15.6.10

Autobiografía brasileñista (6)

4. La Colonización

Con Nádia viví entre Torremolinos y Madrid. Al margen de nuestra relación personal, que no viene al caso, para mí supuso una inmersión en la vida brasileña: desde el punto de vista del idioma, de la gastronomía, de los guiños culturales (presentes y pasados), de la sociabilidad, de la afectividad, del sexo, del humor. Con Nádia viajé dos veces a Brasil. En 2000 a Río, Belo Horizonte y Vitória; y en 2001 a Salvador y Río. Antes de emprender el primer viaje, Andújar me dijo, medio en broma, medio en serio: “Ir a Brasil acompañado es doble gasto y mitad de placer”. Probablemente tenía razón, pero estuvo bien así. El haber ido con Nádia me permitió conocer el país en muchos aspectos cotidianos que de otro modo no hubiera conocido. Me permitió desentenderme, además, de la parte enojosa de los viajes, que es la de la localización de los sitios y otras minucias prácticas, y casi pude vivir, desde el principio, como un brasileño más. Al menos, desde mi punto de vista. En Río, Belo Horizonte y Vitória pude camuflarme entre la población, y la prueba es que varias veces fui preguntado por direcciones (que, además, me sabía). En Salvador, en cambio, aunque la población era aún más afectuosa que en las otras ciudades, sí noté que me miraban como a un turista. Y al intentar hacerles ver que no, se me ponía aún más cara de bobo (existe constancia gráfica, en una foto en que aparezco con unos capoeiristas en el Pelourinho). Hace poco mi amigo Úbeda, que precisamente vive en Bahía, soltó una idea muy buena: “El turismo alternativo altera a los nativos”. De manera que me he reconciliado con mi imagen de turista común: al menos, pudo entenderse como una señal de cortesía.

Brasil me encantó. Y me enamoré, por encima de todo, de Río. En los dos viajes, me traje las maletas cargadas de discos y de libros. Entre éstos, varios que me hicieron conocer, ya de un modo riguroso, la historia de la música brasileña: Noites tropicais de Nelson Motta, Chega de saudade: a história e as histórias da Bossa Nova de Ruy Castro, Tropicália: a história de uma revolução cultural de Carlos Calado, y biografías de Antonio Carlos Jobim, Nara Leão, Ronaldo Bôscoli, Chico Buarque, Cazuza, Orlando Silva... Los más importantes fueron los dos primeros, junto con otro, monumental, que me regaló Andújar: la biografía de Noel Rosa escrita por João Máximo y Carlos Didier, que ofrecía además un fastuoso relato del Río de principios del siglo XX; y cuya lectura acompañé con la audición de las grabaciones originales de la colección Revivendo. Precisamente, mi pasión consciente por Noel había empezado, en 1999, con el disco que prepararon sus dos biógrafos: Noel inêdito e desconhecido. Enseguida adquirí la selección Samba sensual, interpretada por Cristina Buarque y Henrique Cazes, y los dos discos del VivaNoel de Ivan Lins. Y en Río conseguí, al fin, el Songbook de Noel Rosa, cuyos principales temas ya teníamos en las cintas del programa de Galilea y que es, probablemente, mi disco de música brasileña favorito de todos los tiempos. Aunque con una carencia: João Gilberto... el cual le rindió por su parte otro homenaje a Noel, al incluir en su disco de 1991 un tema que me había encandilado (antes de saber que era de Noel): “Palpite infeliz”.

João Gilberto ocupó al fin el puesto que le correspondía en mi escalafón brasileñista. Escuché muchas veces todos sus discos. Tras conocer su importancia por los libros de Caetano Veloso y Nelson Motta, descubrí también al guitarrista por el de Ruy Castro, en el que se consignaban los detalles de su búsqueda artística y las magnitudes de su logro. En julio de 2000 tuve además la ocasión de verlo actuar: en un concierto en Barcelona al que asistí con mi amiga Marga. Tres veranos después pude verlo de nuevo en Málaga, acompañándome mi amigo Losada en esta ocasión. En ambos casos, conociendo la tradición de sus plantes, me mantuve deliberadamente incrédulo hasta no verlo aparecer en el escenario; en ambos casos, estuve durante toda su actuación con el corazón en un puño, ante la posibilidad de que pudiera enfadarse y marcharse en cualquier momento; y en ambos casos, el concierto fue absolutamente maravilloso. En Málaga, además, cantó “Málaga”; acto irrelevante en sí, pero exclusivo: la única vez en su carrera que João Gilberto cantó “Málaga” en Málaga.

¿A cuántos conciertos habré asistido en todos estos años? Sólo lamento no haber visto a Chico Buarque ni a Gal Costa. Del resto, creo que están todos. Además de los ya referidos João Gilberto y Marisa Monte: Djavan, Carlinhos Brown, Ney Matogrosso, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Milton Nascimento, Daniela Mercury, Lenine, Tania Maria, Joyce, Margareth Menezes, Roberto Menescal con Bossacucanova, Moreno +2, Eliane Elias, Bebel Gilberto, Wagner Tiso, Olivia Byington, Vinícius Cantuária, Marcos Valle, Arto Lindsay, Márcio Faraco, Jaques y Paula Morelenbaum, Ivan Lins, Maria Bethânia, Chico César, Rosa Passos... En Bahía, además, durante el carnaval de 2001, vimos en el trio elétrico de Gilberto Gil, el Expresso 2222, a Jorge Ben, Marina Lima, Moraes Moreira y algunos de los anteriores. Una de las noches iba Caetano Veloso. Cantó, naturalmente, “Atrás do trio elétrico”; y después se produjo un momento efectista pero emocionante: mientras cantaba “Chuva, suor e cerveja”, sobre todos nosotros, que le seguíamos bebiendo cerveza y sudando, empezó a llover.



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