Jugada del tiempo
Adormilarse es morirse un poco, morirse con gusto. Y más si es en la siesta, con el ventilador encendido. Rendición sin condiciones. Hoy me acuciaban dos nostalgias, la erótica y la de la edad. Sobre la primera he escrito al volver en mí, descansado: "La peor nostalgia es la nostalgia de la piel, del abrazo, de la tetita, del culo; la nostalgia del beso y de la lengua; del cuello, del hombro, del ombligo; la nostalgia de la cintura, la nostalgia del vientre, la nostalgia del brazo; la nostalgia del pelo, del costado, de la mano, del muslo; la nostalgia de la mejilla, de la boca, de la ingle; la nostalgia de la humedad y la suavidad y el calor y el olor y el sabor del sexo". La segunda ha consistido en una conciencia acentuada de la trituración. Ha sido escuchando una mesa redonda de junio de 1975, que evocaba un mundo que ya era nostálgico y al que le han caído treinta y cinco años más encima. Me he tendido con los cascos puestos y las voces han ido caracoleando por mis intermitencias. Se trataba de la sesión de novelistas españoles contemporáneos (entonces) dedicada a Vicente Soto. De este autor no he leído ni sé nada, sólo su nombre y el título de su novela más conocida, La zancada, que ganó el Nadal el año de mi nacimiento, porque aparecen en los apresurados resúmenes de la literatura posterior a la guerra civil. Me ha sorprendido su dignidad. Y la descripción que hace en su primer turno de su vida en Londres: buenísima. Dialoga con él Dámaso Santos, un crítico que sé que murió. Después de escribir las líneas que he copiado al principio, he metido en Google el nombre de Vicente Soto: nació en 1919 y vive, con 91 años. Luego he introducido el del presentador, José María Martínez Cachero: me ha saltado su esquela fresca, porque resulta que murió ayer. No estaba previsto que me librase hoy de la nostalgia. En su entrada de Wikipedia figuraba sólo la fecha en que nació, y he sido yo el que ha escrito la nueva y última, como quien le cierra los párpados al difunto.
