12.1.10

La belleza es amarga

Eric Rohmer solía situar sus historias en las vacaciones, para que los personajes se ocuparan de otros asuntos más interesantes que el trabajo. Yo, por culpa del trabajo, no puedo ocuparme de Rohmer como me gustaría, ahora que ha muerto. Era mi director de cine favorito, junto con Billy Wilder. A veces soñé que el director ideal sería aquel que combinara la levedad de Rohmer y la precisión de Wilder; aún no había visto la comedia de Rohmer que se aproxima: El amigo de mi amiga (que tiene además algo de Lubitsch). Creo que me di cuenta de lo mucho que me gustaba durante la secuencia del seguimiento (que ocupa media película) de La mujer del aviador. Luego, en aquellos viajes a Madrid entre mis estancias, era una fiesta si en el Alphaville había alguna de Rohmer. Fue en Málaga, sin embargo, donde vi por primera vez mi preferida, Cuento de invierno. Y El rayo verde. De La rodilla de Clara recuerdo la imagen del barco alejándose por el lago: un petardeo que hacía que uno se imaginara que estaba allí (porque estaba, ciertamente, en el mundo). En el cine se nos colaban aquellas vacaciones, con charlas (¡en francés!) y francesitas; aquellas disquisiciones dieciochescas sobre Eros, cuya gramática tanto tiempo he tardado en comprender (la destilación de sus matices, con un resto de amargura). Eran jóvenes madames en salones luminosos. Bellezas de la calle; cotidianas, del extrarradio. La vida en los barrios periféricos. Playas, casas de campo. Autobuses, metros, trenes de cercanías. Pieles, gestos, voces; y a veces, pechitos. Escribe Rohmer (Cahiers, abril de 1970):

Ciertamente, como obra de arte, la película es una interpretación del mundo. Pero, entre todas las artes, el cine, y ésta es la paradoja, es aquel en el que la cosa filmada tiene la mayor importancia, la 'interpretación' desaparece incluso. Éste es el milagro de las primeras películas de Lumière. Su impresión es que nos hacen ver el mundo con ojos diferentes y admirar, como dijo Pascal, cosas que no sabíamos admirar en el original: personas que caminan por la calle, niños que juegan, trenes que marchan. Nada más banal.
Era dueño del don que más admiro, el más cortés: la ligereza.