10.6.10

Autobiografía brasileñista (1)

Este artículo (escrito en 2009) ha sido publicado en el número 11 de la revista Zut. Lo ofrezco en 8 entradas, aunque va articulado en 5 partes. ÍNDICE1. Tierra Virgen. 2. El Descubrimiento. 3. La Conquista. 4. La Colonización. 5. El (Quinto) Imperio. (Índice aparte, se puede leer todo seguido aquí en el blog, ya que al término de cada entrada va un enlace que lleva a la siguiente).

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AUTOBIOGRAFÍA BRASILEÑISTA

“Sin música la vida sería un error”, dice uno de los más conocidos aforismos de Nietzsche. Yo a veces he pensado que así es, pero especificando: sin música brasileña. La afirmación resulta sólo un poco exagerada: en lo esencial es justo eso. Hablo, naturalmente, de mi vida.

1. Tierra Virgen

Hubo una prehistoria. Unos atisbos anteriores al descubrimiento. Tales atisbos no quedaron desmentidos después, sino reforzados: desembocaron con naturalidad en la historia, que contemplada al completo es feliz y limpia. Antes de ser consciente, yo ya estaba a favor de Brasil. Recuerdo un cortejo previo de sonrisas, ritmos, futbolistas, mulatas de carnaval. Famosas melodías, escuchadas sin atención, de Ary Barroso, Antonio Carlos Jobim y Jorge Ben. Carmen Miranda. Joe Carioca. Copacabana, Ipanema, el Pan de Azúcar. Nombres acabados en –inho. Nuestro –ón suavizado en –ão. La palabra “cangaceiro”. También emergencias sórdidas: las favelas, la violencia, la película Pixote. Los payaseos de Milikito: “Menos samba e mais trabalhar”. Culebrones doblados como Doña Beija o Gabriela, clavo y canela. Una película erótica: La dama del autobús. El apellido de su actriz (que también hacía de Gabriela): Sonia Braga. El nombre en la radio de alguien desconocido, que evocaba sofisticación: Caetano Veloso. El satírico lema del país: “Orden y Progreso”.

Un primer momento de consciencia, pero que se escurrió, fue el de una noche en que me detuve a escuchar la canción de una gala televisiva. Años después la identifiqué como “Você abusou”; y deduzco que la cantante debía de ser Maria Creuza. Aunque no ha estado luego entre mis apreciadas, entonces me asombró la belleza delicada de la música; y el placer, inmediato y profundo, que producía. Una facilidad que encontraba su límite en mí mismo: parecía exigir unos extremos de sensibilidad (de porosidad en la piel: en la piel del oído) para los que no tenía paciencia. Era como acariciar terciopelo: un gusto que no parecía para este mundo. Pienso ahora: como el sexo. El caso es que me encantó, pensé en ello... pero no busqué más.

Otro momento en que recuerdo haberme formulado “Brasil debe de estar bien” fue durante el Mundial de Fútbol de 1982 (yo tenía dieciséis años), por aquella selección brasileña a la que era una delicia ver jugar. Después del disfrute de los partidos, y de la decepción de su derrota, escuché por primera vez teorizar sobre Brasil. Lo hizo Francisco Umbral en una entrevista radiofónica. Yo me había aficionado a su literatura aquel mismo verano y lo admiraba: estaba atento a lo que decía. Dijo que desde días antes de la final tenía escrito el artículo en que celebraba el triunfo de la selección brasileña; pero lo tuvo que tirar a la basura tras su eliminación en la segunda fase. Hizo un canto a Brasil: lo que ponía en el artículo desperdiciado. En todo junto había alegría y nostalgia, que serían dos de las emociones frecuentes del brasileñismo: la alegría del juego, la nostalgia por la victoria que se frustró. Aquel verano leí también mi primera novela de Vargas Llosa, que resultó ser de tema brasileño: La guerra del fin del mundo; aunque en aquella ocasión el interés prosiguió por el autor, no por su tema.

En 1987 experimenté otra aproximación brasileñista asociada a la literatura. En mis tiempos de estudiante en Madrid, yo había adquirido la costumbre de asistir a las Semanas de Autor que organizaba el Instituto de Cooperación Iberoamericana, el benemérito ICI. A veces me acompañaba mi amigo Andújar, otro malagueño que estudiaba en la capital. Disfrutábamos mucho con aquello: el autor homenajeado, en los momentos blandos (y brillosos) del halago; los escritores y profesores con sus ponencias más o menos elocuentes; y el público, entre el que había personajes asiduos y pintorescos, como un comunista chileno que siempre reprochaba a los autores su conformismo y que no alentasen lo suficiente la revolución. Solía haber dos Semanas anuales, una en primavera y otra en otoño. La de la primavera de 1987 estuvo dedicada a Jorge Amado. Fueron unas sesiones entrañables, tiernas, jocosas, en las que intervino mucho, desde la primera fila, la mujer del escritor, Zélia Gattai. Nos hablaron en los discursos de la exuberancia tropical, multicolor, de las glorias de la sexualidad inocente, de sensaciones paradisíacas. Bahía se convirtió para nuestro imaginario en el símbolo de Brasil, en detrimento de Río. La última tarde intervino el comunista chileno, con su indignación quejumbrosa: ¿no resultaban alienantes el carnaval y la alegría, que le hacían olvidar al pueblo su pobreza y le quitaba de la cabeza la revolución? La respuesta de Jorge Amado emocionó a la sala: tras lamentar la pobreza de su pueblo, dio gracias por que, pese a ella, fuese feliz... Salí, salimos de aquellos días ya predispuestos para el brasileñismo; aunque la explosión aún tardaría un año y pico en producirse. Y empleo el plural porque mi pasión fue de la mano de la de Andújar. Él, de hecho, llegó un poco antes.

[Sigue: Autobiografía brasileñista (2)]