12.6.10

Autobiografía brasileñista (3)

3. La Conquista

Andújar me prestó aquellos casetes y fue ya en Málaga donde los escuché una y otra vez: no sólo el de Jorge Ben, sino todos los demás. A los de Caetano Veloso, Maria Bethânia y Milton Nascimento, se unieron los de Toquinho & Vinícius, Gilberto Gil, Chico Buarque y Antonio Carlos Jobim. Esas ocho selecciones, todas de Personalidade, fueron los cimientos de mi afición; y todavía hoy me siguen emocionando. Ahí leí también por primera vez el nombre de quien se había encargado de ellas: Roberto Menescal. Y ese logotipo luego tan común: “Produzido na Zona Franca de Manaus”. Todo era nuevo, en realidad: las canciones, que no conocía; el portugués de sus títulos; los nombres de los artistas; sus caras en los dibujos del ilustrador de la colección, Mario Bag; y otros nombres que aparecían en los créditos de las canciones, y que se me fueron quedando: Vinícius Cantuária, Fernando Brant, Carlos Lyra, Ismael Silva, Noel Rosa, Capinam, Francis Hime... Y este otro que se decía en “Trocando em miúdos”, de la de Chico Buarque: Pixinguinha.

Me hice copias en cuatro cintas de noventa minutos, grabando uno de los Personalidade en cada cara. Aquellas cintas las he perdido, pero creo recordar que los emparejamientos fueron los siguientes: Jorge Ben-Caetano Veloso, Milton Nascimento-Maria Bethânia, Toquinho & Vinícius-Gilberto Gil, Antonio Carlos Jobim-Chico Buarque. Como se puede apreciar, eran asociaciones impremeditadas, frutos en buena parte del azar. Mi memoria también está confusa en este punto, pero ahora entreveo que los préstamos vinieron en dos hornadas: los cuatro primeros Personalidade antes, y los otros cuatro después. Con posterioridad llegaron cuatro más: los de Gal Costa, João Bosco, Leila Pinheiro e Ivan Lins. Todos ellos conformaron una suerte de canon. Con respecto a quienes se me quedaron fuera entonces, como Elis Regina o Nara Leão (de las que Andújar también tenía cintas, pero no hice copias), he mantenido luego una relación algo más distanciada. La excepción, naturalmente, sería João Gilberto.

Nuestro amigo Palomo también se contagió aquel verano de 1989. De los cuatro que éramos entonces, se mantuvo ajeno Curro. Un día descubrí en Radio 3 un programa especializado en música brasileña: Cuando los elefantes sueñan con la música, de Carlos Galilea. Y ése fue, casi desde el principio, el otro eje de nuestra pasión. Grabábamos las emisiones, los regrabábamos luego sin la voz del locutor, en copias sólo de música, en el orden en que iban apareciendo, y en unos meses nos hicimos con una colección de más de cien cintas: heterogéneas, maravillosas. Algunas de ellas contenían las grabaciones de conciertos en directo. Uno de ellos era el de un artista que se convirtió enseguida en otro de nuestros preferidos: Djavan. Éste y todos los demás nombres de la música brasileña, todas las demás referencias, se las escuchamos por primera vez a Carlos Galilea. En aquellos tiempos anteriores a internet, él fue nuestra inapreciable fuente de información. Uno o dos años después conseguimos además su libro Canta Brasil, que pese a llevar en la contracubierta un texto de nuestra detestada Ana Belén (cuya versión del “O que será” nos enfurecía retrospectivamente, al compararla con la de Chico y Milton, que venía en el Personalidade del primero), supuso un primer asentamiento de nuestra formación.

En realidad, digo “formación” por convención, por pedantería. No hubo nada más desordenado y menos deliberado que nuestra aproximación a la música brasileña, sobre todo en mi caso. Andújar y Palomo, al fin y al cabo, sabían solfeo y entendían de técnica musical. Yo no. Además, nunca pretendí ser riguroso. Primaba el disfrute inmediato. El disfrute, para mí, consiste acentuadamente en la repetición: cuando algo me gusta, lo escucho una y otra vez. No tengo ansia de novedades. Cuando algo me gusta, parte del gusto se convierte pronto en la misma insistencia en ello. Me pasa también con las palabras, con las bromas, con los tics. Con los autores. Me gusta fundar fidelidades, pero para ejercitarme en ellas. Así, con aquellas cintas de Personalidade me tiré meses, años. Todavía las escucho a veces, en las grabaciones en cedé que conseguí después. A este respecto, es sintomático lo que me ocurre con ellos. En cada cedé de Personalidade han incrustado dos o tres temas que no se encontraban en las cintas: novedades que me estropean la expectativa acrisolada, que llevo ya en la mente, de qué canción debe seguir a la anterior.

Los primeros álbumes propiamente dichos, al margen de antologías, fueron O eterno Deus Mu dança de Gilberto Gil y Totalmente demais de Caetano Veloso. De la ocasión me acuerdo perfectamente: noviembre de 1989, durante las jornadas de la caída del Muro de Berlín. Fueron días extraños, luminosos: no por el acontecimiento histórico, sino por mi propia vivencia. La madre de Andújar se había ido de viaje, y Palomo y yo nos instalamos en la casa de nuestro amigo durante aquellos días. Yo, que ya había vivido algunos cursos solo en Madrid, experimenté por primera vez la sensación de estar en Málaga fuera de la casa familiar. Percibí la ciudad de un modo diferente aquellos días, como si fuese otra; y la luz ligera del otoño, junto con la noticia espectacular de la caída del Muro, se entremezclan en mi memoria con las canciones de esos dos discos que Andújar tenía en vinilo. Recuerdo que pusimos más el de Gilberto Gil, que era más jocoso (con los bramidos graves de Ed Motta en el primer tema), pero de los dos me hice copia en otra cinta de noventa minutos y los estuve escuchando, ya en mi casa, durante muchísimo tiempo.



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