Candelas en los cuernos
Los correbous huelen ya como pescado podrido. Cuando apareció la noticia de que el Parlament los había blindado, después de haber prohibido las corridas de toros, quise escribir del asunto (¡como un columnista más!). Pero mis ocupaciones no columnísticas me lo impidieron. Tomé algunas notas, sin embargo, que armo aquí ahora malamente.
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La protección legal de los correbous en Cataluña no es más que una manera de cerrar el significado de la prohibición de las corridas de toros. Son dos frases del mismo mensaje. La neurosis nacionalista no podía dejar abierto el sentido de la medida anterior: no podía permitir que la prohibición de las corridas de toros pudiera leerse, en efecto, como una defensa de estos animales; era imprescindible afianzar (¡explicitar!) que se trataba de otra cosa: contribuir a la diferencia, a la separación de España. La patología nacionalista se aprecia en el tinglado que montaron en el Parlament, con aquel ridículo despliegue de Wagensbergs con banderillas: esos mismos Wagensbergs que no aparecerán ahora con candelas en los cuernos. Se trataba entonces de acentuar aquello otro, para que posteriormente chirriara más esto. Una bofetada conceptual diseñada para hacer daño.
Aunque no creo que haya un diseñador frío detrás; una especie de Mariscal estratega trazando un caminito de Cobis. El nacionalismo es tan patético, que necesita de la cursilería y la fe reales. Si faltan estas y se abre un huequecito en la mollera del nacionalista, este simplemente dejará de ser nacionalista. O, lo que es lo mismo a efectos prácticos, dejaría de tener el nacionalismo como el componente fundamental de su vida: se convertiría en una persona normal. Lo que me parece, pues, es que estas cosas suceden por una lógica exenta. El nacionalista pone su corazón, pero la dinámica va sola. O sea: yo creo que el nacionalista realmente cree que las corridas de toros son malas para el toro. Pero porque se trata de una tortura española. Con los correbous, en cambio, el animal no sufre: porque el hecho de que sea una tradición catalana actúa de bálsamo anestesiante sobre el bicho. Tenía apuntado un pequeño desarrollo a la atlética manera sobre si algunos nacionalistas no considerarían que el bou incluso disfruta y blablabla, pero paso. Menudo coñazo el de esta panda; y el de los que nos picamos también. Si quieren más, lean lo que puso Desierto Polaco en su blog (él es catalán, de Barcelona).
