16.6.10

Autobiografía brasileñista (7)

Y, además, Adriana Calcanhotto, a quien he visto actuar dos veces: en 2004 en Madrid y en 2007 en Málaga. Ahora que caigo, éste ha sido el último concierto de música brasileña al que he asistido hasta ahora. Adriana Calcanhotto merece una mención especial. Durante los últimos diez años me he entusiasmado con Rosa Passos, Paulinho da Viola, Cartola, Ney Matogrosso (¡su disco sobre Cartola!), Nana Caymmi (¡no he hablado de Dorival!), Leny Andrade, Luiz Bonfá, Toninho Horta, Tim Maia, Tom Zé, Péricles Cavalcanti, Cássia Eller, Arnaldo Antunes; los Songbooks de Djavan, Ary Barroso, Marcos Valle, Edu Lobo, Chico Buarque (y su Chico ao vivo), João Donato (y su Só danço samba); Pixinguinha, los sambistas antiguos (¡“A voz do morro” en mi película brasileña favorita, Rio 40 graus!), los clásicos de la bossa nova, los músicos de jazz bossa nova como Milton Banana, Oscar Castro Neves, Bossa Três y Eumir Deodato, más el Brazilian love affair de George Duke; los discos Wave y Tide de Jobim, y el de Jobim con Sinatra... Pero, junto con las de Noel Rosa y João Gilberto, Adriana Calcanhotto ha sido mi gran pasión.

Desde los primeros tiempos de mi afición a la música brasileña estuvo presente. Adquirimos pronto, a principios de los noventa, sus dos álbumes iniciales, Enguiço y Senhas. Tuve temporadas de escucharlos mucho entonces. Me gustaban. Me resultaban sugerentes. Poseían un extraño toque original. Eran modernos. Pero les faltaba algo, rotundidad tal vez. No volvimos a saber nada de ella. Hasta que en el año 2000, en Río de Janeiro, vi dos discos suyos posteriores: A fábrica do poema y Maritmo. Tras algunos titubeos (hasta tal punto Adriana Calcanhotto no era todavía incontestable), los compré. En ese momento aún no sabía que iban a ser la banda sonora de mi nostalgia de Brasil. Durante los próximos meses no paré de escucharlos. Y lo mismo sucedió con los siguientes, que fui consiguiendo según salían: Público, Cantada, y Maré; además de la antología Perfil y Adriana Partimpim. Con ellos viví el amor y el desamor; mi duelo enquistado. Lo viví todo.

Echando la vista atrás, me doy cuenta de que mi afición brasileñista ha ido cabalgando sobre las transformaciones técnicas relacionadas con la música. Al principio escuchábamos cintas, y a veces (pocas veces) vinilos. Poco a poco fuimos adquiriendo cedés (los dos primeros fueron precisamente los de Adriana Calcanhotto). Los específicos de música brasileña no eran fáciles de encontrar entonces. Era necesario pedirlos a Tangará, la empresa de Barcelona especializada en Brasil. Poco a poco, los discos brasileños fueron ganando espacio en las estanterías. Hubo un momento de abundancia entre los últimos años noventa y los dos o tres primeros del 2000. Y de pronto, las tiendas y secciones de discos de los grandes almacenes empezaron a decaer, y algunas a cerrar. El espacio dedicado a la música brasileña se empobreció, hasta unos niveles desoladores... Pero lo cierto es que ya daba igual: porque por internet lo teníamos todo (ésta era la causa, claro está, de la decadencia de la venta de discos). Ahora, pues, lo tenemos todo: toda la música, todas las letras, todos los vídeos, toda la información. Nuestro propio proceso de aprendizaje, tal como aquí lo he contado, es ya una historia que nadie volverá a protagonizar de un modo parecido. (Aunque existirán, por supuesto, otros modos.)

Fuimos pasando también, para escuchar música por la calle (cosa que yo he hecho en abundancia), del walkman al discman, y ahora al ipod. En mi último viaje a Brasil todavía llevaba un walkman. Fue entre febrero y marzo de 2001 y Caetano Veloso acababa de sacar Noites do Norte. Mientras esperaba el despegue para el regreso a España, me puse a escuchar la copia en casete que me había hecho del disco. En mitad de la canción “Meu Rio”, la aeromoça me pidió que lo apagara, como era norma durante el vuelo. Así lo hice. Despegamos. Atravesamos el Atlántico y la noche. Ya en Barajas, esperando las maletas, pulsé el play del walkman sin pensar. La canción prosiguió justo por donde se había quedado, en Río. Como si no existiera la distancia.



[Sigue: Autobiografía brasileñista (y 8)]