11.6.10

Autobiografía brasileñista (2)

2. El Descubrimiento

Siempre me ha gustado el modo en que se produjo, porque fue, por decirlo así, en persona: procedente de un avión que acababa de cruzar el Atlántico. El padre de Andújar era entonces director del aeropuerto de Barajas. Un día vio un pequeño revuelo en la aduana. Se acercó y se encontró con que un mulato acababa de desembarcar desde Brasil, con un berimbau y una guitarra como único equipaje, y sin dinero. No le dejaban pasar, pero él se resistía a irse. Aseguraba que se ganaría la vida en España como músico. Al padre de Andújar le cayó simpático y lo avaló. Le ofreció alojamiento durante unas semanas, hasta que encontrase algo. El mulato de Belo Horizonte, llamado Ramar (pronúnciese con haches aspiradas: Hamáh), resultó ser una persona encantadora y permaneció en el apartamento durante muchos meses. Andújar, que vivía allí con su padre durante el curso, se hizo también amigo de Ramar. En ese tiempo se fue contagiando de la música brasileña: con las canciones que Ramar le enseñaba, los casetes y las partituras que le anotaba a mano.

Para entonces yo ya había vuelto a Málaga. A Ramar lo conocí en mayo de 1988, cuando viajé a Madrid en compañía de Palomo (otro amigo que se haría brasileñista), precisamente para asistir a otra Semana de Autor, la dedicada a Octavio Paz. Nos alojamos en el apartamento de Andújar, en la Alameda de Osuna. Ramar nos cayó muy bien, nos enseñó a tocar el berimbau e incluso asistimos a un conciertillo suyo en un bar de los bajos de Moncloa, que se llamaba Candomblé; pero no dejó de ser algo exótico (y por lo tanto ajeno) todavía. Recuerdo que en el tren de vuelta, Palomo y yo viajamos con una pareja brasileña en el compartimento y apenas hablamos con ellos. En el futuro nos repetiríamos muchas veces: “Si hubiera sido sólo un año y medio más tarde...”. Aquel verano volvimos a ver a Ramar en Málaga, durante una visita que le hizo a Andújar en las vacaciones. Paseamos con él por Fuengirola, por Torremolinos (recuerdo que en una plaza nos enseñó qué era la capoeira). Buscaba sitios donde tocar, pero por entonces la música brasileña no interesaba a los empresarios. Sin embargo, no fue aún la música lo que nos interesó, sino el sexo. Las aventuras que nos contaba, y que recordaban a las de las jornadas de Jorge Amado en el ICI. Un momento glorioso fue cuando nos pormenorizó lo que hacía con una mujer una vez llegaban a la cama. Se entregó a una descripción minuciosa de caricias y besos, tan demorada que impacientó a nuestro amigo Jurdao, allí presente: “Pero la polla, ¿cuándo te la sacas?”.

No sé en qué momento empezó a hablar Andújar, ya sin Ramar, quien se había marchado a Suiza, de la música brasileña. Sé que no podía ilustrarnos su afición, porque las cintas las tenía en Madrid. Yo viajé unos meses después, no sé si aún en 1988 o ya en 1989. Llegué una noche a su nuevo apartamento, en la calle Castelló. Por la mañana, mientras él estaba en clase, vi las cintas. Eran casetes de la serie Personalidade, de Philips: concretamente los de Caetano Veloso, Maria Bethânia, Jorge Ben y Milton Nascimento. Creo que la primera que puse fue la de este último, pero la quité a los primeros compases: no era lo que buscaba. Probé luego con Caetano y Bethânia y tampoco. Las canciones respectivas fueron “Nos bailes da vida”, “Beleza pura” y “Explode coração”. No es que no me gustasen, sino que no eran lo que yo esperaba de la música brasileña. Su sonido era moderno, límpido, con algo de auroral; se me ocurre ahora que como las aves que le anuncian al barco que la tierra está cercana. Puse entonces la de Jorge Ben. Ahí sí alcancé tierra. Era exactamente lo que yo quería: ese ritmo, ese toque, ese deje. Su selección empezaba con el popurrí “Por causa de você, menina / Chove chuva / Mas que nada”, al principio del cual el cantante lanzaba un vacilón: “¡Eh!”. Ahora, al volver a escucharlo, me doy cuenta de que era el saludo de la música brasileña en pleno. “¡Eh!”, parecía decirme: “¡Que estoy aquí! ¿A qué estabas esperando para empezar a disfrutar?”.



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