14.7.10

La Dulcinea de Duchamp



En Árbol adentro (1987), Octavio Paz le dedicó un soneto a este cuadro de Duchamp, que pude ver hace dos veranos en Barcelona. Lleva un epígrafe: "–Metafísica estáis. / –Hago striptease". Y dice así:

La Dulcinea de Marcel Duchamp

Ardua pero plausible, la pintura
cambia la blanca tela en pardo llano
y en Dulcinea al polvo castellano,
torbellino resuelto en escultura.

Transeúnte de París, en su figura
–molino de ficciones, inhumano
rigor y geometría– Eros tirano
desnuda en cinco chorros su estatura.

Mujer en rotación que se disgrega
y es surtidor de sesgos y reflejos:
mientras más se desviste, más se niega.

La mente es una cámara de espejos;
invisible en el cuadro, Dulcinea
perdura: fue mujer y ya es idea.
En las notas finales del libro, escribe el poeta:
En 1911 Marcel Duchamp vio una joven en una calle de Neuilly. No le dirigió la palabra pero su imagen fue el modelo de un cuadro que llamó Retrato o Dulcinea. La joven está representada cinco veces, desde ángulos diferentes; en cada una de ellas aparece más desvestida, hasta la total desnudez. Un surtidor que se divide en cinco chorros. Ni exactamente cubista ni futurista –aunque Duchamp se propuso, como los pintores de esas tendencias, expresar simultáneamente distintos aspectos y momentos de un objeto– este cuadro prefigura a La Novia desnudada por sus solteros, aún... El retrato de esa Dulcinea, imaginaria como la de Don Quijote, es el momento inicial de la larga anamorfosis que es toda la obra de Duchamp: de una muchacha desnuda (la Aparición) a la Idea (la Apariencia: la forma) a la muchacha otra vez (la Presencia).

11.7.10

Pseudópodos

Y tras los tentáculos oraculares, los pseudópodos del falso conocimiento. Fue hace unos días. Yo iba con la mente flotante, mientras paseaba. Especulaba distraídamente sobre cierto aspecto que, en verdad, desconozco. De pronto fui consciente de ello: de que mi saber cesa en un punto. Y de que la actividad de la mente no se detiene ahí, sino que lanza sus pies falsos: proyecta espejismos. Se desborda hacia la sombra, con luces de mentira. Lo que ignoramos no lo dejamos en blanco (o en negro), sino que lo arañamos de figuraciones. Fue una autoconsciencia estrictamente kantiana, por supuesto. Pero la experimenté tal cual, sin mediación libresca. La mente es un ámbito sin vallas. La ocupa un ojo completo, que no se frena. Donde no hay nada, le echa una luz que crea algo, o la apariencia de algo. O diversas posibilidades de algo, en franjas sucesivas o simultáneas, sin sustento en la realidad. La bóveda del cráneo es la caverna de Platón, cuyas sombras son la luz misma en que consiste. El ejercicio ascético –y extático– sería paradójicamente confinarse en esta parte: vigilando los pseudópodos, para que no se salgan. Tener una percepción en masa del infinito, sin que se vea manchado de mundo.