13.6.10

Autobiografía brasileñista (4)

Otros álbumes de aquellos años primeros, comprados en casetes, fueron Francisco de Chico Buarque, Plural de Gal Costa, Fruto de Elba Ramalho (con Dominguinhos), Txai de Milton Nascimento, Estrangeiro de Caetano Veloso, y, un poco después, 23 de Jorge Ben, que había alargado su nombre y ahora era Jorge Benjor. Los discos, incluso en el formato pequeño de las cintas, solían traer las letras de las canciones; aunque en algunos casos estaban sólo en inglés, porque la que llegaba a España era la edición internacional. Las letras formaban parte de nuestro placer: por la belleza y sensualidad en sí del portugués brasileño; por los fragmentos de significados que se dejaban entrever gracias a la cercanía del idioma; y también por aquellos errores que proyectábamos y que solían ser poetizantes. Con el tiempo fuimos desvelándolos. Así, esas “noches de encaje” que creíamos percibir en “Lua e estrela”, cantada por Caetano Veloso, y que en portugués resultó ser “noite é bem tarde”. O los “palcos de luz” de la canción “Vida”, de Chico Buarque, que escuchaba yo con tanta contundencia que llegué a escoger ese título para un libro de poemas que al final no escribí. Pues bien, esos “palcos de luz” eran “palcos azuis” [escenarios azules]. También Andújar tituló un libro de poemas con una traducción equivocada: Don de eludir, por “Dom de iludir” [Don de engañar]. Pero la confusión más llamativa fue la de otro de mis temas preferidos de Chico, “Bye bye Brasil”, que donde dice “Oh, tenha dó de mim” [Oh, ten piedad de mí], yo entendía: “Ordeñador de mí”.

Andújar hizo un corto viaje a Brasil con su familia a principios de los noventa y compró un montón de libros de partituras de canciones, con sus letras. Yo le pedí a mi amigo Nadales, que pasó unas vacaciones en Portugal, que me trajese un diccionario. Fuimos aprendiendo palabras, algunos rudimentos de gramática. Pero el empujón idiomático nos lo dieron las brasileñas que conocimos a mediados de la década. Por aquel tiempo empezó a hacerse habitual la presencia de inmigrantes en España, mayoritariamente latinoamericanos, y entre ellos muchos brasileños. A éstos, nosotros los acogíamos como si fuésemos compatriotas en el exilio.

La banda sonora de aquel tiempo de contactos personales con los brasileños (con las brasileñas) fue para mí Marisa Monte. Mi pasión por su música fue también una pasión por ella: una pasión sensual. Empezó en septiembre de 1994. Yo iba buscando otro disco, cuando vi el primero de ella, Marisa Monte, y lo compré. Fue un flechazo. Ya conocía del programa de Galilea “Preciso me encontrar”, pero la había escuchado poco. Lo mío por Marisa Monte fue un enamoramiento en toda regla. Me compré lo que había de ella hasta el momento: Mais y el álbum que sacó justo aquel otoño, Rosa e carvão. Hice copias, selecciones y apostolado entre mis amigos brasileñistas y no brasileñistas, como quien presumía de novia. En fin, ahora me avergüenzo bastante y esta vergüenza me recuerda justamente a la de Petrarca, en el soneto inicial de su Cancionero: “Que anduve en boca de la gente siento / mucho tiempo y, así, frecuentemente / me advierto avergonzado y me confundo; // y que es vergüenza, y loco sentimiento, / el fruto de mi amor sé claramente”. Contagié a mi amigo Weil, que se hizo también marisamontista (y pronto brasileñista en general), y juntos emprendimos un viaje a Madrid en noviembre de aquel año, desafiando una tempestad que nos sacudió por el camino, para asistir a un concierto que daba nuestra diosa en la capital. Aquel concierto fue espantoso, por el sonido, pero a mí me dio igual: me lo pasé entero recorriendo la piel de mi amada por medio de mis prismáticos. Después asistiría a otros conciertos suyos, ya sí impecables desde el punto de vista técnico: los de Granada en 1996, Málaga en 1998 y de nuevo Madrid en el 2000. He seguido comprándome todos sus discos desde entonces, y me sigue gustando, aunque mi admiración es ya sólo musical. Como dato curioso añadiré que mi debut absoluto en internet, guiado por una amiga en su ordenador, fue escribiendo la dirección de su página web: esa fue la primera que abrí, calculo que sobre 1997.

De entonces fue también la afición a Leila Pinheiro, cuyo Personalidade, aunque ya conocía, empecé a escuchar con fruición. Y el descubrimiento de Marina Lima, a la que hasta entonces sólo conocía como compositora de una de mis canciones más queridas de Gal Costa, “Eu acredito”. Otro descubrimiento fue el de los chicos de Banda Raça Negra, quizá los peores, musicalmente hablando, de entre todos los brasileños que nos han gustado nunca, pero por los que Andújar y yo sentimos enseguida debilidad; una debilidad emocionada, aunque no exenta de ironía. Era una música como de verbena, baja, en que unas letras tremendamente dramáticas eran desgranadas con una musiquilla frívola y pegadiza, gritona. Un desencaje pasmoso entre forma y contenido cuyo efecto nos resultaba arrebatador.



[Sigue: Autobiografía brasileñista (5)]