9.8.10

Fuente de la Reina

He visto que este año pasará la Vuelta –exactamente dentro de tres semanas– por el Puerto del León. Ése es el puerto que solía subir en los noventa, muchas veces solo, otras en carreras con mi hermano y mis primos, y algunas charlando con mi amigo Weil. Es un puerto que me sé de memoria, sobre todo la vertiente de Málaga, pero también la de Olías. Sin embargo, no conocía su perfil. El nombre de "Puerto del León" lo aprendimos en aquella época, al leerlo en los carteles, porque por aquí siempre se ha dicho "subir a los Montes", o "subir a la Fuente de la Reina" ("a la Fuente la Reina"). Ahora se me aparece bonito, por la feminidad de Fuente y de Reina, y por lo simbólico; aunque el lugar en sí, al final de la subida, es de piedra un tanto aparatosa. Copio los pasajes de mi diario en que sale (el Mirador que también se menciona está justo a mitad de puerto, desde Málaga):

* * *
(20-IV-1993) Excursión con Weil en bicicleta. Hemos llegado casi hasta Colmenar. Conversación de bici a bici, intermitente, por la carretera de los Montes. Me ha sorprendido la cantidad de cosas que Weil sabe del campo. He aprendido a nombrar algunas: tagarninas, cernícalos, gamones. Recuerdos, retazos de un día memorable: el placer de la comida en la venta tras el esfuerzo físico, el paisaje de la Axarquía desde lo alto, las variaciones del cielo... Ya al final de la tarde, cuando regresábamos, se nos ha pinchado una rueda en la bajada y hemos tenido que llamar a mi padre para que viniera a recogernos con el coche. Yo me he quedado con la bici buena y me he lanzado por delante a una velocidad extraordinaria, como no lo había hecho nunca. La sensación de ir carretera abajo sin peligro, como un viento.

(1-VI-1993) [...] Por la tarde he cogido la bicicleta y me he puesto a subir los Montes. Pensaba llegar a la Fuente de la Reina, pero cerca del Mirador se me han quitado de pronto las ganas de seguir. Una especie de abulia, tampoco demasiado poderosa.

(23-X-1994) [...] He subido con Weil a los Montes por la carretera de Olías. Grata conversación, mientras pedaleábamos, en esta luminosa mañana de domingo. Le he recomendado la lectura de Augusto Monterroso, aunque al tratar de recordar historias concretas para contárselas me he dado cuenta de que ya se me han olvidado la mayoría. Luego nos hemos parado a almorzar en una venta que hay por encima del Mirador, desde la que se veía el mar resplandeciente y la ciudad al fondo. Agradable sensación, después en el descenso, de ir en la bici con el estómago lleno de lomo con patatas y la cabeza nublada por el vino.

(19-VI-1995) Subida al Mirador en bicicleta. Desde arriba, la ciudad a través del filtro morado de las gafas. El mar no se distinguía del cielo, por lo que Málaga parecía flotar en el vacío. Luego, más abajo, una fugaz sensación de dicha al recibir el aire en el rostro y escuchar el rumor de los eucaliptos.

(19-VIII-1996) Día de ayuno. Por la mañana, subiendo en bicicleta al Mirador, me he zafado en cierto instante de los pensamientos y he hundido la cabeza para contemplar mis propias pedaladas, como el ciclista ético de Duchamp; un cosquilleo vivificador me ha recorrido entonces el espinazo. Desde arriba, luego, la visión rutilante y neblinosa de la bahía.

(18-IX-1996) Subida con Weil a la Fuente de la Reina. El descenso nos ha ocupado justo la última media hora de sol. Por las curvas de arriba se veían a lo lejos las hileras de montes, como decorados de teatro, diluidos en un polvo dorado que les daba un aire fantasmal. De vez en cuando, ráfagas de luz, como lingotes de oro ingrávido, filtrándose por los eucaliptos. El mar y la ciudad cada vez más cercanos, en sucesivas capas, hasta que al final, llegando casi al fondo, ya sin sol, los edificios aparecían diáfanos, amoratándose, con los faros y las primeras luces encendiéndose en las diminutas ventanas. La transición impecable de la tarde a la noche, observada –vivida– desde la bicicleta.

(25-VII-1997) [...] Me acuerdo también de otro momento simple de felicidad compartida, en esta ocasión con mi hermano. Fue una tarde de verano en que bajábamos los dos en bici por la carretera de los Montes. Yo le veía a él dando las curvas por delante, cortando el viento; y de pronto me sentí conciliado con la vida.