10.9.10

Otoño de Montaigne

Ha llegado el momento de ponerse con Montaigne. Hay autores que son "de los míos" pese a que no los he leído apenas: Montaigne es uno de ellos. Bernhard lo fue también durante bastantes años. Están ahí, como un mar, los miras, metes a veces sólo un pie o una mano, te mojas la cabeza y sabes que llegará el día de la inmersión. Lees sobre ellos, aunque no los lees a ellos: pero no hay prisa, o hay pereza. O hay la tranquilidad de saber lo que sucederá. Y sucede. Hubo al fin un verano de Bernhard, el de 2004, y ahora habrá un otoño de Montaigne. Saco el volumen de Acantilado. Leo los prólogos; copio esto del de Compagnon:

Montaigne se retiró para reencontrarse, para "conversar consigo mismo, y detenerse y fijarse en sí"; en lugar de esto, topó con la melancolía, con "quimeras y monstruos fantásticos", y se puso a escribir para curarse; empezó a llevar un registro de sus lecturas como los ascetas de la Antigüedad tardía pagana y cristiana. Consignando ejemplos, pensamientos y citas en carnés, la introspección de Montaigne no fue en principio nada personal. El yo no le preexistía; al contrario, se trataba de constituirlo a través de las lecturas y la escritura. En Los ensayos, la escritura sobre uno mismo es inseparable de la constitución de uno mismo.
El sueño del libro gordo: que pase mucho tiempo en su lectura, una época; y que cuando se termine, uno esté cambiado.

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La torre de Montaigne, no de marfil sino de piedra. Iñaki Uriarte, montaigneano autor de Diarios (1999-2003), se fotografió allí:



Eduardo Jordá me ha mandado otra que sacó hace cuatro años. La pongo tras "Los últimos días de Montaigne", un poema de su libro La estación de las lluvias, que es uno de los seleccionados para la antología Pero sucede, que edita ahora Renacimiento:
Cuando empezó septiembre, bajó el río
más crecido, y llegó un hombre de Italia
con intención de verlo. Muy débil de la vista,
malo el oído, peor el aliento,
perdido el paladar y la memoria,
no quiso ver a nadie: "Estoy de viaje".
No le gustaban ya las tardes frescas
ni las primeras lluvias, él, que como los patos
amaba la humedad y el barro dócil.
Desdeñó ver el huerto de manzanos
y acariciar las uvas rojas, fuertes
como sus gruesos cálculos biliares.
Con la mano alejó a su secretario
que entraba con un libro de Platón.
Las ocas epicúreas engordaban.
El viento era jovial. Pero los hombres
mataban por disputas teológicas.
Cada nube era un signo sin sentido.

Y un día le asaltó la parálisis.
Su lengua fiel se volvió sediciosa
y obstinada, igual que un hugonote.
Escribía: "Traedme mi caballo",
"Mi jubón", "Mi orinal", "Mi libro", "Basta".
Hizo llamar a tres de sus vecinos:
quería despedirse. Iba en contra de sus consejos,
pero contradecirse era su orgullo.
Puso una nota más en los "Ensayos"
rebosantes de notas añadidas.
Pidió que lo llevaran hasta su biblioteca,
y no pudo. En la cama, a solas,
añoró a Mademoiselle de Gournay. Rozó su frente,
por desgracia intocada, y se maldijo.
Su lecho olía a fósforo y a nada.
Lamentó todo aquello que iba a dejar atrás:
las colinas de Roma, un rey benévolo,
su posada en París, el fuego de sus amigos.
Se arrastró a la ventana. El horizonte
era un hombre obcecado. Los labriegos
mentían a sus hijos. Quiso oír misa.



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(1-X) Ha vuelto a faltarme inspiración para leer.