18.5.10

La vida se complica

Me dice una amiga que ha colgado en el corcho de su despacho este titular de prensa: “La vida se complica”. Fue al día siguiente del recorte a los funcionarios, en que pareció que al fin la cosa se ponía seria desde el Gobierno. Entre una cosa y otra, no sé si por saturación, he empezado a notar un sentimiento extraño: creo que me he enamorado de la crisis.

Desde el principio se ha estado repitiendo la matraca de que en chino “crisis” significa “oportunidad” (me asomo ahora y veo que la combinación tiene cinco millones y medios de googles). Ese ha sido el discurso de los voluntariosos del “medio llena”, en plan filosofía de salón –y con algo de vendedores. Ayer vi el cartel de una conferencia que se anuncia en mi ciudad: “¿Por qué los budistas son felices?”. Lo ilustra el careto de un esforzado hombre feliz, que no sé quién es pero al que le cuadraría un uniforme nazi. Mi enamoramiento de la crisis viene por lo contrario: por el principio de infelicidad que procura.

La vida se había simplificado en exceso. En España, y no digamos en Andalucía, las encuestas sobre la felicidad de la población dan unos porcentajes altísimos: de en torno al setenta por ciento. En el último Barómetro de la Felicidad (sic) sale que España es el segundo país más feliz de Europa, sólo superado por Rumanía (¡la tierra de Cioran!). Un dato espectacular: el 89% de los jóvenes españoles están contentos con sus vidas. En fin, ¿qué añadir? Uno conoce a los españoles y sabe en qué consiste su felicidad: cuál es su nivel. Si eso es felicidad, un poco de infelicidad no les sentaría mal del todo...

El caso es que la realidad asoma. Yo llevaba un tiempo con ganas de abandonar mi Conciencia de lunes y me parece que esta es la ocasión: porque se da un eco con la primera que escribí, “La batalla de la realidad”. Creo que se trata de una batalla perdida, y que cuando la realidad se imponga será para aniquilarnos definitivamente. De hecho, ya están produciéndose nuevas operaciones de encubrimiento (con la propaganda político-periodística, las ilusiones del fútbol –que tendrán su apoteosis en el Mundial–, el festival del guerracivilismo y el de los nacionalismos, etcétera). Pero no ha estado mal esta semana en que los españoles han tenido un atisbo siquiera de que, por citar por última vez al mentor de esta página, "la vida iba en serio".

[Publicado en Frontera D]

16.5.10

Marco Polo en Ronda

Para Txani, por la espera

El 16 de marzo estuve por primera vez en Ronda. Me avergonzaba no haber ido antes; pero también me hacía gracia ser un Marco Polo de la propia provincia. Era un martes de preprimavera. Con el invierno aún fresco, parecía que se trataba de la onda expansiva de la primavera futura, que se infiltraba en el presente. Tuve suerte con el sol, que acompañó toda la jornada; aunque con capotazos oscuros de las nubes. En el autobús iban dos damas europeas, con sombrero, y pensé que ninguna otra población malagueña selecciona turistas así. Tampoco solemos tener unos campos tan verdes como los de aquella mañana. Los miraba mientras escuchaba por los auriculares una conferencia de Claudio Guillén sobre Montaigne. En un momento dado dice el conferenciante: "lanzarse al vacío, casi sin paracaídas". Antes de oírla, había logrado leer una frase del libro de otro viajero: "una fuerza de gravedad hacia lo alto". Y ese doble peso, esa intersección, fue lo primero que sentí cuando pisé Ronda: elevación, pureza de la elevación; y a la vez visión y magnetismo de las profundidades. Ronda me pareció una suerte de plataforma metafísica; pero de una metafísica no especulativa sino sensorial. Transparente.

Viajé en el autobús por la mañana y mi idea era regresar a última hora en el tren, para ir leyendo. Pero en la estación me dijeron que había que hacer transbordo en Bobadilla, que el margen era sólo de diez minutos y que, si llegábamos tarde, me quedaría colgado hasta el día siguiente. Pasar una noche en Bobadilla era de un malditismo tan sin recompensa, que decidí volver también en autobús.

Hace dos meses de aquello y le prometí a Txani Rodríguez un recuento del viaje, que he ido postergando. Txani es de Llodio, pero pasó parte de su infancia en Ronda. Durante mi visita fui tomando apuntes para escribir después algo más elaborado. Ahora, al repasarlos, me parece que es mejor apoyarme en ellos para emitir pinceladas impresionistas.

* * *
Al asomarme por primera vez al balcón, con la conciencia de haber ido tan tarde, me formulo: abismo aplazado.

Impaciencia al principio, en tanto aparecen las imágenes conocidas: las postales.

En la explanada que hay ante la plaza de toros han puesto una meta y calles como para una competición deportiva. Hay también un amenazador escenario.

La estatua de Blas Infante me pone de mal humor. Si se hiciera una lista de los trescientos mil andaluces más importantes de la historia, Blas Infante estaría en el puesto trescientos mil. Es un tontaina, un curilla, que se subió al carro de la cursilería triunfante. Su fusilamiento fue una desgracia, pero no sólo para él: también para nosotros, que ahora nos tenemos que comer al mártir con patatas.

Voy caminando por la cornisa. Literalmente, el borde de la ciudad. Enfrente, al otro lado del valle, la Serranía: como un biombo del horizonte.

Excursión de un instituto. Pasan por el Puente Nuevo. Una chica, que andará por los trece, le pregunta al profesor: "¿Éste es el balcón del cooo...?". No completa la palabra. El profesor sonríe: "No, éste es el Puente Nuevo".

Me quedo asomado un rato. Viendo correr el agua. Duchamp (y yo pensando por él) lo hubiera visto como una gruta vaginal. Pienso: caída, antierección. (Éste, en realidad, es el genuino balcón del coño.)

En la entrada del Museo Lara, junto con la Sala de Armas y la Sala Científica, se anuncia una Sala de Relojes.

Al pasar ante una tienda, cazo la frase de un lugareño: "Tiene el pulmón estrecho del humo".

Casa del Gigante, plaza del Gigante.

Estatua de Vicente Espinel. Había olvidado que era de aquí. Me viene un sonsonete del colegio: "décima o espinela".

Una fachada luce la distinción del primer premio al embellecimiento de fachadas. Miss Fachada.

Al adentrarme caigo en la cuenta de que no pasaba por calles así desde que estuve en Asilah. Allí todas las tardes me daba un paseo por la Medina pensando en las calles andaluzas. Pero en Málaga no las hay: sólo en los pueblos.

La música callejera es un coñazo, como en todos los sitios; pero aquí se ajusta a una elegancia: la de esa Andalucía o España que se vende en el extranjero, y que es la que da también Almodóvar en sus películas. Albéniz, Tárrega, Rodrigo. Cuando el guitarrista se calla, puedo escuchar el borboteo de la fuente, que es superior.

Es en la plaza de María Auxiliadora. Nunca me había parado a pensar en ese adjetivo: auxiliadora.

A mis espaldas, una anciana del pueblo le dice a alguien: "El jardinero está hoy labrando el jardín". La aplicación de esa palabra, labrando, por parte de una persona cuya vida ha debido de estar más cerca del campo que de los jardines.

Me detengo ante el Palacio de Mondragón. Una profesora les explica a sus alumnos que es del siglo XIV, que en su interior hay un laberinto de subidas y bajadas, que hay un pasaje subterráneo secreto y entonces grita: "¿Queréis callaros?". Dos niños estaban hablando, sí: pero no muy alto. Se adueña de mí un agotamiento hacia toda pedagogía posible e imposible.

Encuentro nombres que me suenan de toda la vida como calles de Málaga: Trinidad Grund, Duquesa de Parcent...

Me alegra estar caminando solo, a mi aire, semidistraído. Me doy cuenta entonces de lo mucho que me cansa viajar con compañeros que señalan hacia aquí y hacia allá. Como Curro y Almudena, que hace tres años en Villafranca del Bierzo se volvían locos señalando "casas blasonadas". Seguro que me estoy cruzando con cientos de casas blasonadas, pero se me da una higa.

Mantengo también, naturalmente, mi rabiosa consigna de "¡Nada cultural!". Sólo flaqueo un poco al pasar ante el Museo del Bandolero. Pero me reprimo.

Llega la hora de comer y dudo si sentarme en algún restaurante "del lugar". Leo en un cartelón: "lentejas a la rondeña". Y en ese momento decido comer en el McDonald's que vi antes de cruzar el puente. Probablemente será una modalidad exquisita, pero me niego a encomendarme a la mera indicación local. El "a la rondeña" se me aparece, de pronto, como una proposición preilustrada, oscurantista...

El McDonald's , en cambio, es puro siglo de las luces: ¡el esperanto de la gastronomía! En el piso de arriba, además, hay una ventana con vistas estupendas. Me asomo y pasa por debajo un ave negra, quizá un cuervo. Mientras degusto mi Big Mac, reflexiono sobre mis manías alimenticias. ¿No serán el síntoma de una merma del espíritu? Visualizo entonces a algunos gastrónomos que he tenido la ocasión de conocer, el suplicio que fue siempre comer con ellos, esa sensación de ser el comparsa de la copulación de esos narcisistas (¡anales!) con sus platos, y concluyo que el espíritu de ellos sí que está mermado. El Bulli produce espíritus basura, mientras que la comida basura produce artistócratas del espíritu...

Recibo una llamada de Nadales. Al saber que estoy en Ronda, me dice: "¿Qué, has ido a buscar al banderillero?". Se refiere al siniestro falangista que, en los comienzos de la Guerra Civil, toreó aquí a un republicano, poniéndole banderillas y todo lo demás. La tortura la cuenta Javier Marías en Tu rostro mañana, y Nadales y Jordá están tratando de averiguar la identidad del individuo. Me habla también de los suicidios desde el Tajo (dato que sabe de los años en que vivió aquí): cada año y medio se produce uno.

Busco una terraza donde tomar el café: están todas llenas. Si esto es así un día de entresemana de marzo, no quiero ni imaginar lo que será en vacaciones.

Durante mi paseo me he estado cruzando, además de con los turistas extranjeros y los grupos escolares, con individuos vestidos con monos naranjas. Corrían de acá para allá, consultando un papel con instrucciones, de un modo francamente desagradable. Ahora están todos ante la plaza de toros: para ellos era el montaje que vi al principio. Hay cientos de ellos, hombres y mujeres, y suena una música estruendosa. Se trata de un concurso de la Junta de Andalucía. Paseando por Ronda se aprecia de inmediato qué es lo que vende aquí, por qué vienen los turistas: elegancia, sosiego, música estilizada. Y llega la Junta a montar un insufrible pifostio... Blas Infante sonríe, con sus gafitas.

Uno de la organización se ha retirado a los jardines. Habla por un móvil con aire de conspiración y oigo algunas frases al pasar por su lado: "Estoy deprimido con eso... El proceso es que no se enteren... Es que a mí me encanta veros a vosotros".

Recuerdo y anoto una frase de Juan Ramón Jiménez que se decía en la conferencia sobre Montaigne: "Mi gran obra es el arrepentimiento de mi obra".

Me acomodo al fin en el sitio ideal: una mesa de la terraza del Parador, ante la barandilla del Tajo. Pido un café solo y un J.B. con hielo. Estoy al solecito, hace calor. Me quedo en manga corta, por primera vez este año. Enciendo un purito. Me pongo los auriculares y ahí me quedo un par de horas, escuchando a Ludovico Einaudi y Rosa Passos. Me encandilo con la versión de ésta, que no conocía, de "Papel maché". La escucho varias veces.

Desde donde estoy se ve el paisaje de esta foto, aunque con sol. Las personas que se asoman a aquel balconcito de perfil parecen suspendidas en el aire.

He pedido un segundo whisky. Estoy feliz. Se nubla intermitentemente. Me adormilo y el camarero me avisa de que cierran la terraza. Pago. Entro a mear. Cuando salgo tienen que abrirme la puerta de la calle, porque no sabían que yo estaba dentro.

Una niña pequeña a la que llevan en un carrito repite, como un mantra: "Ya, ya, ya, ya". No logro saber si es una alemanita diciendo "sí".

En la explanada de la plaza de toros ya no está la multitud de anaranjados: sólo un grupo de jóvenes de negro desmontándolo todo. El jefecillo, el típico espabilado dinámico, con melenita, grita consignas: "Vamos que se va el día... Os veo un poquito lentas, chicas... Venga, que me estoy aburriendo". El trasiego de las piezas metálicas es rápido. Las acomodan en el camión. Yo me fijo en una chica alta y fibrosa, guapísima, que acarrea ella sola unas cuantas varas.

Anoto el letrero que hay en el monumento al toro: "Al toro de lidia, pilar de la fiesta, de la cultura y la historia de un pueblo".

Rodeo por primera vez la plaza, desde fuera. Las banderolas están por uno de sus lados en inglés: "The Bullfighting Museum". Todo tiene que ver ya con los toros. Restaurante Los Capeas. Una estatua de Pedro Romero a cuyo pie pone: "El cobarde no es hombre y para el toreo se necesitan hombres".

Alameda del Tajo, por donde entré esta mañana. Después de los jardines, un convento con un indicador macabro: Capilla de la Mano de Santa Teresa.

Las calles están limpias, no sucias como en Málaga. Ronda tiene algo de Córdoba o Sevilla: ciudades con habitantes más orgullosos de ellas que los malagueños de la suya. Y quizá son así por el orgullo de sus habitantes.

Me dirijo hacia el Hotel Victoria, del que tanto me ha hablado mi amiga Francis, y por el camino encuentro la primera mención de Rilke: Inmobiliaria Rilke. Más arriba: Papelería Rilke. Veo también un Pasaje de Hemingway. Y antes: el nombre de Antonio Ordóñez.

Otro elemento que faltaba: la Caja de Ahorros de Ronda. Por la mañana, desde el autobús, había visto la sede. Ahora, en una placita elevada, un monumento a Juan de la Rosa "erigido por suscripción popular". Reconozco la estatuílla de una niña lectora que aparecía en antiguos calendarios.

Traspaso la entrada del hotel. Bordeo el edificio y salgo a un jardín trasero, que da al Tajo. Allí está la estatua de Rilke. Queda por delante de una orla en la que pone "Barbacoa-Grill". Me formulo: Grill-ke. Al pie de la estatua viene una frase del poeta, que empieza: "del río en el abismo del tajo, reflejando las desgarradas luces de la altura (y de mí)...". Estuvo aquí en 1912. Casi un siglo ya.

Sólo hay un hombre, que se va pronto. Me siento en un banquito del mirador, ante la barandilla. Sigue haciendo sol, aunque ya empieza a refrescar. Fumo. Contemplo los reflejos de las luces en el río de abajo. Llega un matrimonio joven con un bebé, pero sólo están unos momentos. Del libro que llevaba en el macuto, El amor al nombre, de Martine Broda, leo los capítulos dedicados a Rilke: "Rilke y el amor intransitivo", "Rilke y el lirismo sublime". Mi idea es estar sólo un rato, y pasear después una hora más por el pueblo. Pero me voy quedando, quedando, y al final espero a que se ponga el sol. Esto será pues, para mí, lo último de Ronda.

Por la Serranía, el horizonte queda aquí a la altura de los ojos: el sol se pone enfrente. Observo este espectáculo nuevo para mí: el ensombrecimiento del valle. Cómo le va faltando la luz. De pronto hace frío, el viento mueve los árboles, los animales se alteran. Pienso: el trauma del crepúsculo.

10.5.10

Termina mal

El pasado lunes Félix de Azúa escribió un tremendo artículo que tenía la virtud de decir la verdad, de resultar exacto. El tremendismo vuelve ser el modo adecuado de referirse a España. Era previsible una negrura así, puesto que el presidente Zapatero sostuvo su última campaña en un optimismo insensato; y ganó. No conviene olvidar esto: los españoles votaron optimismo. Contra los signos de la realidad, votaron la sonrisa. Y tacharon de cenizos a los demás: el pesimismo, como recuerda Azúa, se consideró antipatriota.

Ahora en Libertad Digital se ríen, con razón, de aquel vídeo promocional de la alegría. “Hay que defender la alegría frente a los cenizos, ¿no?”, sigue afirmando en él Víctor Manuel, con su indeleble tristura. No se trataba, claro está, de la alegría trágica de los griegos, que celebraba Nietzsche: una alegría alzada sobre la comprensión de este mundo brutal; sino más bien del zumo tibio de Disneyworld, endulzado con la mentira. Leí el artículo de Azúa justo después de la correspondencia de Jaime Gil de Biedma, de la que hablé la semana pasada. En ella hay varios pasajes que podrían traerse a propósito. Por ejemplo éste, que parece escrito contra la tendencia al lirismo de los artistas del vídeo, así como de su beneficiario:

Porque la prosa, además de un medio de arte, es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora, y no se puede jugar con ella impunemente a la poesía, durante años y años, sin enrarecer aún más la cultura del país.
Tras citar estas frases, que pertenecen al artículo de Gil de Biedma "Luis Cernuda y la expresión poética en prosa", señala el prologuista:
[Gil de Biedma] consideraba que la solidez y el civismo de una verdadera sociedad estriban, primordialmente, en la calidad de sus prosistas y que la inveterada superioridad, en España, de los poetas sobre ensayistas y novelistas no era más que un síntoma de decadencia.
Esa misma “alergia hacia los excesos líricos” fue la que le llevó a escribir el poema “Apología y petición” en un formato frío, como cuenta Gil de Biedma en una carta y nos explicó Eduardo Jordá en Frontera D: el de la artificiosa sextina. El distanciamiento que ésta aportaba ha actuado justamente como congelador, que nos ha traído fresco el contenido. De la poesía comprometida de su época, nada puede leerse hoy con la misma actualidad, da igual los versos que se escojan. A los artistas “de la ceja”, y los ufanos electores de entonces, parecían estar destinados los siguientes: “Y a menudo he pensado en otra historia / distinta y menos simple, en otra España / en donde sí que importa un mal gobierno". Yo mismo escribí hace tres años apoyándome en los más conocidos: “De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal.” Me parece razonable la pregunta de en qué medida el catastrofismo colabora con la catástrofe, como advertía Elvira Lindo el miércoles. No tengo clara la respuesta: yo diría que depende. Sí estoy convencido, en cambio, de que el optimismo colabora más.

* * *
Anoche, por cierto, terminé de ver The Wire: una serie tan gloriosa como pesimista. Parece una ilustración de la filosofía schopenhaueriana. Por eso no deprime como Bambi, sino que tiene unos efectos revitalizadores, exaltantes: los que desata, para empezar, el ser tratados como adultos.

* * *
(12.5.10) Critica hoy Elvira Lindo a quienes "sacan a pasear los célebres versos de Gil de Biedma". Olvida algo: que se sacan ahora, pero que han estado muchos años sin sacarse. Es decir: que su uso no ha sido automático, sino que ha dependido de las circunstancias. Cuando los versos han vuelto a tener aplicación, se han sacado: no antes. Y sí: los hombres hacen la Historia. Sólo que nuestros "actores de la Historia" actuales tienen un nivel bajísimo y parecen no haber aprendido nada. Quizá por eso no pueda resucitarse ya el "espíritu de la Transición": porque somos peores.

[Publicado en Frontera D]

3.5.10

La verdad desagradable

Para reencontrarme con la lectura, con el placer de la lectura, recurro a Gil de Biedma. Como siempre. Me compro su correspondencia, compilada con el nombre espléndido de El argumento de la obra. Saco de la estantería Las personas del verbo, releo el autorretrato del poeta: "...Y preguntarme por qué no escribo inevitablemente desemboca en otra inquisición mucho más azorante: ¿por qué escribí? Al fin y al cabo, lo normal es leer". Me vienen los dos últimos versos del libro: "Las rosas de papel son, en verdad, / demasiado encendidas para el pecho". Y paso al principio, a la cita de Antonio Machado:

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
–así en la costa un barco– sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.
Después, por la noche, en la cama con sus cartas. Insomnio, desazón. Empiezo por la última y voy remontando los meses, los años. Un enjevecimiento hacia atrás. Me reconozco en la petulancia juvenil y me exaspero; ahí ya no me enseña nada, ya lo hice. Aunque la disfruté en otro tiempo, cuando leí el Retrato del artista en 1956. El domingo lo paso picoteando en su libro de críticas, El pie de la letra, y releyendo sus poemas. Es el primer día fuerte de calor del año. La playa está llena de bañistas. Cerveza en el chiringuito. ¿Cuántas veces habré leído Las personas del verbo? Y siempre encontré novedades. Es la gloria de los buenos poetas breves: su único libro recibe el honor de toda una biblioteca. Por la tarde me adormilo. Salgo otra vez en la última hora de luz, con el libro de las cartas. Está muy bien la introducción de Andreu Jaume. Trata con seriedad al poeta, sin hacer mucho caso de su fama. Quizá haya que empezar a salvar a Gil de Biedma de su fama. Copio este pasaje estupendo:
La matización que había sufrido el personaje dramático de sus poemas en Moralidades, desde 'Barcelona ja no és bona' hasta la apoteosis de un poema tan largo, complejo y afinado como 'Pandémica y celeste', encuentra en Poemas póstumos su definitiva consumación. La destrucción del personaje de Gil de Biedma empieza en 'Contra Jaime Gil de Biedma' y culmina en 'Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma', una de las pocas muertes en vivo de la historia de la literatura. El desenlace muy probablemente le provocó un problema operativo: una vez muerta en escena la voz que había construido con el monólogo era muy difícil proseguir por ese camino de superposición de máscaras acústicas en que había venido consistiendo su poesía desde los años cincuenta. En una carta del 16 de abril de 1969, le escribió a Joan Ferraté: 'Es probable, casi seguro, que no vuelva a escribir poesía en cierto tiempo –y es posible, temo, que no vuelva a escribir–; creo pues que quod decet es prepararse para la otra vida'. Aunque su destreza literaria, su astucia verbal y en general su conocimiento poético nunca habían sido tan seguros, paradójicamente se encontró de pronto en un escenario vacío con su propio cadáver en brazos.
En esa expresión de su poema más famoso, "la verdad desagradable", se resume el espíritu de Jaime Gil de Biedma; su herida, su elegancia. La verdad es tomada por su efecto sensual: desagradable. El receptor filosófico es el cuerpo, el gusto. Hay una sutil tragedia ahí. Un tanto afectada, pero preciosa. Clásicamente bella.

[Publicado en Frontera D]

1.5.10

La solución Duchamp

Recibo de Jabois la columna de Jaime Serra aparecida el pasado domingo en La Vanguardia: "Una paradoja hecha puerta". Había visto esa puerta de Duchamp, pero nunca me había detenido en ella. Me parece brillante la interpretación; y brillante (brillante sin énfasis; brillante con grisura, con elegancia) el hallazgo de Duchamp. Abro el portón de The Complete Works of Marcel Duchamp (Delano Greenidge Editions, NY), de Arturo Schwarz, a ver qué dice:

Puerta: rue Larrey, 11 (París, 1927).– En el pequeño apartamento en que vivió entre 1927 y 1942, Duchamp instaló una puerta que servía para dos entradas (entre el estudio y el dormitorio y el estudio y el baño). La puerta podía estar abierta y cerrada al mismo tiempo, lo que le proporcionaba a Duchamp tanto una paradoja casera como una solución práctica para ahorrar espacio. La puerta fue sacada en 1963 y expuesta como objeto independiente, después de que se hiciera una reproducción in situ a escala real.
La solución de Duchamp es disolver el problema (disolverlo, no saltárselo). Adecuadamente, Schwarz relaciona esta obra con la gran frase zen del artista: "No hay solución, porque no hay problema".