17.6.10

Autobiografía brasileñista (y 8)

5. El (Quinto) Imperio

He dejado para el final el origen: Portugal. También en mi vida estuvo antes, encarnado en Fernando Pessoa. Y estuvo, sigue estando, la lengua portuguesa. En mis primeros años de afición brasileñista tuve un dilema: ¿con qué acento aprender el portugués, con el de Portugal o el de Brasil? Son acentos muy distintos, cerrado el de Portugal, abierto el de Brasil. Quien empieza a estudiar portugués, debe elegir inevitablemente. No sin vacilaciones, opté por el segundo. Desde entonces he hablado (aunque hablo mal) con el acento brasileño como modelo, y cuando leo a solas, me represento los sonidos con ese acento. Me matriculé en la Casa do Brasil de Madrid. Al principio me pusieron una profesora de Porto Alegre, que tenía una pronunciación ya muy castellanizada y, como es común en su tierra, decía “quente” [caliente] igual que en español y no como a mí me gusta: quenchi. Recuerdo que, tras las primeras clases, exclamé ante Andújar: “¡Yo para decir quente me quedo en mi casa!”. Por fortuna, me cambiaron de grupo. La nueva profesora, Mirian Lopes, decía quenchi, y era excelente (o excelenchi).

Durante el curso estudiamos también un poco de literatura brasileña. Mis autores preferidos son Machado de Assis, Clarice Lispector y Rubem Fonseca (Jorge Amado no me gustó al final); los poetas Manuel Bandeira, João Cabral de Melo Neto y los hermanos De Campos (de Augusto me trajo Hervás de Argentina su libro sobre bossa nova); y el último descubrimiento: el dramaturgo y periodista Nelson Rodrigues. Sobre éste escribió una magnífica biografía Ruy Castro, O anjo pornográfico, que es también un recorrido por casi todo el siglo XX brasileño (hasta 1980, en que murió el biografiado). De Ruy Castro traduje en 2008 su Chega de saudade, que editó Turner con el título de Bossa Nova. La historia y las historias: periodo en que profundicé en el idioma y en el movimiento.

Pero estábamos con Pessoa. Hay una cierta relación con Brasil: su heterónimo Ricardo Reis vivió en Río de Janeiro (ciudad que es, literalmente, una Lisboa tropical). Y con la música brasileña: con motivo del centenario de 1988, se editaron dos discos brasileños con adaptaciones de sus poemas: A música em Pessoa y Mensagem de Fernando Pessoa. Al tema y aliento de Mensagem, el sebastianismo, ya aludió Caetano Veloso en Verdade tropical. A mí a veces me ha gustado pensar, más en plan juguetón (o poético) que mesiánico, que Brasil es la encarnación del anhelado Quinto Imperio. Un imperio que, según señala Ángel Crespo en La vida plural de Fernando Pessoa, sería un imperio lúdico, “de carácter cultural, y no predominantemente militar ni político”.

También me ha gustado fantasear a veces, desde mi ignorancia musical, con que en la música brasileña se cumple el ideal musical de Nietzsche, tal como lo esgrime en sus opúsculos contra Wagner; que yo encontré, por cierto, en Río de Janeiro. Traduzco de tal edición brasileña, por ejemplo, estas líneas de las primeras páginas de El caso Wagner: “Esta música [se refiere a la de Bizet, y que yo aplico a la brasileña] es alegre, pero no se trata de una alegría francesa o alemana. Su alegría es africana: tiene sobre sí la fatalidad, su felicidad es corta, repentina, sin perdón”.

Hubo un momento en mi adolescencia en que dudé si inclinarme por Italia, en vez de por Portugal. Italia, la Florencia del Renacimiento, representaba entonces la vitalidad, el sol, la alegría; Portugal era en cambio el territorio de la melancolía y la niebla. Escogí el camino de Portugal, el del oeste. Y la lección fue que traspasando el oeste se encontraba otra Italia, más viva aún que Italia: Brasil.