14.6.10

Autobiografía brasileñista (5)

En 1994 llegó otro disco fundamental: Tropicália 2, de Caetano Veloso y Gilberto Gil. Un disco modernísimo, en el que fue glorioso escuchar por primera vez aquel tema nacido directamente con el empaque de un clásico: “Desde que o samba é samba”. Se trataba de una de esas canciones-manifiesto, frecuentes en la música brasileña, que describen a la perfección las sensaciones que nos provoca tal música. Esta nueva decía cosas como “A tristeza é senhora / desde que o samba é samba é assim”, o “O samba é pai do prazer / o samba é filho da dor”; que enlazaban con el “Samba da benção” de Baden Powell y Vinícius (“É melhor ser alegre que ser triste / ... / mas pra fazer um samba com beleza / é preciso um bocado de tristeza”) y “Feitio de oração” de Vadico e Noel Rosa (“Sambar é chorar de alegria / é rir de nostalgia”). Ese entrelazamiento entre la tristeza y la alegría ha tenido un beneficio en mi vida que me resulta imposible cuantificar. Los años que fueron desde que terminé la carrera (en 1989) hasta que conseguí mi primer trabajo (1993), fueron oscuros, melancólicos. La música brasileña fue mi bálsamo. Su tristeza la aproximaba a mi tristeza; y los gérmenes de alegría que contenía la endulzaba y con frecuencia la eliminaba. Por lo demás, también en mi propia tristeza ha habido siempre gérmenes de alegría. No he sido un pesimista cenizo, sino chispeante: he tenido una desolación con burbujas.

Pero sí. Recuerdo aquellos años y, por encima del poso mediocre de los días, flota una luminosidad que es debida casi exclusivamente a la música brasileña. Cumplía la función del sol de invierno. Derramaba sensualidad en un cuerpo menesteroso. Creo que además, en un sentido muy profundo, me articulaba el alma: creaba conductos, pasillos transitables. La literatura cumplió también para mí esta función, desde un punto de vista sintáctico y léxico: le dio textura a mi espíritu, clarificó matices; pero la música brasileña fue un lubrificante luminoso. Literalmente, introdujo luciérnagas en mis zonas opacas.

Me acuerdo de unos meses particularmente abatidos de 1992, en que el asidero eran canciones como “Papel marché” (sic) de João Bosco o “Drão” cantada por Djavan; aquel renacimiento que recreaba la primera: “Dormir no teu colo / e tornar a nascer / violeta e azul / outro ser”. Con “Drão” y con otras como “Copo vazio”, “Minha senhora”, “Se eu quiser falar com Deus” o “Retiros espirituais”, descubrí al Gilberto Gil místico-intimista; me refiero al Gilberto Gil compositor, porque los temas estaban interpretados por otros artistas (respectivamente, el mencionado Djavan, Zizi Possi, Francis Hime, Gal Costa y Flávio Venturini). Las había escuchado en las selecciones del programa de Galilea y pertenecían al Songbook de Gilberto Gil, que fue el primero que me compré, para buscarlas. Las canciones de otro Songbook me sedujeron desde el principio: las del dedicado a Noel Rosa. Pero la explosión de mi pasión por Noel se produciría algunos años más tarde.

La primera vez que me detuve en su nombre, al margen de las que lo había visto escrito en los créditos de algunas canciones (“Adeus” en el Personalidade de Toquinho & Vinícius, o “Pra que mentir” en el Totalmente demais de Caetano), fue en “A Rita” de Chico Buarque, donde la tal Rita se llevaba, entre otras cosas del saqueo, “um bom disco de Noel”. “A Rita” la cantaba Gal Costa en Mina d’água do meu canto, álbum en el que se incluía “Como um samba de adeus”, compuesta conjuntamente por Chico Buarque y Caetano Veloso como despedida a Antonio Carlos Jobim, muerto a finales de 1994.

Me acuerdo de la noche de diciembre en que llegué a mi casa, me acosté con la radio encendida y Carlos Galilea anunció que Jobim había muerto. Dedicó el programa a poner sus composiciones, que me parecieron, según anoté en mi diario, “más tristes, más puras”. A partir de ese momento fui consciente de lo que la música brasileña tenía de “creación humana”. Había entrado de un modo tan incontestable en mi vida, con tanta naturalidad y tanta exuberancia, que me había limitado a acoger, agradecido, sus dones; sin pararme a pensar que no eran frutos espontáneos, sino que los habían creado unos seres humanos concretos. Y que, por ello, podrían no haber existido. Es una idea un poco obvia, pero me impresionó. Del propio Jobim yo sólo había escuchado su disco de Personalidade, que alternaba temas instrumentales y temas cantados. Me gustaba muchísimo, y recuerdo que, por ejemplo, regresando una tarde de Sevilla con mi padre, en coche, me quedé adormilado en mi asiento con el sol dándome en los párpados, y su música me transportó a estancias paradisíacas; volví en mí con un descanso profundo y una paz como pocas veces he vuelto a sentir. Sin embargo, no me había dado cuenta de la importancia verdadera de Jobim, de su peso.

Con el tiempo he aprendido que nos aficionamos a la música brasileña a través de la generación siguiente, la de Caetano, Chico, Bethânia, Gal, Milton, Gil, y que, aunque ellos en todo momento tuvieron presente a la generación anterior, a nosotros no nos llegaba con nitidez la jerarquía. Cuando uno irrumpe como aficionado en un mundo nuevo, con una tradición ya rica y formada, va conociendo al azar las piezas del puzzle, y sólo poco a poco va recomponiéndose el dibujo. Así, los principales clásicos de la bossa nova los conocí en sus versiones instrumentales del Personalidade de Jobim: “Garota de Ipanema”, “Corcovado”, “Insensatez”, “Chega de saudade”, “Samba de uma nota só”, “Meditação”, “Desafinado”... Hasta tiempo después no escucharía versiones cantadas: innumerables versiones cantadas.

Dos hechos marcan el final de este periodo algo caótico, y bárbaro, de conquista (que fue, en buena medida, no de conquista mía, sino de conquista de mí: fueron Brasil y su música quienes me conquistaban; como me colonizarían después): en el otoño de 1998 me fui a vivir con Nádia, una mineira (de Minas Gerais) con la que llevaba saliendo un año; y leí el libro de Caetano Veloso, Verdade tropical, que precisamente una amiga de Nádia me había traído, por encargo mío, de Brasil.

Caetano Veloso se había ido decantando durante todos esos años como uno de mis artistas brasileños favoritos; sólo comparable en mi devoción, quizá, a Chico Buarque. Había ido escuchando canciones sueltas y discos completos: Jóia, Outras palavras, Uns, Muito, Cinema transcendental... Justo en esos años de mi afición, había empezado a hacerse popular en España, gracias a su disco de temas en español Fina estampa; donde yo, por cierto, disfruté por vez primera con esas canciones que hasta entonces había desdeñado. Poco antes de su libro, había sacado el disco titulado Livro, haciendo uno de esos juegos de “intervención cultural” (conceptuales) que en su libro precisamente conocí y aprendí a valorar. En sus páginas quedaba claramente trazada su propia trayectoria, prendida a la vida de Brasil; así como la trayectoria del tropicalismo. Conocí también los orígenes del samba, conocí la esencia del carnaval y, sobre todo, conocí a João Gilberto y descubrí la importancia de João Gilberto.

Aunque parezca mentira, hasta entonces João Gilberto era para mí sólo un cantante. Un cantante excéntrico, personalísimo, que me gustaba pero que, no sé por qué, percibía como desgajado. Me resigno a que esta declaración sirva para contextualizar la pertinencia de que yo escriba artículos como éste; salvo que se entienda que no es un artículo de erudición, sino de pasión (de pasión desordenada –que se fue ordenando). El libro de Caetano Veloso, como me ocurriera con la muerte de Jobim cuatro años antes, supuso un aldabonazo para la restauración de la jerarquía. Comprendí que esa apariencia excéntrica de João Gilberto era, en realidad, el hilo puro que sintetizaba, y del que se nutría, la gran corriente de la música brasileña que a mí me gustaba.

En Verdade tropical, Caetano contaba el momento de epifanía que supuso para él la primera audición de “Chega de saudade” en 1958. En todas las biografías de músicos brasileños de su generación que leí después, había un momento similar. Yo de esa canción conocía dos versiones: la instrumental de Jobim y la cantada por el propio Caetano en Circuladô vivo; y me gustaba, pero no le había prestado una especial atención. Entonces, de algún modo, yo también sentí el contagio de “Chega de saudade”. Y aunque mi conocimiento fue tardío, y hasta negligente, también a mí me hizo iniciar una nueva etapa.



[Sigue: Autobiografía brasileñista (6)]