2.6.10

La muerte en Poe (2)

1. La muerte en su vida

La de Poe es una de esas biografías que empiezan con la muerte: se cuente por el principio o por el final. Si se cuenta por el principio, encontramos en seguida la muerte por tuberculosis de su madre, Elizabeth Arnold Poe (antes Hopkins), cuando Edgar tenía poco menos de tres años. Si se cuenta por el final, como hace su biógrafo Georges Walter, nos asalta el misterio de la muerte del propio Poe: un misterio sórdido y desgarrador. Como es conocido, Poe fue encontrado semiinconsciente en una acera de Baltimore, después de una desaparición de seis días sobre la que no hay testimonios. Walter titula el capítulo inicial de su Poe, significativamente, “El tiro de gracia” , porque su muerte fue la culminación de una vida desdichada; y además, el comienzo de ese otro tipo de muerte que es la de una fama errónea.

Su vida fue sostenidamente fúnebre. Antes de su muerte, hubo muchas muertes. Cuatro muy importantes, que atacaron al núcleo de su estabilidad emocional: la ya mencionada de su madre (1811); la de su primer amor (platónico, edípico), la señora Jane Stanard, la “Helen” del famoso poema (1824); la de su madre adoptiva, Frances Allan (1829); y la de su esposa, Virginia Clemm (1847). Las cuatro murieron por enfermedad, y jóvenes; las que más, su madre y su esposa, que lo hicieron a la edad de veinticuatro años (ambas, por cierto, con un cuadro similar de miseria). A estas muertes hay que sumar la de su padre, David Poe (1810 ó 1811), que había abandonado meses antes a su mujer y a sus hijos; y la de su hermano mayor, Henry (1831). Paradójicamente, la única muerte que, por la herencia, podría haberle favorecido, la de su padre adoptivo, John Allan (1834), también resultó un duro golpe: Poe ni fue mencionado en el testamento; lo cual, aparte de privarle de los medios materiales con que soñaba, le explicitó con crudeza su orfandad esencial.

Este cerco de desapariciones, con sus consecuentes socavones afectivos, hubiera bastado para explicar su acentuada pulsión de muerte, por emplear la terminología psicoanalítica. Pero es que todo lo demás también parece abocarle a ella: el círculo vicioso entre depresión y adicción (que Poe remitía a la primera (3), pero que se reforzaban mutuamente), las dificultades económicas, la extenuación del trabajo, su condición de sudista aristocratizante (pero en la práctica desclasado), su idealismo estético-filosófico, y la tensión propia del artista extraño a su tiempo (adelantado a su tiempo), que le otorgaba un aire fantasmal entre sus contemporáneos. Por no mencionar sus presumibles tendencias congénitas, en que nos permite pensar la similitud de carácter con ese padre ausente. Junto con sus numerosas polémicas literarias (entre las que destacó la que sostuvo con Longfellow), protagonizó notables episodios de autosabotaje, el más sonado de los cuales fue la frustrada entrevista con el presidente de los Estados Unidos, John Tyler, en 1843: fue a solicitarle un puesto en la administración, pero arruinó su visita antes de llegar a verle, en una borrachera en Washington. Al terminar Eureka, en 1847, escribió: “He de morir. Ya no deseo vivir” (4). En 1848 intentó suicidarse con láudano. Y al año siguiente murió.

La sombra que cubre este último episodio de su vida impide conocer si fue un suicidio más o menos indirecto, provocado; o, lo que parece más probable, un homicidio. Éste sería, también según las probabilidades, impremeditado; aunque a causa de una agresión premeditada: la de los agentes electorales que lo habrían retenido y emborrachado para llevarlo a votar, según práctica frecuente en la época, y abandonarlo después. Una vez reconocido en la calle, fue llevado al hospital Washington College de Baltimore, donde murió tras cuatro días de agonía y delirios, el 7 de octubre de 1849.

Resulta interesante señalar el doble movimiento que, con relación a la verdad, tiene lugar a partir de entonces. Por un lado, la no investigación de la verdad sobre su muerte, por parte de la policía de Baltimore; por otro, la falsificación de esa muerte, así como de su vida, por parte de Rufus Wilmot Griswold. Es célebre el arranque del artículo que éste publicó en el New York Tribune del 9 de octubre, firmado con el pseudónimo de “Ludwig”:

Edgar Allan Poe ha muerto. Falleció anteayer en Baltimore. A muchos esta noticia les sorprenderá, pero a pocos les entristecerá. El poeta era muy conocido en todo el país, personalmente, o por su reputación; tenía público en Inglaterra y en varios países de Europa; pero pocos o ningún amigo. En él la pasión era el producto de las emociones más funestas y más contrarias a la felicidad de los hombres. No se le podía contradecir sin provocar de inmediato su cólera ni hablar de fortuna sin ver palidecer sus mejillas bajo los efectos de una envidia devoradora. [...] Alimentaba hasta un punto enfermizo lo que vulgarmente se llama la ambición, pero sin ninguna aspiración a la estima o al amor a su prójimo; sólo le quedaba el arisco deseo de triunfar –no de brillar ni de servir–, para poder despreciar un mundo que hería su suficiencia. (5)

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(2) WALTER, Georges, Poe, Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1995, p. 17.
(3) “Durante esos arranques de inconsciencia absoluta me di a beber, y sólo sabe Dios cuánto y con qué frecuencia. A resultas de todo ello, mis enemigos atribuyeron mi locura a mi afición por la bebida, en vez de atribuir ésta a mi locura” (POE, Edgar Allan, Cartas de un poeta (1826-1849), edición de Barbara Lanati, traducción de Miguel Martínez-Lage, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1995, p. 240).
(4) WALTER, Georges, op. cit., p. 395.
(5) Ibid., pp. 27-28.


[Sigue: La muerte en Poe (3)]