22.9.10

Dramas familiares

Para despedir el verano me he metido en el lodazal de dos dramas familiares: el de Alexander Herzen (ruso) y el de José Donoso. El primero lo describió él mismo en Crónica de un drama familiar; y el segundo la hija de Donoso, Pilar Donoso, en Correr el tupido velo. Son dos lecturas pringosas. Se aprende mucho del ser humano en ellas, aunque la lección es turbia. Hay un puente involuntario entre ambas: quien provoca el drama familiar de Herzen, el poeta alemán George Herwegh, es muy parecido a Donoso. Son dos seres menesterosos y caprichosos, neuróticos, manipuladores. Artistas, en el sentido lamentable de la palabra. Fatalmente, las mujeres pican: la de Herzen con Herwegh, la de Donoso con Donoso. Pero otras son más avispadas, como la de García Márquez, que condesciende con los escritores: "Cómo sufren, pobrecitos...". Copio al paso una declaración despampanante de Rita Macedo, la ex de Carlos Fuentes:

Ya no tengo edad para gozar lamiendo a un señor de la cabeza a los pies. Por eso no busco amante, ni lo quiero. Prefiero entretenerme con cosas menos humillantes, como las conversaciones y la música, y dejarle eso a los niños.
¡Admirable! Eso solo recompone nietzscheanamente el libro. El resto es chapoteo en debilidades. Aunque para ello hace falta fortaleza. Correr el tupido velo me lo mandó mi amigo Josepepe de Bélgica; el mismo ejemplar –de la edición chilena– que le sirvió para la reseña de su blog. Como bien dice: "No se lee una biografía (una verdadera biografía, se entiende, no una hagiografía) sin salir del libro harto del personaje y de sus neurosis". Es el efecto de la excesiva intimidad. Pilarcita escribe al principio: "creo en el olvido como parte de la supervivencia". Pero con este libro la superviviencia se la ha puesto cruda. No sé si se extinguirá el fantasma, o si se habrá corporeizado. En mi caso, que no he leído a Donoso (con excepción de la Historia personal del 'boom'), sus gesticulaciones suceden en el vacío y no se posan en nada. Son como el ademán del arte pero sin el arte. El día que lo lea, quizá encuentren una pista de aterrizaje en mi estimación.

Para Herzen, en cambio, sí me ha bastado este librito, que en realidad es un extracto de sus "monumentales memorias", Pasado y pensamiento. Aunque ya conocía su nombre, de Herzen empecé a saber por el excelso artículo que le dedicó Isaiah Berlin en El estudio adecuado de la humanidad. Transcribo la referencia al material recogido en esta Crónica. Después de mencionar que el poeta Herwegh sedujo a la mujer de Herzen, sigue Berlin:
Las opiniones progresistas y un tanto shelleyanas de Herzen acerca del amor, la amistad, la igualdad de los sexos y la irracionalidad de la moralidad burguesa, fueron puestas a prueba y rotas por esta crisis. Casi se volvió loco de dolor y celos; su amor, su vanidad, sus opiniones más profundas acerca de la base de todas las relaciones humanas, sufrieron un choque traumático del cual nunca se recuperó completamente. Hizo lo que muy pocos hicieron nunca: describir cada detalle de su agonía, cada paso de su cambiante relación con su esposa, con Herwegh y la esposa de Herwegh, como le parecían retrospectivamente; anotó cada comunicación ocurrida con ellos, cada momento de cólera, de desesperación, afecto, amor, esperanza, odio, desprecio doloroso y suicida autodesprecio. Cada tono y matiz de su propia condición moral y psicológica se pone en altorrelieve contra el fondo de su vida pública en el mundo de exiliados y conspiradores franceses, italianos, alemanes, rusos, austriacos, húngaros, polacos, que se movían fuera y dentro del escenario en el cual él era el héroe central, absorto en sí mismo, trágico.
Herzen empieza con unas impresiones vívidas y lúcidas de los momentos que siguieron al fracaso de la revolución de 1848. Después se desencadena el drama, y dice (siete años después):
Hubo un tiempo en que juzgaba con severidad y apasionamiento al hombre que destruyó mi vida; hubo un tiempo en que deseaba sinceramente matar a ese hombre... Desde entonces han pasado siete años; verdadero hijo de nuestro siglo, he consumido el deseo de venganza y enfriado mi concepción impetuosa con un prolongado e ininterrumpido análisis. En esos siete años he conocido mi límite personal y el límite de muchas otras cosas; por eso, en vez de un puñal, cojo en mi mano un escalpelo, y, en lugar de imprecar y maldecir, me dispongo a escribir un documento de patología psíquica.
El propio Herzen le había dado antes un nombre: la enfermedad de la verdad. Pero, aunque yo también tiendo a la introspección y el enfangamiento, añoro ahora el roce de un sol fuera del cráneo. Como escribió Gimferrer: "Si pierdo la memoria, qué pureza".