9.10.10

La clave de la niña mala

No deja de resultarme triste, en realidad, la figura del escritor consagrado. Esa profesionalidad con que despacha sus obras, que admiro y envidio, porque yo no la tengo y la quisiera tener; pero si no la tengo no es sólo por ineficacia: es también porque la desprecio un tanto. En esa oscilación estoy, entre la admiración y el desprecio. Creo que sería bueno serlo, porque resolvería muchas cosas; pero da un poco de pena contemplarlo. Es como contemplar a uno que hace crucigramas. La literatura, para el que se mete en ella, es un crucigrama infinito: el pasatiempo que no se termina. Pero al que va rozándose con las esquirlas de los minutos le repugna un poco la felicidad pazguata del entretenido. Supongo que se pueden combinar ambas cosas, y el truco de Vargas Llosa parece ser el de ir por una senda roma de samurai, cortés, envarado, sonriente, para entregarse luego, sin testigos, a las turbulencias de la página: a sus proclamados demonios y obsesiones. Pero no hay remedio: la mecánica del libro puntual me termina resultando melancólica. (Lo que me llenaría la vida si fuese yo el que lo hiciera, me la vacía estando de observador.)

Luego están las cuestiones técnicas, todos esos análisis de taller de escritura, que me aburren soberanamente. Me repugna el buen salvaje cultural, y más el que se mete a escribir libros; pero tampoco aguanto al tecnócrata del texto. A veces pienso que lo que me pasa es, simplemente, que no me interesa la literatura. Me gusta leer, me gustan ciertos libros y ciertos autores: hay algo ahí que me toca; pero no sé si es la literatura. Tampoco me empecino en el término: podría abandonarlo sin problema.

Pero valoro la pulcritud de los que hacen bien su trabajo de escritores. Los que emplean la técnica adecuada. Vargas Llosa es el primero. Tras mis consideraciones de arriba, desdoblándome (pero ya lo he dicho: ahí en medio estoy), quisiera señalar algo sobre la técnica de Travesuras de la niña mala, porque creo que es la clave y no lo leí en ninguna crítica, ni se lo escuché a ningún lector. La novela estaba aquejada de una cierta falta de inspiración. Era un Vargas Llosa más mate, con menos recursos, hasta torpe a veces. La novela se leía bien, se disfrutaba; pero daba la impresión de que –pese al tema pasional– se trataba de un Vargas Llosa apagado. Curiosamente, el efecto de esa torpeza resultaba novedoso, como un tono que el autor conquistaba; pero sobre esto se imponía la acre sensación de que era por descuido.

Unos días después de haber terminado la novela recuerdo que me puse a pensar en Vargas Llosa con ciertos aires de superioridad, mientras caminaba. Pero entonces me dije: "Un momento. Esto no puede ser así. Las novelas de Varguitas pueden estar mejor o peor, pueden gustar más o menos; pero en lo que nunca fallan es en la técnica, y siempre son brillantes –este, incluso, suele ser su defecto". Y de pronto lo vi. La novela está en primera persona. El narrador, Ricardo Somocurcio, es un individuo gris, mediocre: lo que escribe ha de estar acorde con esta cualidad. Vargas Llosa había abandonado sus recursos novelísticos porque su narrador no podía tenerlos. Esa renuncia –de la que luego no le he visto presumir en ninguna entrevista– es la grandeza de su novela. Es algo, en verdad, precioso. (Ah, si estas cosas me bastaran –pero las celebro pasajeramente.)

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Dos textos complementerios: "Dispersión y tensión" y "La indolencia de los escritores". (Bibliografía que no falte!)