estatal que irá por ahí fingiendo que es antiestatal. Será un quintacolumnista del Estado entre sus colegas de subversión. El Estado debería subir y darle, bajo cuerda, trescientos mil euros: por sus impagables servicios al Estado.

15.11.10

La alegría de la huerta

De Berlanga yo me quedo con la alegría; y, como mi pensamiento es insidioso, no puedo dejar de compararla con la plomiza tristeza de, por ejemplo, un León de Aranoa. Éste se la coge con papel de fumar, hace su desguace ideológico y el resultado es que sus pobres siempre están tristes, porque sacarlos riendo sería hacerle el juego al sistema: ignorante de que el sistema, si gusta de algo, es precisamente de la parcelación. Berlanga, en cambio, lo lanza en aluvión todo, como en la vida: en sus planos secuencia no sólo se pelean los actores, sino también la alegría y la tristeza, la tragedia y la comedia. Los pobres se carcajean mientras se mueren de hambre; el verdugo es un desgraciado. Para ese río revuelto (¡nietzscheano!) no hay compuertas: su corriente nos azota y nos hace cosquillas a la vez. A los personajes de León de Aranoa los compadecemos, porque su punto de vista hace que nos sintamos burguesamente superiores: sus películas son menos herederas del comunismo que del Domund. En las de Berlanga, en cambio, no hay manera de compadecer a esos bicharracos: si les damos una limosna, nos morderán la mano; si los invitamos a cenar, nos destrozarán la casa. Pero aquí he incurrido en truco, porque aranoescamente he situado la persona verbal en el lugar de la clase privilegiada, cuando es al revés: somos nosotros los que mordemos la mano que nos da la limosna, somos nosotros los que destrozamos la casa de quien nos invita a cenar. León de Aranoa "sienta un pobre a su mesa". Berlanga desenmascara esa operación (como también lo hizo Buñuel). El arte no debe dar sermones, sino vitriolo.

Pero hay una obra de Berlanga que es pura alegría, aunque pocos la vieron. Quienes hablan de la decadencia de sus últimas filmaciones, olvidan que entre ellas se cuenta ese botellón de champán que es la serie Blasco Ibáñez (la novela de su vida). Nadie confió en ella, ni la televisión, que la tuvo guardada y luego la emitió de golpe en dos tandas de varias horas. Yo empecé a verla por la coartada cultural y aquello era un despipote. Qué alegría contagiosa, qué burbujeo. Ramón Langa hacía de Blasco Ibáñez convirtiéndolo en Ramón Langa: una sinvergonzonería jocosa, irresistible. Entre Langa y Berlanga montaron una buenísima. La gamberrada enfadó a los herederos de Blasco Ibáñez, que desautorizaron la serie: no se puede sacar al abuelo del ataúd con la polla tiesa y todos sus vicios incólumes.

Terminemos con una nota melancólica. Al fin y al cabo, se ha muerto Berlanga. Ayer mi amiga Almudena recordaba el final de La vaquilla. Qué diferencia con las monsergas de hoy sobre la "memoria histórica", tan sectarias, tan aprovechonas; tan fraudulentamente sentimentales. Berlanga lo hace mucho mejor: sin que falte la tragedia, pero ahorrándonos la retórica.

9.10.10

La clave de la niña mala

No deja de resultarme triste, en realidad, la figura del escritor consagrado. Esa profesionalidad con que despacha sus obras, que admiro y envidio, porque yo no la tengo y la quisiera tener; pero si no la tengo no es sólo por ineficacia: es también porque la desprecio un tanto. En esa oscilación estoy, entre la admiración y el desprecio. Creo que sería bueno serlo, porque resolvería muchas cosas; pero da un poco de pena contemplarlo. Es como contemplar a uno que hace crucigramas. La literatura, para el que se mete en ella, es un crucigrama infinito: el pasatiempo que no se termina. Pero al que va rozándose con las esquirlas de los minutos le repugna un poco la felicidad pazguata del entretenido. Supongo que se pueden combinar ambas cosas, y el truco de Vargas Llosa parece ser el de ir por una senda roma de samurai, cortés, envarado, sonriente, para entregarse luego, sin testigos, a las turbulencias de la página: a sus proclamados demonios y obsesiones. Pero no hay remedio: la mecánica del libro puntual me termina resultando melancólica. (Lo que me llenaría la vida si fuese yo el que lo hiciera, me la vacía estando de observador.)

Luego están las cuestiones técnicas, todos esos análisis de taller de escritura, que me aburren soberanamente. Me repugna el buen salvaje cultural, y más el que se mete a escribir libros; pero tampoco aguanto al tecnócrata del texto. A veces pienso que lo que me pasa es, simplemente, que no me interesa la literatura. Me gusta leer, me gustan ciertos libros y ciertos autores: hay algo ahí que me toca; pero no sé si es la literatura. Tampoco me empecino en el término: podría abandonarlo sin problema.

Pero valoro la pulcritud de los que hacen bien su trabajo de escritores. Los que emplean la técnica adecuada. Vargas Llosa es el primero. Tras mis consideraciones de arriba, desdoblándome (pero ya lo he dicho: ahí en medio estoy), quisiera señalar algo sobre la técnica de Travesuras de la niña mala, porque creo que es la clave y no lo leí en ninguna crítica, ni se lo escuché a ningún lector. La novela estaba aquejada de una cierta falta de inspiración. Era un Vargas Llosa más mate, con menos recursos, hasta torpe a veces. La novela se leía bien, se disfrutaba; pero daba la impresión de que –pese al tema pasional– se trataba de un Vargas Llosa apagado. Curiosamente, el efecto de esa torpeza resultaba novedoso, como un tono que el autor conquistaba; pero sobre esto se imponía la acre sensación de que era por descuido.

Unos días después de haber terminado la novela recuerdo que me puse a pensar en Vargas Llosa con ciertos aires de superioridad, mientras caminaba. Pero entonces me dije: "Un momento. Esto no puede ser así. Las novelas de Varguitas pueden estar mejor o peor, pueden gustar más o menos; pero en lo que nunca fallan es en la técnica, y siempre son brillantes –este, incluso, suele ser su defecto". Y de pronto lo vi. La novela está en primera persona. El narrador, Ricardo Somocurcio, es un individuo gris, mediocre: lo que escribe ha de estar acorde con esta cualidad. Vargas Llosa había abandonado sus recursos novelísticos porque su narrador no podía tenerlos. Esa renuncia –de la que luego no le he visto presumir en ninguna entrevista– es la grandeza de su novela. Es algo, en verdad, precioso. (Ah, si estas cosas me bastaran –pero las celebro pasajeramente.)

* * *
Dos textos complementerios: "Dispersión y tensión" y "La indolencia de los escritores". (Bibliografía que no falte!)

22.9.10

Dramas familiares

Para despedir el verano me he metido en el lodazal de dos dramas familiares: el de Alexander Herzen (ruso) y el de José Donoso. El primero lo describió él mismo en Crónica de un drama familiar; y el segundo la hija de Donoso, Pilar Donoso, en Correr el tupido velo. Son dos lecturas pringosas. Se aprende mucho del ser humano en ellas, aunque la lección es turbia. Hay un puente involuntario entre ambas: quien provoca el drama familiar de Herzen, el poeta alemán George Herwegh, es muy parecido a Donoso. Son dos seres menesterosos y caprichosos, neuróticos, manipuladores. Artistas, en el sentido lamentable de la palabra. Fatalmente, las mujeres pican: la de Herzen con Herwegh, la de Donoso con Donoso. Pero otras son más avispadas, como la de García Márquez, que condesciende con los escritores: "Cómo sufren, pobrecitos...". Copio al paso una declaración despampanante de Rita Macedo, la ex de Carlos Fuentes:

Ya no tengo edad para gozar lamiendo a un señor de la cabeza a los pies. Por eso no busco amante, ni lo quiero. Prefiero entretenerme con cosas menos humillantes, como las conversaciones y la música, y dejarle eso a los niños.
¡Admirable! Eso solo recompone nietzscheanamente el libro. El resto es chapoteo en debilidades. Aunque para ello hace falta fortaleza. Correr el tupido velo me lo mandó mi amigo Josepepe de Bélgica; el mismo ejemplar –de la edición chilena– que le sirvió para la reseña de su blog. Como bien dice: "No se lee una biografía (una verdadera biografía, se entiende, no una hagiografía) sin salir del libro harto del personaje y de sus neurosis". Es el efecto de la excesiva intimidad. Pilarcita escribe al principio: "creo en el olvido como parte de la supervivencia". Pero con este libro la superviviencia se la ha puesto cruda. No sé si se extinguirá el fantasma, o si se habrá corporeizado. En mi caso, que no he leído a Donoso (con excepción de la Historia personal del 'boom'), sus gesticulaciones suceden en el vacío y no se posan en nada. Son como el ademán del arte pero sin el arte. El día que lo lea, quizá encuentren una pista de aterrizaje en mi estimación.

Para Herzen, en cambio, sí me ha bastado este librito, que en realidad es un extracto de sus "monumentales memorias", Pasado y pensamiento. Aunque ya conocía su nombre, de Herzen empecé a saber por el excelso artículo que le dedicó Isaiah Berlin en El estudio adecuado de la humanidad. Transcribo la referencia al material recogido en esta Crónica. Después de mencionar que el poeta Herwegh sedujo a la mujer de Herzen, sigue Berlin:
Las opiniones progresistas y un tanto shelleyanas de Herzen acerca del amor, la amistad, la igualdad de los sexos y la irracionalidad de la moralidad burguesa, fueron puestas a prueba y rotas por esta crisis. Casi se volvió loco de dolor y celos; su amor, su vanidad, sus opiniones más profundas acerca de la base de todas las relaciones humanas, sufrieron un choque traumático del cual nunca se recuperó completamente. Hizo lo que muy pocos hicieron nunca: describir cada detalle de su agonía, cada paso de su cambiante relación con su esposa, con Herwegh y la esposa de Herwegh, como le parecían retrospectivamente; anotó cada comunicación ocurrida con ellos, cada momento de cólera, de desesperación, afecto, amor, esperanza, odio, desprecio doloroso y suicida autodesprecio. Cada tono y matiz de su propia condición moral y psicológica se pone en altorrelieve contra el fondo de su vida pública en el mundo de exiliados y conspiradores franceses, italianos, alemanes, rusos, austriacos, húngaros, polacos, que se movían fuera y dentro del escenario en el cual él era el héroe central, absorto en sí mismo, trágico.
Herzen empieza con unas impresiones vívidas y lúcidas de los momentos que siguieron al fracaso de la revolución de 1848. Después se desencadena el drama, y dice (siete años después):
Hubo un tiempo en que juzgaba con severidad y apasionamiento al hombre que destruyó mi vida; hubo un tiempo en que deseaba sinceramente matar a ese hombre... Desde entonces han pasado siete años; verdadero hijo de nuestro siglo, he consumido el deseo de venganza y enfriado mi concepción impetuosa con un prolongado e ininterrumpido análisis. En esos siete años he conocido mi límite personal y el límite de muchas otras cosas; por eso, en vez de un puñal, cojo en mi mano un escalpelo, y, en lugar de imprecar y maldecir, me dispongo a escribir un documento de patología psíquica.
El propio Herzen le había dado antes un nombre: la enfermedad de la verdad. Pero, aunque yo también tiendo a la introspección y el enfangamiento, añoro ahora el roce de un sol fuera del cráneo. Como escribió Gimferrer: "Si pierdo la memoria, qué pureza".

16.9.10

La ansiedad por las influencias

He vuelto a escuchar dos excelentes conferencias de las que hay en web de la Fundación Juan March sobre Montaigne: la de García Gual y la de Argullol. Tuvieron lugar en días distintos, pero se da un cruce curioso entre ambas: García Gual dice que Montaigne no conocía las Confesiones de San Agustín, mientras que Argullol sostiene que sin las Confesiones de San Agustín "no se explica" Montaigne. Ahora no recuerdo si Argullol emplea exactamente la expresión "no se explica", pero lo dice en el tono en que suele emplearse esa expresión. Es un tono que define una cierta manera de entender la tradición cultural: como un encadenamiento legible. La consecuencia práctica de que unos autores "no se expliquen" sin otros es que los actuales debemos estar a la page: no vayamos a defraudar (o resultarles "inexplicables") a los eruditos del futuro... Pero en este aspecto García Gual parece estar mejor documentado.

No, la tradición cultural no es un encadenamiento legible, ni inevitable. Da saltos, se producen brotes, despistes, avances, retrocesos y deambulaciones que no son ni un avanzar ni un retroceder. No existe un modo (o al menos un modo unívoco) de "hacer bien los deberes". De nuestros nocillas hay cosas que me gustan, cosas de las que aprendo; pero también hay algo que me desagrada profundamente: esa ufanía del empollón convencido de que está llevando bien el curso. Ese convencimiento estólido de que es posible llevar bien el curso. Padecen no la ansiedad de la influencia, sino la ansiedad por las influencias: ese miedo cerval a que el profe pueda pillarles sin haber leído a Pynchon o a Foster Wallace. En los tiempos de Montaigne hubieran devorado, sin duda, las Confesiones de San Agustín: y hoy estarían olvidados.

O no. Porque Petrarca, dos siglos antes de Montaigne, sí conocía muy bien las Confesiones de San Agustín (fue el libro que abrió en el Mont Ventoux). Esa es la cuestión: que puede que sí y que puede que no. El curso sólo se aprueba por chiripa, y en el bien entendido de que los aprobados en junio serán suspendidos inmisericordemente en septiembre. No sean tan aplicados.

31.8.10

Woody con sudor

Ayer, nada más terminar la etapa de Málaga de la Vuelta, que vi, naturalmente, por televisión, salí en contrarreloj individual para llegar a la última de Woody Allen. Hay un momento en que el autor puede abandonarse y dejar que los lectores le recuerden sus manías. La semana pasada me escribió uno recordándome que con Woody siempre voy a la primera sesión del viernes de estreno. Me extrañó el recordatorio, porque, aunque había visto menciones en la retráctil prensa de agosto, pensé que la nueva no se estrenaría hasta octubre. Pero el domingo me enteré de que ya estaba. Ir a ver a Woody un domingo no combina, y además tenía trabajo. Así que ayer lunes, en cuanto acabó la Vuelta, corrí al cine. Iba apurado de tiempo y llegué sudando. Me sui secando con los créditos, en parte por la refrigeración y en parte por la evocación de los otoños. ¡Oh los otoños de Woody! Últimamente, además, son películas otoñales: sin fuerza, tiernas, melancólicas, dulces. La virtud de Woody es que va deshaciéndose sin pesadez, con ligereza. Leo ahora lo que dice Jordi Costa en El País: "Quizá habrá que dejar pasar el tiempo para apreciar la secreta grandeza de esta última etapa en la filmografía de Woody Allen, una etapa hecha de obras menores, desaliñadas, a veces antipáticas, pero que, título tras título, confirman la capacidad del creador para ser siempre idéntico a sí mismo siendo, cada vez, distinto". No me ha gustado especialmente Conocerás al hombre de tus sueños; pero con el resto de gusto habitual es bastante. Sin que llegue a haber nada inolvidable (salvo sus mujeres), deja un regusto grato, serenamente tristón. Es una delicia sin más, y es las dos cosas: sin más, pero delicia. Aunque sólo me he reído una vez: cuando la actriz de segunda, para indicar lo de segunda que es, dice que en una serie de ciencia ficción en que participó ella era "la hija del jefe de la otra galaxia". Cuando salí aún quedaba mucha luz, según las extensiones del verano; pero se había operado un efecto sentimental: ahora parecía también una tarde de octubre.

18.8.10

Paseo marítimo



He visto la primera película de Millenium y no pensaba hablar de ella, porque ha sido en plan pasatiempo veraniego un poco majarón. Pero resulta que en la última secuencia sale el paseo marítimo de Málaga y me he enternecido. Por las sombras está rodado por la mañana, calculo que sobre las diez. A personajes así no los he visto en la vida, pero son de atrezzo. Es que se supone que eso no es Málaga, sino las Islas Caimán. Y lo compro. A partir de ahora pasearé con ese extrañamiento. También yo seré un financiero con turbios negocios. Debo comprarme un maletín.

17.8.10

Historia de amor

En 2003 (recuerdo el año) asistí al comienzo de una historia de amor en el metro de Madrid. Yo creo que se habrán casado y tendrán niños; dos o tres ya, el mayor de seis. Pero hubo un momento en que estuvo a punto de quedarse en nada. El metro iba lleno aquella tarde. Delante de mí había un hombre que luego, cuando le oí hablar, supe que era boliviano. En una parada entró una mujer que, por el azar de la multitud, se detuvo cerca. Él la miraba y ella lo miraba. Él le dirigió la palabra. Se conocían. Eran de una población de Bolivia cuyo nombre no retuve. Se conocían de vista pero no habían hablado nunca. Lo hicieron por primera vez delante de mis narices. Dijeron frases cortas, sobre lugares comunes. Se veía clarísimo que se gustaban. Que estaban solos en Madrid y el uno era la solución del otro. Entonces entró una nueva avalancha y los separó. Ella fue empujada hacia el otro extremo. Él se quedó mirándola con impotencia. Ella parecía resignarse. Yo los observaba y era una situación imposible, imposible para sus caracteres dóciles. Dos paradas después, la mujer se bajó. Miró al hombre por la ventanilla, pero siguió andando. El hombre no iba a moverse. Pero lo hizo. Se abrió paso, logró salir, alcanzó a la mujer. Vi sus primeros pasos juntos mientras mi vagón se alejaba para siempre de la historia.

9.8.10

Fuente de la Reina

He visto que este año pasará la Vuelta –exactamente dentro de tres semanas– por el Puerto del León. Ése es el puerto que solía subir en los noventa, muchas veces solo, otras en carreras con mi hermano y mis primos, y algunas charlando con mi amigo Weil. Es un puerto que me sé de memoria, sobre todo la vertiente de Málaga, pero también la de Olías. Sin embargo, no conocía su perfil. El nombre de "Puerto del León" lo aprendimos en aquella época, al leerlo en los carteles, porque por aquí siempre se ha dicho "subir a los Montes", o "subir a la Fuente de la Reina" ("a la Fuente la Reina"). Ahora se me aparece bonito, por la feminidad de Fuente y de Reina, y por lo simbólico; aunque el lugar en sí, al final de la subida, es de piedra un tanto aparatosa. Copio los pasajes de mi diario en que sale (el Mirador que también se menciona está justo a mitad de puerto, desde Málaga):

* * *
(20-IV-1993) Excursión con Weil en bicicleta. Hemos llegado casi hasta Colmenar. Conversación de bici a bici, intermitente, por la carretera de los Montes. Me ha sorprendido la cantidad de cosas que Weil sabe del campo. He aprendido a nombrar algunas: tagarninas, cernícalos, gamones. Recuerdos, retazos de un día memorable: el placer de la comida en la venta tras el esfuerzo físico, el paisaje de la Axarquía desde lo alto, las variaciones del cielo... Ya al final de la tarde, cuando regresábamos, se nos ha pinchado una rueda en la bajada y hemos tenido que llamar a mi padre para que viniera a recogernos con el coche. Yo me he quedado con la bici buena y me he lanzado por delante a una velocidad extraordinaria, como no lo había hecho nunca. La sensación de ir carretera abajo sin peligro, como un viento.

(1-VI-1993) [...] Por la tarde he cogido la bicicleta y me he puesto a subir los Montes. Pensaba llegar a la Fuente de la Reina, pero cerca del Mirador se me han quitado de pronto las ganas de seguir. Una especie de abulia, tampoco demasiado poderosa.

(23-X-1994) [...] He subido con Weil a los Montes por la carretera de Olías. Grata conversación, mientras pedaleábamos, en esta luminosa mañana de domingo. Le he recomendado la lectura de Augusto Monterroso, aunque al tratar de recordar historias concretas para contárselas me he dado cuenta de que ya se me han olvidado la mayoría. Luego nos hemos parado a almorzar en una venta que hay por encima del Mirador, desde la que se veía el mar resplandeciente y la ciudad al fondo. Agradable sensación, después en el descenso, de ir en la bici con el estómago lleno de lomo con patatas y la cabeza nublada por el vino.

(19-VI-1995) Subida al Mirador en bicicleta. Desde arriba, la ciudad a través del filtro morado de las gafas. El mar no se distinguía del cielo, por lo que Málaga parecía flotar en el vacío. Luego, más abajo, una fugaz sensación de dicha al recibir el aire en el rostro y escuchar el rumor de los eucaliptos.

(19-VIII-1996) Día de ayuno. Por la mañana, subiendo en bicicleta al Mirador, me he zafado en cierto instante de los pensamientos y he hundido la cabeza para contemplar mis propias pedaladas, como el ciclista ético de Duchamp; un cosquilleo vivificador me ha recorrido entonces el espinazo. Desde arriba, luego, la visión rutilante y neblinosa de la bahía.

(18-IX-1996) Subida con Weil a la Fuente de la Reina. El descenso nos ha ocupado justo la última media hora de sol. Por las curvas de arriba se veían a lo lejos las hileras de montes, como decorados de teatro, diluidos en un polvo dorado que les daba un aire fantasmal. De vez en cuando, ráfagas de luz, como lingotes de oro ingrávido, filtrándose por los eucaliptos. El mar y la ciudad cada vez más cercanos, en sucesivas capas, hasta que al final, llegando casi al fondo, ya sin sol, los edificios aparecían diáfanos, amoratándose, con los faros y las primeras luces encendiéndose en las diminutas ventanas. La transición impecable de la tarde a la noche, observada –vivida– desde la bicicleta.

(25-VII-1997) [...] Me acuerdo también de otro momento simple de felicidad compartida, en esta ocasión con mi hermano. Fue una tarde de verano en que bajábamos los dos en bici por la carretera de los Montes. Yo le veía a él dando las curvas por delante, cortando el viento; y de pronto me sentí conciliado con la vida.

6.8.10

Toda la verdad

Me he quedado sorprendido con Sangre en la piscina. Debí de leerla antes de los dieciséis años, como todas las de Agatha Christie, pero no la recordaba y ahí estaba ya todo. Hay una comprensión compleja de la vida en la novela, con una transparencia que el adolescente no la ve: porque el cuerpo de esa vida para el adolescente aún no existe. Lo único que recuerdo es que se me hizo larga, que me aburrió. Y es comprensible, porque la intriga es lo de menos y Poirot sale poquísimo. Es una obra extraña. He ido a buscarla en la bibliografía de Agatha Christie y pertenece a un año central, 1946. ¿Quiso liberarse del género la autora? ¿O las demás novelas son también así y no lo vi entonces? Me quedaré con la duda, porque no voy a releer más, por el momento. Mi intención era fijarme en los aspectos que rodeaban al crimen; dejar en un segundo plano la intriga y observar los ambientes, los diálogos, los personajes. He tenido suerte, porque la intriga en esta novela parece una mera excusa para darle un poco de sombra al cuadro general: y, de este modo, completarlo. Ahí están el amor, el arte, el dominio, la obediencia, el privilegio, el trabajo, los celos, el sexo, la adoración, la decisión, la fuerza, la culpa, la mentira, el conocimiento, la generosidad. Muestra una vida aguda, que duele. Me ha recordado por momentos a Patricia Highsmith y Graham Greene. Y también a Lubitsch, a la ligereza del gran cine. Cuánto me alegra ahora que los primeros libros que leí fueran los de Agatha Christie: aunque de toda la verdad que contenían no me rozó nada; la tuve que aprender luego, como sus personajes. (El famoso libro de la vida, en el que están los demás libros.)

14.7.10

La Dulcinea de Duchamp



En Árbol adentro (1987), Octavio Paz le dedicó un soneto a este cuadro de Duchamp, que pude ver hace dos veranos en Barcelona. Lleva un epígrafe: "–Metafísica estáis. / –Hago striptease". Y dice así:

La Dulcinea de Marcel Duchamp

Ardua pero plausible, la pintura
cambia la blanca tela en pardo llano
y en Dulcinea al polvo castellano,
torbellino resuelto en escultura.

Transeúnte de París, en su figura
–molino de ficciones, inhumano
rigor y geometría– Eros tirano
desnuda en cinco chorros su estatura.

Mujer en rotación que se disgrega
y es surtidor de sesgos y reflejos:
mientras más se desviste, más se niega.

La mente es una cámara de espejos;
invisible en el cuadro, Dulcinea
perdura: fue mujer y ya es idea.
En las notas finales del libro, escribe el poeta:
En 1911 Marcel Duchamp vio una joven en una calle de Neuilly. No le dirigió la palabra pero su imagen fue el modelo de un cuadro que llamó Retrato o Dulcinea. La joven está representada cinco veces, desde ángulos diferentes; en cada una de ellas aparece más desvestida, hasta la total desnudez. Un surtidor que se divide en cinco chorros. Ni exactamente cubista ni futurista –aunque Duchamp se propuso, como los pintores de esas tendencias, expresar simultáneamente distintos aspectos y momentos de un objeto– este cuadro prefigura a La Novia desnudada por sus solteros, aún... El retrato de esa Dulcinea, imaginaria como la de Don Quijote, es el momento inicial de la larga anamorfosis que es toda la obra de Duchamp: de una muchacha desnuda (la Aparición) a la Idea (la Apariencia: la forma) a la muchacha otra vez (la Presencia).

11.7.10

Pseudópodos

Y tras los tentáculos oraculares, los pseudópodos del falso conocimiento. Fue hace unos días. Yo iba con la mente flotante, mientras paseaba. Especulaba distraídamente sobre cierto aspecto que, en verdad, desconozco. De pronto fui consciente de ello: de que mi saber cesa en un punto. Y de que la actividad de la mente no se detiene ahí, sino que lanza sus pies falsos: proyecta espejismos. Se desborda hacia la sombra, con luces de mentira. Lo que ignoramos no lo dejamos en blanco (o en negro), sino que lo arañamos de figuraciones. Fue una autoconsciencia estrictamente kantiana, por supuesto. Pero la experimenté tal cual, sin mediación libresca. La mente es un ámbito sin vallas. La ocupa un ojo completo, que no se frena. Donde no hay nada, le echa una luz que crea algo, o la apariencia de algo. O diversas posibilidades de algo, en franjas sucesivas o simultáneas, sin sustento en la realidad. La bóveda del cráneo es la caverna de Platón, cuyas sombras son la luz misma en que consiste. El ejercicio ascético –y extático– sería paradójicamente confinarse en esta parte: vigilando los pseudópodos, para que no se salgan. Tener una percepción en masa del infinito, sin que se vea manchado de mundo.

6.7.10

Pensamientos estrangulados

Me pide una amiga la referencia de un aforismo de Cioran (¡sí, con algunas amigas mantengo este tipo de comercios!) y, buscándolo por donde yo sabía que estaba, en la sección "Pensamientos estrangulados" de El aciago demiurgo, me quedo engolosinado con muchos otros. ¡Oh Cioran: es enormísimo! El aciago demiurgo fue el primer libro suyo que me compré; aunque antes había tenido otro, sacado de la biblioteca: Adiós a la filosofía. Fue el libro con el que aparecí el primer día de clase de Filosofía. Así funciono. Adiós a la filosofía era, en realidad, una antología preparada por Savater de sus traducciones de Cioran, entre las que se encontraba El aciago demiurgo. Éste me lo compré ya en Madrid, precisamente después de haber dejado la Filosofía. Lo leí muchísimo por entonces, sobre todo los aforismos de "Pensamientos estrangulados". Ahora distraigo este atardecer copiando una miniantología, al pasar de las páginas:

¿En qué autor antiguo he leído que la tristeza era debida a la "disminución de la velocidad" de la sangre? Sin duda se trata de eso: sangre estancada.

Formar más proyectos de los que concibe un explorador o un estafador y estar, sin embargo, tocado en la raíz misma de la voluntad.

Tira y afloja de cada instante entre la nostalgia del diluvio y la embriaguez de la rutina.

Primer deber al levantarse: avergonzarse de uno mismo.

En todo profeta coexisten el gusto por el futuro y la aversión por la dicha.

Te piden actos, pruebas, obras y todo lo que puedes producir son llantos transformados.

El espíritu desfondado por la lucidez.

Toda forma de impotencia y de fracasos comporta un carácter positivo en el orden metafísico.

Lo que se llama "fuerza de alma" es el coraje de no figurarnos de otro modo nuestro destino.

El deber primordial del moralista es despoetizar su prosa; y, solo después, observar a los hombres.

La irresolución alcanzaba en él rango de misión. Cualquier cosa le hacía perder todos sus recursos. Era incapaz de tomar una decisión ante un rostro.

Durante días enteros, deseos de perpetrar un atentado contra los cinco continentes, sin reflexionar ni un solo momento en los medios.

¡Qué cantidad de fatiga reposa en mi cerebro!

Cada ser es un himno destruido.

Nuestras oraciones reprimidas estallan en sarcasmos.

La sabiduría disimula nuestras heridas: nos enseña a sangrar a escondidas.

El escepticismo es la fe de los espíritus ondulantes.

¡Tener juntamente el gusto de la provocación y el del ocultamiento, ser por instinto un aguafiestas y por convicción un cadáver!

Por naturaleza soy tan refractario a la menor empresa, que para resolverme a ejecutar una me es necesario recorrer antes alguna biografía de Alejandro o de Gengis-Khan.

¡Si pudiera uno hacerse inhumillable!

30.6.10

Contra la decadencia



Mi amigo Hervás ha sacado un Especial Flamenco en su revista Boronía. Yo no he escrito nada, porque el flamenco no es lo mío; pero sí he colaborado con la traducción del poema que João Cabral de Melo Neto dedicó a las hermanas Utrera:

De Bernarda a Fernanda de Utrera

Bernarda de Utrera se arranca el cante
cuando la brasa llama a sí a las llamas;
cuando aún brasa, sin embargo cuando,
llamado a sí el exceso, se desinflama.
Ella usa la brasa íntima en el cuando breve
en que, sólo brasa y en brasa viva,
arde en una dosis exacta de sí misma:
brasa estrictamente brasa, inexcesiva.

*

Fernanda de Utrera se arranca el cante
cuando la brasa agotada languidece;
cuando la brasa enfriada ya se cubre
con la manta o el plumón de la ceniza.
Ella usa la brasa íntima en el cuando largo
en que el calor se escurre hasta la piedra;
el de la brasa en piedra, el de la brasa del frío:
para de ahí reencenderla, contra la decadencia.
Hace tres años traduje otros poemas de Cabral: "Dos de las fiestas de la muerte", "En un monumento a la aspirina", "La urbanización del regazo", y el que más me gusta, que es "Tejiendo la mañana".

20.6.10

A pesar de Saramago

De Saramago sólo me leí dos novelas: Manual de pintura y caligrafía, que no me pareció mal, y El año de la muerte de Ricardo Reis, que me pareció muy bien. También devoré sus diarios, que me parecieron irresistiblemente bobos. Lo vi cuatro veces: en una conferencia que dio en Málaga en 1989; en la presentación de un libro de Ariel Dorfman en la Fnac de Madrid en 2001 (a la que asistí, para no correr riesgo, disfrazado de saramaguista); dos años después subiendo por la Gran Vía con su esposa, una mañana de mucho calor; y la última en compañía de mi amiga Marga en la Feria del Libro de 2004. Marga adora a Saramago y ante ella reprimo mis sarcasmos, aunque no del todo. Lo que yo recibí como un encadenamiento de tópicos obtusos, ella lo consideró una maravilla. Confieso mi limitación, que es, como en todas las religiones, falta de fe. Del encuentro de Málaga, recuerdo una cosa que me dejó pasmado, por su tremenda transparencia: era una andanada contra las invitaciones a dar charlas como aquella, que no cesaban de hacerle. Yo estoy tranquilamente en mi casa, decía, escribiendo porque para eso soy escritor, cuando recibo una llamada en que me ofrecen trescientas mil pesetas por venir aquí, con todo pagado, qué hago entonces, tengo que dejar de escribir. Ahí se veía, sin truco, la tragedia del Escritor.

Los años de la fama de Saramago fueron los de la reducción del tamaño de sus gafas y el recorte de su melenita: detrás del pulido del aspecto hay siempre una mujer (una mujer que se vio seducida por el hombre sin pulir). En cuanto al compromiso que ayer vociferaban los periódicos, nunca se completa la frase: compromiso con qué. Yo diría, casi, que con lo peor: aunque en honor de Saramago hay que decir que su apoyo a la dictadura castrista tuvo alguna intermitencia y que, a diferencia de muchos de sus correligionarios, siempre condenó sin bromas el terrorismo etarra. De él me agradaba su tono pesimista, porque, contra lo que se dice, no abundan los discursos pesimistas. Pero su pesimismo, como todo en él, me pareció más bien retórico y con poca profundidad; apto más para periodistas que para pensadores. También era así su humor, su ironía: siempre de primer grado, sin ahondamiento ni autosubversión (en esto era igual que Goytisolo o mi querido Ferré; y absolutamente distinto de los de verdad irónicos Cioran, Bernhard y Borges).

Sin embargo, era un gran novelista. Tenía sensorialidad y sus relatos avanzaban con la constancia y la naturalidad de los ríos. La complejidad que le faltaba a su discurso, aparecía en su obra. Leí El año de la muerte de Ricardo Reis en unas pocas noches de verano de 1987 y nunca he disfrutado más con una novela. Uno de los momentos inolvidables es cuando Ricardo Reis vuelve a su habitación de hotel y, por la franja inferior de la puerta, ve luz; dentro le esperaba el fantasma de Pessoa. Todo lo demás, Lisboa, Marcenda, se me grabó hondamente. Pero esta novela sirve también para apreciar la diferencia entre el autor y su obra. El mensaje del libro me resultó diáfano: la vida contemplativa y esteticista es igualmente revolucionaria, puesto que la policía termina deteniendo a Reis. Por eso me sorprendió leerle más tarde a Saramago que había escrito la novela contra esa actitud contemplativa. La cita inicial, "Sabio el que se contenta con el espectáculo del mundo", estaba puesta para ser atacada. El que, pese a su intención, yo hubiese hecho mi lectura –es decir, que el libro contuviese la posibilidad de esa lectura–, me probó que el buen novelista lo es a pesar de sí mismo. Y que sólo podrá ser buen novelista el que deja abierta esa brecha y no la cubre: el que cava en la novela sus propios huecos. Despidamos, pues, a Saramago reconociendo que, con sus errores, tuvo el acierto fundamental: el de escribir a pesar de Saramago.

[Publicado en Penúltimos Días]

19.6.10

El hispanista español

Los buenos filólogos lo conocen, pero yo, que soy un mal filólogo, lo he descubierto ahora: el profesor de Harvard, sevillano de 1931, Francisco Márquez Villanueva. Llevo varias semanas escuchando las conferencias filológicas de la Fundación Juan March y estoy aprendiendo como no aprendí en la menesterosa universidad de la que fui alumno (también menesteroso). Entre ellas, me han deslumbrado las de los dos ciclos de este hispanista español: el de La Celestina y el de Cervantes. Luego me he informado y he sabido que sigue la senda de Américo Castro y que fue discípulo del profesor Francisco López Estrada, quien tiene otro ciclo estupendo sobre literatura pastoril. Ahora, por cierto, al buscar sobre este último, he visto que murió hace tres semanas. A Márquez Villanueva le dedicó Juan Goytisolo este artículo que me gustó mucho en su día, aunque no retuve el nombre del profesor. Tampoco lo retuve en la Historia y crítica de la literatura española, donde resulta que es suyo el texto que más recuerdo siempre: "Misticismo y sociedad moderna (Sobre los inventos de San Juan de Ávila)". Aquí manifestaba hermosamente cómo la mística y la modernidad vinieron juntas a España, y juntas se fueron: formaban parte del mismo espíritu. Los contemplativos eran prácticos, quizá porque no tenían enturbiado su tránsito a la acción. Copio de Márquez Villanueva:

El punto a que así venimos a desembocar es que misticismo, tecnología, capitalismo, tendían a darse en España como fenómenos concurrentes y solidarios, como facetas de un continuum arraigado en el mismo terreno vital. La actitud mística representa en España una radical novedad en ruptura con el pasado [...]. Misticismo, tecnología, capitalismo, coincidían en ser formas de modernidad todas ellas, pero por lo mismo carecían de futuro en una España que enconadamente repudiaba toda suerte de novedades y no permitía las mínimas estructuras sociológicas a través de las cuales las minorías y élites intelectuales (aplicadas a economía, ciencia, tecnología, pensamiento) iban a influir en la vida de las naciones modernas. España elige en cambio el inmovilismo intelectual garantizado por una alianza indestructible de plebe y aristocracia: una sociedad que se deja jerarquizar en grado sumo porque previamente esas jerarquías y sus órganos de poder han renunciado a fomentar otros valores que los de la elemental plebeyez cristiano-vieja. [...] Una España que hubiese de veras aceptado una religiosidad de inclinaciones místicas hubiera podido ser también una nación moderna en todos los demás sentidos. [...] En una España de místicos habría habido también, por paradoja, riqueza, ciencia e inventos. Hemos carecido de todo eso porque en un determinado momento histórico la mayoría de los españoles prefirieron ser un pueblo de inquisidores, arbitristas y matamoros.

18.5.10

La vida se complica

Me dice una amiga que ha colgado en el corcho de su despacho este titular de prensa: “La vida se complica”. Fue al día siguiente del recorte a los funcionarios, en que pareció que al fin la cosa se ponía seria desde el Gobierno. Entre una cosa y otra, no sé si por saturación, he empezado a notar un sentimiento extraño: creo que me he enamorado de la crisis.

Desde el principio se ha estado repitiendo la matraca de que en chino “crisis” significa “oportunidad” (me asomo ahora y veo que la combinación tiene cinco millones y medios de googles). Ese ha sido el discurso de los voluntariosos del “medio llena”, en plan filosofía de salón –y con algo de vendedores. Ayer vi el cartel de una conferencia que se anuncia en mi ciudad: “¿Por qué los budistas son felices?”. Lo ilustra el careto de un esforzado hombre feliz, que no sé quién es pero al que le cuadraría un uniforme nazi. Mi enamoramiento de la crisis viene por lo contrario: por el principio de infelicidad que procura.

La vida se había simplificado en exceso. En España, y no digamos en Andalucía, las encuestas sobre la felicidad de la población dan unos porcentajes altísimos: de en torno al setenta por ciento. En el último Barómetro de la Felicidad (sic) sale que España es el segundo país más feliz de Europa, sólo superado por Rumanía (¡la tierra de Cioran!). Un dato espectacular: el 89% de los jóvenes españoles están contentos con sus vidas. En fin, ¿qué añadir? Uno conoce a los españoles y sabe en qué consiste su felicidad: cuál es su nivel. Si eso es felicidad, un poco de infelicidad no les sentaría mal del todo...

El caso es que la realidad asoma. Yo llevaba un tiempo con ganas de abandonar mi Conciencia de lunes y me parece que esta es la ocasión: porque se da un eco con la primera que escribí, “La batalla de la realidad”. Creo que se trata de una batalla perdida, y que cuando la realidad se imponga será para aniquilarnos definitivamente. De hecho, ya están produciéndose nuevas operaciones de encubrimiento (con la propaganda político-periodística, las ilusiones del fútbol –que tendrán su apoteosis en el Mundial–, el festival del guerracivilismo y el de los nacionalismos, etcétera). Pero no ha estado mal esta semana en que los españoles han tenido un atisbo siquiera de que, por citar por última vez al mentor de esta página, "la vida iba en serio".

[Publicado en Frontera D]

16.5.10

Marco Polo en Ronda

Para Txani, por la espera

El 16 de marzo estuve por primera vez en Ronda. Me avergonzaba no haber ido antes; pero también me hacía gracia ser un Marco Polo de la propia provincia. Era un martes de preprimavera. Con el invierno aún fresco, parecía que se trataba de la onda expansiva de la primavera futura, que se infiltraba en el presente. Tuve suerte con el sol, que acompañó toda la jornada; aunque con capotazos oscuros de las nubes. En el autobús iban dos damas europeas, con sombrero, y pensé que ninguna otra población malagueña selecciona turistas así. Tampoco solemos tener unos campos tan verdes como los de aquella mañana. Los miraba mientras escuchaba por los auriculares una conferencia de Claudio Guillén sobre Montaigne. En un momento dado dice el conferenciante: "lanzarse al vacío, casi sin paracaídas". Antes de oírla, había logrado leer una frase del libro de otro viajero: "una fuerza de gravedad hacia lo alto". Y ese doble peso, esa intersección, fue lo primero que sentí cuando pisé Ronda: elevación, pureza de la elevación; y a la vez visión y magnetismo de las profundidades. Ronda me pareció una suerte de plataforma metafísica; pero de una metafísica no especulativa sino sensorial. Transparente.

Viajé en el autobús por la mañana y mi idea era regresar a última hora en el tren, para ir leyendo. Pero en la estación me dijeron que había que hacer transbordo en Bobadilla, que el margen era sólo de diez minutos y que, si llegábamos tarde, me quedaría colgado hasta el día siguiente. Pasar una noche en Bobadilla era de un malditismo tan sin recompensa, que decidí volver también en autobús.

Hace dos meses de aquello y le prometí a Txani Rodríguez un recuento del viaje, que he ido postergando. Txani es de Llodio, pero pasó parte de su infancia en Ronda. Durante mi visita fui tomando apuntes para escribir después algo más elaborado. Ahora, al repasarlos, me parece que es mejor apoyarme en ellos para emitir pinceladas impresionistas.

* * *
Al asomarme por primera vez al balcón, con la conciencia de haber ido tan tarde, me formulo: abismo aplazado.

Impaciencia al principio, en tanto aparecen las imágenes conocidas: las postales.

En la explanada que hay ante la plaza de toros han puesto una meta y calles como para una competición deportiva. Hay también un amenazador escenario.

La estatua de Blas Infante me pone de mal humor. Si se hiciera una lista de los trescientos mil andaluces más importantes de la historia, Blas Infante estaría en el puesto trescientos mil. Es un tontaina, un curilla, que se subió al carro de la cursilería triunfante. Su fusilamiento fue una desgracia, pero no sólo para él: también para nosotros, que ahora nos tenemos que comer al mártir con patatas.

Voy caminando por la cornisa. Literalmente, el borde de la ciudad. Enfrente, al otro lado del valle, la Serranía: como un biombo del horizonte.

Excursión de un instituto. Pasan por el Puente Nuevo. Una chica, que andará por los trece, le pregunta al profesor: "¿Éste es el balcón del cooo...?". No completa la palabra. El profesor sonríe: "No, éste es el Puente Nuevo".

Me quedo asomado un rato. Viendo correr el agua. Duchamp (y yo pensando por él) lo hubiera visto como una gruta vaginal. Pienso: caída, antierección. (Éste, en realidad, es el genuino balcón del coño.)

En la entrada del Museo Lara, junto con la Sala de Armas y la Sala Científica, se anuncia una Sala de Relojes.

Al pasar ante una tienda, cazo la frase de un lugareño: "Tiene el pulmón estrecho del humo".

Casa del Gigante, plaza del Gigante.

Estatua de Vicente Espinel. Había olvidado que era de aquí. Me viene un sonsonete del colegio: "décima o espinela".

Una fachada luce la distinción del primer premio al embellecimiento de fachadas. Miss Fachada.

Al adentrarme caigo en la cuenta de que no pasaba por calles así desde que estuve en Asilah. Allí todas las tardes me daba un paseo por la Medina pensando en las calles andaluzas. Pero en Málaga no las hay: sólo en los pueblos.

La música callejera es un coñazo, como en todos los sitios; pero aquí se ajusta a una elegancia: la de esa Andalucía o España que se vende en el extranjero, y que es la que da también Almodóvar en sus películas. Albéniz, Tárrega, Rodrigo. Cuando el guitarrista se calla, puedo escuchar el borboteo de la fuente, que es superior.

Es en la plaza de María Auxiliadora. Nunca me había parado a pensar en ese adjetivo: auxiliadora.

A mis espaldas, una anciana del pueblo le dice a alguien: "El jardinero está hoy labrando el jardín". La aplicación de esa palabra, labrando, por parte de una persona cuya vida ha debido de estar más cerca del campo que de los jardines.

Me detengo ante el Palacio de Mondragón. Una profesora les explica a sus alumnos que es del siglo XIV, que en su interior hay un laberinto de subidas y bajadas, que hay un pasaje subterráneo secreto y entonces grita: "¿Queréis callaros?". Dos niños estaban hablando, sí: pero no muy alto. Se adueña de mí un agotamiento hacia toda pedagogía posible e imposible.

Encuentro nombres que me suenan de toda la vida como calles de Málaga: Trinidad Grund, Duquesa de Parcent...

Me alegra estar caminando solo, a mi aire, semidistraído. Me doy cuenta entonces de lo mucho que me cansa viajar con compañeros que señalan hacia aquí y hacia allá. Como Curro y Almudena, que hace tres años en Villafranca del Bierzo se volvían locos señalando "casas blasonadas". Seguro que me estoy cruzando con cientos de casas blasonadas, pero se me da una higa.

Mantengo también, naturalmente, mi rabiosa consigna de "¡Nada cultural!". Sólo flaqueo un poco al pasar ante el Museo del Bandolero. Pero me reprimo.

Llega la hora de comer y dudo si sentarme en algún restaurante "del lugar". Leo en un cartelón: "lentejas a la rondeña". Y en ese momento decido comer en el McDonald's que vi antes de cruzar el puente. Probablemente será una modalidad exquisita, pero me niego a encomendarme a la mera indicación local. El "a la rondeña" se me aparece, de pronto, como una proposición preilustrada, oscurantista...

El McDonald's , en cambio, es puro siglo de las luces: ¡el esperanto de la gastronomía! En el piso de arriba, además, hay una ventana con vistas estupendas. Me asomo y pasa por debajo un ave negra, quizá un cuervo. Mientras degusto mi Big Mac, reflexiono sobre mis manías alimenticias. ¿No serán el síntoma de una merma del espíritu? Visualizo entonces a algunos gastrónomos que he tenido la ocasión de conocer, el suplicio que fue siempre comer con ellos, esa sensación de ser el comparsa de la copulación de esos narcisistas (¡anales!) con sus platos, y concluyo que el espíritu de ellos sí que está mermado. El Bulli produce espíritus basura, mientras que la comida basura produce artistócratas del espíritu...

Recibo una llamada de Nadales. Al saber que estoy en Ronda, me dice: "¿Qué, has ido a buscar al banderillero?". Se refiere al siniestro falangista que, en los comienzos de la Guerra Civil, toreó aquí a un republicano, poniéndole banderillas y todo lo demás. La tortura la cuenta Javier Marías en Tu rostro mañana, y Nadales y Jordá están tratando de averiguar la identidad del individuo. Me habla también de los suicidios desde el Tajo (dato que sabe de los años en que vivió aquí): cada año y medio se produce uno.

Busco una terraza donde tomar el café: están todas llenas. Si esto es así un día de entresemana de marzo, no quiero ni imaginar lo que será en vacaciones.

Durante mi paseo me he estado cruzando, además de con los turistas extranjeros y los grupos escolares, con individuos vestidos con monos naranjas. Corrían de acá para allá, consultando un papel con instrucciones, de un modo francamente desagradable. Ahora están todos ante la plaza de toros: para ellos era el montaje que vi al principio. Hay cientos de ellos, hombres y mujeres, y suena una música estruendosa. Se trata de un concurso de la Junta de Andalucía. Paseando por Ronda se aprecia de inmediato qué es lo que vende aquí, por qué vienen los turistas: elegancia, sosiego, música estilizada. Y llega la Junta a montar un insufrible pifostio... Blas Infante sonríe, con sus gafitas.

Uno de la organización se ha retirado a los jardines. Habla por un móvil con aire de conspiración y oigo algunas frases al pasar por su lado: "Estoy deprimido con eso... El proceso es que no se enteren... Es que a mí me encanta veros a vosotros".

Recuerdo y anoto una frase de Juan Ramón Jiménez que se decía en la conferencia sobre Montaigne: "Mi gran obra es el arrepentimiento de mi obra".

Me acomodo al fin en el sitio ideal: una mesa de la terraza del Parador, ante la barandilla del Tajo. Pido un café solo y un J.B. con hielo. Estoy al solecito, hace calor. Me quedo en manga corta, por primera vez este año. Enciendo un purito. Me pongo los auriculares y ahí me quedo un par de horas, escuchando a Ludovico Einaudi y Rosa Passos. Me encandilo con la versión de ésta, que no conocía, de "Papel maché". La escucho varias veces.

Desde donde estoy se ve el paisaje de esta foto, aunque con sol. Las personas que se asoman a aquel balconcito de perfil parecen suspendidas en el aire.

He pedido un segundo whisky. Estoy feliz. Se nubla intermitentemente. Me adormilo y el camarero me avisa de que cierran la terraza. Pago. Entro a mear. Cuando salgo tienen que abrirme la puerta de la calle, porque no sabían que yo estaba dentro.

Una niña pequeña a la que llevan en un carrito repite, como un mantra: "Ya, ya, ya, ya". No logro saber si es una alemanita diciendo "sí".

En la explanada de la plaza de toros ya no está la multitud de anaranjados: sólo un grupo de jóvenes de negro desmontándolo todo. El jefecillo, el típico espabilado dinámico, con melenita, grita consignas: "Vamos que se va el día... Os veo un poquito lentas, chicas... Venga, que me estoy aburriendo". El trasiego de las piezas metálicas es rápido. Las acomodan en el camión. Yo me fijo en una chica alta y fibrosa, guapísima, que acarrea ella sola unas cuantas varas.

Anoto el letrero que hay en el monumento al toro: "Al toro de lidia, pilar de la fiesta, de la cultura y la historia de un pueblo".

Rodeo por primera vez la plaza, desde fuera. Las banderolas están por uno de sus lados en inglés: "The Bullfighting Museum". Todo tiene que ver ya con los toros. Restaurante Los Capeas. Una estatua de Pedro Romero a cuyo pie pone: "El cobarde no es hombre y para el toreo se necesitan hombres".

Alameda del Tajo, por donde entré esta mañana. Después de los jardines, un convento con un indicador macabro: Capilla de la Mano de Santa Teresa.

Las calles están limpias, no sucias como en Málaga. Ronda tiene algo de Córdoba o Sevilla: ciudades con habitantes más orgullosos de ellas que los malagueños de la suya. Y quizá son así por el orgullo de sus habitantes.

Me dirijo hacia el Hotel Victoria, del que tanto me ha hablado mi amiga Francis, y por el camino encuentro la primera mención de Rilke: Inmobiliaria Rilke. Más arriba: Papelería Rilke. Veo también un Pasaje de Hemingway. Y antes: el nombre de Antonio Ordóñez.

Otro elemento que faltaba: la Caja de Ahorros de Ronda. Por la mañana, desde el autobús, había visto la sede. Ahora, en una placita elevada, un monumento a Juan de la Rosa "erigido por suscripción popular". Reconozco la estatuílla de una niña lectora que aparecía en antiguos calendarios.

Traspaso la entrada del hotel. Bordeo el edificio y salgo a un jardín trasero, que da al Tajo. Allí está la estatua de Rilke. Queda por delante de una orla en la que pone "Barbacoa-Grill". Me formulo: Grill-ke. Al pie de la estatua viene una frase del poeta, que empieza: "del río en el abismo del tajo, reflejando las desgarradas luces de la altura (y de mí)...". Estuvo aquí en 1912. Casi un siglo ya.

Sólo hay un hombre, que se va pronto. Me siento en un banquito del mirador, ante la barandilla. Sigue haciendo sol, aunque ya empieza a refrescar. Fumo. Contemplo los reflejos de las luces en el río de abajo. Llega un matrimonio joven con un bebé, pero sólo están unos momentos. Del libro que llevaba en el macuto, El amor al nombre, de Martine Broda, leo los capítulos dedicados a Rilke: "Rilke y el amor intransitivo", "Rilke y el lirismo sublime". Mi idea es estar sólo un rato, y pasear después una hora más por el pueblo. Pero me voy quedando, quedando, y al final espero a que se ponga el sol. Esto será pues, para mí, lo último de Ronda.

Por la Serranía, el horizonte queda aquí a la altura de los ojos: el sol se pone enfrente. Observo este espectáculo nuevo para mí: el ensombrecimiento del valle. Cómo le va faltando la luz. De pronto hace frío, el viento mueve los árboles, los animales se alteran. Pienso: el trauma del crepúsculo.

10.5.10

Termina mal

El pasado lunes Félix de Azúa escribió un tremendo artículo que tenía la virtud de decir la verdad, de resultar exacto. El tremendismo vuelve ser el modo adecuado de referirse a España. Era previsible una negrura así, puesto que el presidente Zapatero sostuvo su última campaña en un optimismo insensato; y ganó. No conviene olvidar esto: los españoles votaron optimismo. Contra los signos de la realidad, votaron la sonrisa. Y tacharon de cenizos a los demás: el pesimismo, como recuerda Azúa, se consideró antipatriota.

Ahora en Libertad Digital se ríen, con razón, de aquel vídeo promocional de la alegría. “Hay que defender la alegría frente a los cenizos, ¿no?”, sigue afirmando en él Víctor Manuel, con su indeleble tristura. No se trataba, claro está, de la alegría trágica de los griegos, que celebraba Nietzsche: una alegría alzada sobre la comprensión de este mundo brutal; sino más bien del zumo tibio de Disneyworld, endulzado con la mentira. Leí el artículo de Azúa justo después de la correspondencia de Jaime Gil de Biedma, de la que hablé la semana pasada. En ella hay varios pasajes que podrían traerse a propósito. Por ejemplo éste, que parece escrito contra la tendencia al lirismo de los artistas del vídeo, así como de su beneficiario:

Porque la prosa, además de un medio de arte, es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora, y no se puede jugar con ella impunemente a la poesía, durante años y años, sin enrarecer aún más la cultura del país.
Tras citar estas frases, que pertenecen al artículo de Gil de Biedma "Luis Cernuda y la expresión poética en prosa", señala el prologuista:
[Gil de Biedma] consideraba que la solidez y el civismo de una verdadera sociedad estriban, primordialmente, en la calidad de sus prosistas y que la inveterada superioridad, en España, de los poetas sobre ensayistas y novelistas no era más que un síntoma de decadencia.
Esa misma “alergia hacia los excesos líricos” fue la que le llevó a escribir el poema “Apología y petición” en un formato frío, como cuenta Gil de Biedma en una carta y nos explicó Eduardo Jordá en Frontera D: el de la artificiosa sextina. El distanciamiento que ésta aportaba ha actuado justamente como congelador, que nos ha traído fresco el contenido. De la poesía comprometida de su época, nada puede leerse hoy con la misma actualidad, da igual los versos que se escojan. A los artistas “de la ceja”, y los ufanos electores de entonces, parecían estar destinados los siguientes: “Y a menudo he pensado en otra historia / distinta y menos simple, en otra España / en donde sí que importa un mal gobierno". Yo mismo escribí hace tres años apoyándome en los más conocidos: “De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal.” Me parece razonable la pregunta de en qué medida el catastrofismo colabora con la catástrofe, como advertía Elvira Lindo el miércoles. No tengo clara la respuesta: yo diría que depende. Sí estoy convencido, en cambio, de que el optimismo colabora más.

* * *
Anoche, por cierto, terminé de ver The Wire: una serie tan gloriosa como pesimista. Parece una ilustración de la filosofía schopenhaueriana. Por eso no deprime como Bambi, sino que tiene unos efectos revitalizadores, exaltantes: los que desata, para empezar, el ser tratados como adultos.

* * *
(12.5.10) Critica hoy Elvira Lindo a quienes "sacan a pasear los célebres versos de Gil de Biedma". Olvida algo: que se sacan ahora, pero que han estado muchos años sin sacarse. Es decir: que su uso no ha sido automático, sino que ha dependido de las circunstancias. Cuando los versos han vuelto a tener aplicación, se han sacado: no antes. Y sí: los hombres hacen la Historia. Sólo que nuestros "actores de la Historia" actuales tienen un nivel bajísimo y parecen no haber aprendido nada. Quizá por eso no pueda resucitarse ya el "espíritu de la Transición": porque somos peores.

[Publicado en Frontera D]

3.5.10

La verdad desagradable

Para reencontrarme con la lectura, con el placer de la lectura, recurro a Gil de Biedma. Como siempre. Me compro su correspondencia, compilada con el nombre espléndido de El argumento de la obra. Saco de la estantería Las personas del verbo, releo el autorretrato del poeta: "...Y preguntarme por qué no escribo inevitablemente desemboca en otra inquisición mucho más azorante: ¿por qué escribí? Al fin y al cabo, lo normal es leer". Me vienen los dos últimos versos del libro: "Las rosas de papel son, en verdad, / demasiado encendidas para el pecho". Y paso al principio, a la cita de Antonio Machado:

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
–así en la costa un barco– sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.
Después, por la noche, en la cama con sus cartas. Insomnio, desazón. Empiezo por la última y voy remontando los meses, los años. Un enjevecimiento hacia atrás. Me reconozco en la petulancia juvenil y me exaspero; ahí ya no me enseña nada, ya lo hice. Aunque la disfruté en otro tiempo, cuando leí el Retrato del artista en 1956. El domingo lo paso picoteando en su libro de críticas, El pie de la letra, y releyendo sus poemas. Es el primer día fuerte de calor del año. La playa está llena de bañistas. Cerveza en el chiringuito. ¿Cuántas veces habré leído Las personas del verbo? Y siempre encontré novedades. Es la gloria de los buenos poetas breves: su único libro recibe el honor de toda una biblioteca. Por la tarde me adormilo. Salgo otra vez en la última hora de luz, con el libro de las cartas. Está muy bien la introducción de Andreu Jaume. Trata con seriedad al poeta, sin hacer mucho caso de su fama. Quizá haya que empezar a salvar a Gil de Biedma de su fama. Copio este pasaje estupendo:
La matización que había sufrido el personaje dramático de sus poemas en Moralidades, desde 'Barcelona ja no és bona' hasta la apoteosis de un poema tan largo, complejo y afinado como 'Pandémica y celeste', encuentra en Poemas póstumos su definitiva consumación. La destrucción del personaje de Gil de Biedma empieza en 'Contra Jaime Gil de Biedma' y culmina en 'Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma', una de las pocas muertes en vivo de la historia de la literatura. El desenlace muy probablemente le provocó un problema operativo: una vez muerta en escena la voz que había construido con el monólogo era muy difícil proseguir por ese camino de superposición de máscaras acústicas en que había venido consistiendo su poesía desde los años cincuenta. En una carta del 16 de abril de 1969, le escribió a Joan Ferraté: 'Es probable, casi seguro, que no vuelva a escribir poesía en cierto tiempo –y es posible, temo, que no vuelva a escribir–; creo pues que quod decet es prepararse para la otra vida'. Aunque su destreza literaria, su astucia verbal y en general su conocimiento poético nunca habían sido tan seguros, paradójicamente se encontró de pronto en un escenario vacío con su propio cadáver en brazos.
En esa expresión de su poema más famoso, "la verdad desagradable", se resume el espíritu de Jaime Gil de Biedma; su herida, su elegancia. La verdad es tomada por su efecto sensual: desagradable. El receptor filosófico es el cuerpo, el gusto. Hay una sutil tragedia ahí. Un tanto afectada, pero preciosa. Clásicamente bella.

[Publicado en Frontera D]

1.5.10

La solución Duchamp

Recibo de Jabois la columna de Jaime Serra aparecida el pasado domingo en La Vanguardia: "Una paradoja hecha puerta". Había visto esa puerta de Duchamp, pero nunca me había detenido en ella. Me parece brillante la interpretación; y brillante (brillante sin énfasis; brillante con grisura, con elegancia) el hallazgo de Duchamp. Abro el portón de The Complete Works of Marcel Duchamp (Delano Greenidge Editions, NY), de Arturo Schwarz, a ver qué dice:

Puerta: rue Larrey, 11 (París, 1927).– En el pequeño apartamento en que vivió entre 1927 y 1942, Duchamp instaló una puerta que servía para dos entradas (entre el estudio y el dormitorio y el estudio y el baño). La puerta podía estar abierta y cerrada al mismo tiempo, lo que le proporcionaba a Duchamp tanto una paradoja casera como una solución práctica para ahorrar espacio. La puerta fue sacada en 1963 y expuesta como objeto independiente, después de que se hiciera una reproducción in situ a escala real.
La solución de Duchamp es disolver el problema (disolverlo, no saltárselo). Adecuadamente, Schwarz relaciona esta obra con la gran frase zen del artista: "No hay solución, porque no hay problema".

26.4.10

La educación del estoico

El lunes pasado, después de celebrar a San Expedito, me quedé pensando en que ahí está la trampa: en ese anhelo de un camino sin obstáculos. El deseo de facilidad es el preludio de la ineficacia. Recordé esta reflexión de Alain en su Spinoza:

El error de los errores consiste en querer ser libre al margen del obstáculo, lo cual hace que nos lamentemos de las dificultades que, por el contrario, nos fortalecen tan pronto como uno acepta extenderse sobre ellas y en cierto modo fiarse a ellas por completo.
Y me acordé también de la paloma kantiana que, según Juan de Mairena, “al sentir en las alas la resistencia que le opone el aire, sueña que podría volar mejor en el vacío”. Es decir: "ignora la ley de su propio vuelo". De igual modo, el devoto de San Expedito quizá sueñe con un almanaque blanco, en que todos los días sean el día cero. Es una pulsión claramente nihilista, como la que alienta al pessoano Barón de Teive en La educación del estoico. He leído recientemente el librito y no se me ha quitado esta frase magnífica:
Lo que me llevará al suicidio es un impulso como el que nos lleva a acostarnos pronto.
Acostarnos pronto y liquidar la jornada. Así Noodles en Érase una vez en América, cuando, a la pregunta de qué ha hecho todos los años que ha pasado fuera de Nueva York, resume su vacío con esta frase: "Acostarme pronto". Como Proust al principio de su Recherche: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. Yo he pasado muchos años con la cabeza fuera del tiempo. Sintiendo sólo las rugosidades, las asperezas –en un ámbito cortado, en el que no se puede hacer nada, o se hace dificultosamente. Como el bañista con medio cuerpo fuera, o con la cabeza fuera, al que le azotan las olas. Sólo si se sumerge fluye –hay que meterse en el mar del tiempo.

[Publicado en Frontera D]

19.4.10

El fetichista de las fechas

El fetichista de las fechas (¡que soy yo!) se ha encontrado esta mañana, al mirar desganadamente el calendario (el mío es un fetichismo —un fechitismo— hastiado ya, a estas alturas), con que se conmemora el día de San Expedito. "Oh, dejar mi camino expedito al fin", me he jurado, con la ceniza de mis energías. He metido al santo en Google, a ver, y he encontrado una historia fenomenal, que viene que ni pintada para el propósito. Lo mejor es lo del cuervo:

Al momento de su conversión, un cuervo se hizo presente simbolizando al Espíritu del Mal y le dijo Cras... Cras... Cras... (lo que en latín siginifica Mañana... Mañana... Mañana...) intentando persuadirlo en la misma hora de su conversión al Cristianismo a que lo dejara para después. San Expedito reaccionó enérgicamente aplastando al cuervo con su pie derecho mientras exclamaba Hodie... Hodie... Hodie... (que en latín significa Hoy... Hoy... Hoy...) no dejaré nada para mañana, a partir de hoy seré Cristiano.
El cuervo era, obviamente, por encima del espíritu del Mal, el espíritu de Alberto Cortez, con su insidioso "a partir de mañana". Toda reacción antiprocrastinadora es, básicamente, una reacción antialbertocorteziana. Y todo intento de ir por la buena senda (¡la senda del hoy, del aquí y ahora!) es un ejercicio de resistencia duodinámica, o también calcanhottística. La cosa está clara, pues: frente a la procrastinación albertocorteziana, hay que empeñarse en el duodinamismo calcanhottista. Sí, habría que hacerse un hombre ya: calcanhotta, duodinámicamente. Lo que pasa es que con este cachondeo no hay manera...

[Publicado en Frontera D]

11.4.10

Sorpresa

"Surpresa" es quizá mi canción preferida de Caetano Veloso, una de las que me he puesto toda una tarde en el repeat, paseando o en la playa, tanto en la versión del propio Caetano (del disco Cores nomes) como en la de Adriana Calcanhotto, que incluso me gusta más y que viene en el Songbook de João Donato. La música es de Donato, y de Caetano la escueta letra:

Que surpresa Beleza Luz acesa Certeza Que saudade Verdade Já chegou? Então Vem cá.
Al escucharla en esa filmación (por una vez un vídeo noble en YouTube, tras tantas aberraciones cursis con que suelen ilustrarse las canciones) me he acordado de otra sorpresa; tal vez la mayor que me llevé en Brasil. Como saben, el país me enamoró —aunque yo ya iba enamorado. Brasil me encantó, pero no me sorprendió en exceso: encontré, más o menos, lo que esperaba. Sólo hubo dos sorpresitas, y una sorpresa grande. La primera sorpresita fue reconocer a Lisboa en Río: los suelos con teselas, cierta distribución del arbolado, algunos aspectos del ambiente de la ciudad... La segunda fue el descubrimiento de las calles interiores de Copacabana e Ipanema, las que no dan a la playa y, por lo tanto, no aparecen en las postales. La vida de esas calles (también con algo de lisboeta), la belleza tranquila y llevadera de esas calles, sus cafés, sus comercios, sus fruterías... La sorpresa grande sucedió cuando abandonamos por primera vez Río. Íbamos a viajar a Belo Horizonte en autobús, en ônibus, y recuerdo que no esperaba nada, sino que pasaran las horas que teníamos por delante. Me acomodé en mi asiento, me puse el walkman, miré por la ventanilla la salida de la Rodoviária y el callejeo hasta dejar atrás la ciudad, y entonces me dispuse a relajarme: mis discos, mis libros, la conversación con Nádia. Y de pronto, a traición, la Naturaleza. No me lo esperaba, porque no suelo prestarle atención (no está entre mis intereses); ni siquiera había pensado antes en ella, en la naturaleza tropical. Pero allí apareció, hechizándome. ¡Sorpresa! [Publicado en Frontera D]

5.4.10

Los años petrolíferos

Una lectora atenta me pregunta por esta frase que coloqué en mi post de la semana pasada: “años que no eran aún petrolíferos”. La puse a modo de oráculo privado; y porque, aunque mi ideal es la transparencia, considero que a veces queda bien algún trazo de sombra. Pero se puede explicar. Aludía a estos últimos años míos, que han sido bastante hoscos. He vivido en la autotrituración íntima y en la ineficacia social. Consecuencia de cierto episodio en que mi alma se amplió, creció por desfondamiento: se venció su suelo y se abrió a un sótano oscuro, que yo he venido considerando de alquitrán pero que en realidad es de petróleo. Petróleo hecho, literalmente, de materia orgánica en descomposición, mi materia; un pozo turbio, pero utilizable como combustible. El sentimiento ahora es de alegría: creo que tengo para arder y calentarme (e iluminarme) por una buena temporada.

[Publicado en Frontera D]

28.3.10

El Cristo del Samba

Desde que dejé de ser creyente, algo que en mí se produjo sin trauma (la religión se me desprendió con naturalidad, con los años infantiles), me he emocionado cuatro veces con Cristo. La primera con un cuadro que solía ir a visitar al Museo del Prado durante mi época de estudiante: El descendimiento de la cruz, de Roger Van der Weyden. La segunda con el limpio poema que le dedicó Borges en Los conjurados: “Cristo en la cruz”. La tercera con el final de Ordet (La palabra), de Dreyer. Y la cuarta una tarde de Semana Santa en que tenía una cita que me obligaba a atravesar el centro, zona que procuro eludir en estas fechas desde hace mucho. Para protegerme acústicamente del estruendo de las procesiones, me puse los auriculares con música brasileña, sambas de Noel Rosa. Recuerdo la alegría primaveral y la levedad de aquellos años ligeros; años que no eran aún petrolíferos. Cuando entré en el fragor, los tambores y las cornetas, atenuados, se metieron por debajo de mi música. El efecto era agradable: se incorporaban a la batucada, apenas con un leve desajuste. Y más allá asomaba la imagen de un Cristo atado y de rojo, con esa oscilación que a mí siempre me ha recordado a la de los ciclistas cuando escalan un gran puerto, y que también es la de un baile, un baile agónico. La mezcla era feliz; y se me ocurrió bautizar al Cristo de aquel momento, sólo al de aquel momento, como "el Cristo del Samba".

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22.3.10

El hombre más odiado de Valladolid

“Por fin estoy en Facebook”, me escribió hace unos días, resignado, Eduardo Jordá. Sus amigos facebookeros llevábamos tiempo intentando convencerle de que se registrara, pero no había manera. Y aún seguía resistiéndose a la succión de este nuevo Maelstrom, cuando Facebook le ha caído encima. A una tal Pilar Bedate le molestó el artículo que Jordá publicó en el Diario de Mallorca a la muerte de Delibes, “Un mundo en extinción”, y creó un grupo de Facebook llamado “Todos contra el artículo de Eduardo Jordá sobre Miguel Delibes y Valladolid”. En el momento en que escribo estas líneas, el grupo cuenta con 4.759 miembros. Mi amigo Jordá, el bondadoso Jordá (¡el delibescamente compasivo Jordá!), es hoy el hombre más odiado de Valladolid.

El espectáculo es deprimente y regocijante al mismo tiempo. Deprimente, porque siempre lo es la exhibición de la chusma, el corro de rebuznos autoconvencidos y desatados. Regocijante, porque le da plenamente la razón a Jordá. Lo que se está diciendo en ese grupo convierte casi en elogio la leve desgana que manifestaba hacia Valladolid en su artículo. A juzgar por esos 4.759 vallisoletanos, Valladolid es peor: mucho peor. Una ciudad con 4.759 habitantes como esos no puede ser sino opresiva y sórdida. (Lo cual, dicho sea de paso, centuplica el mérito de Delibes: por haber logrado crear una obra grande y filantrópica enmedio de un material humano tan deleznable.)

¡Ah, Castilla! En este país de bobos en que se va convirtiendo España (todavía está fresca la que se montó con “los gallegos”), los castellanos parecían mantenerse limpios, aparte. Me ha gustado Castilla cuando la he visitado. Me he encontrado cómodo en sus ciudades, en sus pueblos; he apreciado sus campos. De los poemas de Antonio Machado, seguía recreándome en los paisajísticos y elogiosos. Los que criticaban Castilla, en cambio, no los entendía muy bien. Ese “desprecia cuanto ignora” parecía haber perdido su sentido. Pero de pronto rebrota el corazón cazurro y polvoriento de la Península, para que el mapa de nuestra estolidez quede también rellenado por el centro.

Antes he dicho chusma, pero no soy elitista. Hablo de chusma no porque considere que haya (ni deba haber) una minoría por encima, sino porque la masa se ha desplomado estrepitosamente. No puede decirse que exista demasiado nivel entre los, así llamados, profesionales de los medios; pero basta con que se abran los canales al público para que afluya algo peor aún: algo peor dicho, más soez, más sectario, peor hilado, más estomacal. Supongo que con ello tendrá que ver el desmantelamiento del bachillerato, que es lo que define el tono cultural medio. Y también, por supuesto, el asfixiante localismo que se va adueñando cada vez más de este país de todos los demonios.

* * *
PS. Un amigo de Valladolid escribe en su blog "De la vida provinciana".

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15.3.10

Los dueños de la expresión

La obscenidad de quienes hablan de libertad de expresión a la vez que defienden la dictadura cubana nunca se ha mostrado de un modo tan transparente como en el breve audio de Belén Gopegui que hay en YouTube. Me permito transcribir sus palabras:

Quienes defendemos a Cuba contra la agresión tenemos en nuestros países que atender a otra clase de agresión: el uso de la mentira de los grandes medios de comunicación. Cuando tanto se habla de libertad de expresión, algún día debiera empezar a decirse que la libertad real de expresión consiste como mínimo en poder replicar en el mismo medio y con el mismo espacio a cada mentira que haya sido publicada. Porque defendiendo a Cuba nos defendemos. Porque si abandonáramos la revolución cubana nos abandonaríamos a nosotros mismos.
¿Qué se puede decir ante eso? Es pura basura verbal. Puro excremento religioso. Es un párrafo tan pétreamente falso, que resulta inatacable. Esa defensa de la “libertad de expresión” (desde un país en que se encuentra conculcada) es una vía muerta, ante la cual no puede haber diálogo posible. Es un extravío de la razón y de la realidad: un lenguaje de locos ante el que no se puede hacer nada, salvo denunciarlo. O soltar una carcajada.

Con lo de Willy Toledo ha pasado estos días lo mismo. El individuo, desde su doble condición privilegiada de hijo de la alta burguesía madrileña y de actor de éxito, se permite llamar delincuente a la víctima de una dictadura, que además era albañil. Dan hasta ganas de rescatar al viejo Marx para determinar cuáles son las emanaciones ideológicas de las respectivas clases sociales: alta burguesía madrileña, castrismo; proletariado cubano, anticastrismo.

Contra la bellaquería de Willy Toledo se han escrito, por fortuna, bastantes artículos, el último de los cuales ha sido el de anteayer de Antonio Muñoz Molina: “La costumbre de la infamia”. Ahí está dicho todo, de un modo que suscribo plenamente. Queda mencionar el asunto colateral de la “libertad de expresión”: mejor dicho, de la parodia del término en boca de Willy Toledo y el grupo de actores que firmó un manifiesto en su defensa.

Sintomática la maniobra: quejarse de falta de libertad de expresión... justo después de haberla ejercido. Más allá de la conocida estrategia de intentar ocupar la posición de la víctima, ¿qué se trasluce de ello? ¿De qué se quejaba Willy Toledo realmente? De haber sido criticado: es decir, de que otros hayan ejercido su libertad de expresión contra él. Para Willy Toledo y sus cómplices, la libertad de expresión es poder decir lo que quieran (cualquier burrada), pero sin que nadie les replique. Quieren tener la última palabra. Quieren ser los dueños de la expresión. Exactamente como los tiranos con los que simpatizan.

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11.3.10

Otro 11-M

Sexto aniversario del 11-M. No tenía pensado escribir más sobre el asunto, pero es que la otra tarde se me ocurrió una nueva idea interpretativa: la de que el 11-M fue, en realidad, el último episodio de nuestra Guerra Civil. Lo fue no porque lo fuera realmente, sino porque se vivió como tal. Los hechos son que, sobre una masa de cadáveres descuartizados y sanguinolentos, los españoles se dedicaron a llamarse asesinos los unos a los otros (según las dos fases que conjeturé en "Asimetrías y simetrías del 11-M"). Un paisaje estrictamente guerracivilista: como si la sangre hubiese desatado la furia de embestir.

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PS. Me escribe un amigo: "según mi recuerdo de esos días, unos españoles llamaban asesinos a otros". Le he dicho que lea bien mi nota: en ella pongo que la reciprocidad se completó en dos fases, según la hipótesis de mi artículo enlazado. Fase 1, durante aquellos días: la Izquierda llama asesina a la Derecha. Fase 2, durante el proceso conspiranoico de los años siguientes: la Derecha llama asesina a la Izquierda. Fue una especie de escenificación en dos tiempos. Como una danza macabra.