El bosque de Descartes
Esta Semana Santa ha tenido algo de penitencia y de reposo —una penitencia sosegada. (Y los últimos días incluso, fuera de la ciudad, una antipenitencia.) He terminado de ver Dexter y Mad men, me he puesto episodios de Alfred Hitchcock presenta y viejas entrevistas de A fondo (con Dámaso Alonso, García Hortelano, Martín Gaite, Cela, Celaya, Larrea, Sender, Rodoreda, Brossa, Aranguren, Giménez Caballero... algunas saltándome tramos). He escuchado el último disco de Caetano Veloso, Zii e zie. Y he leído: las Memorias del subsuelo de Dostoyevski y el Spinoza de Alain. Dos libros curiosamente opuestos y complementarios: algo así como de muerte y resurrección. He pensado en el bosque de Descartes. En el Discurso del método, pone entre las normas de su "moral privisional":
Mi segunda máxima consistía en ser lo más firme y resuelto que pudiese en mis acciones, y no seguir con menos constancia las opiniones más dudosas, una vez que me hubiese determinado a ello, que si hubiesen sido muy seguras, imitando en esto a los viajeros que, habiéndose extraviado en un bosque, no deben errar dando vueltas, ahora por un sitio, ahora por otro, ni menos todavía detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más derechamente que puedan en una misma dirección, sin cambiar ésta por débiles razones, aun cuando en un principio haya sido, quizá, sólo el azar el que los resolvió a elegirla; pues de esta manera, si no van justamente donde deseaban, al menos llegarán a alguna parte, donde verosímilmente estarán mejor que en medio de una selva.Se trata de considerar ese bosque sin resolución: ese bosque como espacio propio, que atrapa; ese bosque como lugar de extravío. El hombre perdido en él es un asno de Buridán que no duda entre dos montones de paja sino entre más: está cercado por la indecisión; no desgarrado entre dos, sino descuartizado por más fuerzas, las cuatro etimológicas, o cinco. El truco de Descartes está en el método: el método de la duda y el método de la resolución para salir del bosque. Ese bosque es el reverso del campo pelado de la duda; pero en ninguno de los dos se pierde Descartes. El que se pierde es el dostoyevskiano (¡y horrachiano!) hombre del subsuelo. Pero hay otro hombre más estimulante: el de Spinoza. Una de las lindezas de su filosofía es la alegría con que se salta la duda. Quizá porque la alegría misma es su brújula. Según Alain:
La tristeza y la alegría, a pesar de que no conocemos bien sus causas, son, hablando en propiedad, advertencias de Dios de las que podemos concluir, con una certeza completa, que pasamos a una perfección menor a una perfección más grande.La tristeza y la alegría, el dolor y el placer, son, como luego suscribiría Nietzsche, el juicio metafísico del propio mundo:
El dolor dice: ¡pasa!Y otra vez Spinoza, para deshacer el encantamiento del bosque de Descartes: "La felicidad no es la recompensa de la virtud, sino la virtud misma".
Mas todo placer quiere eternidad;
¡quiere profunda, profunda eternidad!
