17.11.10

Servicios al Estado

Qué farsa la del artista Santiago Sierra: las razones que ha esgrimido para rechazar el premio del Estado han sido tan estólidas, tan estatales... Lo ha hecho además en un formato acusadamente estatal: el de "carta a la Ministra". Carta que, como no llevaba ni una idea sino solo tópicos infantiloides, ha resultado muy del gusto de la Ministra. Hay que desconfiar del artista que se toma a sí mismo demasiado en serio: el artista pomposo, pompier. El verdadero artista no da el coñazo, sino que acepta el premio, lo cobra, y después escribe un libro chispeante como Mis premios.

En verdad, ¿qué arriesga Santiago Sierra? Con una o dos obras que venda recupera los treinta mil euros que le ofrecía el Estado; y ahora que se ha investido de eso que tanto gusta, de artista irreductible, venderá más, mucho más. Lo que ha hecho le ha subido la cotización: esto es algo objetivo, más allá de su discurso y de sus tiernas intenciones. Dio la casualidad de que el día de su flamante NO fue arrestado un artista disidente chino, que sí arriesgaba. Ver las dos noticias en la misma página (debajo y en titular más pequeño la del chino, por cierto) resultaba ilustrativo del engreimiento en que vive el artista occidental.

Y así llegamos a lo principal del asunto. El grado de subversión de un artista no lo decide el artista: lo decide el Estado. Si el Estado te premia, qué se le va a hacer, chico: serás lo que tú quieras, pero no subversivo. Por definición. En el mismo instante en que el Estado ha premiado al artista subversivo, éste ha fracasado como artista subversivo. El premio del Estado es la certificación de su fracaso. Lo único que le queda al artista es aceptarlo y cobrar el cheque con deportividad; como máximo, bromear un poco. Esto, además, es un gesto político: la constatación de que el Estado es una prisión sin escapatoria, por más voluntarismo que le ponga el sujeto (¡burgués!). Aceptar el premio hubiera sido, así, la gran performance política de Sierra; quizá la única verdaderamente política que vaya a presentársele en la vida. Pero se ha mostrado conservador: ha preferido mantener su estatus de artista subversivo, que es de donde le vienen los ingresos. Ahora Sierra es un monigote estatal que irá por ahí fingiendo que es antiestatal. Será un quintacolumnista del Estado entre sus colegas de subversión. El Estado debería subir y darle, bajo cuerda, trescientos mil euros: por sus impagables servicios al Estado.

15.11.10

La alegría de la huerta

De Berlanga yo me quedo con la alegría; y, como mi pensamiento es insidioso, no puedo dejar de compararla con la plomiza tristeza de, por ejemplo, un León de Aranoa. Éste se la coge con papel de fumar, hace su desguace ideológico y el resultado es que sus pobres siempre están tristes, porque sacarlos riendo sería hacerle el juego al sistema: ignorante de que el sistema, si gusta de algo, es precisamente de la parcelación. Berlanga, en cambio, lo lanza en aluvión todo, como en la vida: en sus planos secuencia no sólo se pelean los actores, sino también la alegría y la tristeza, la tragedia y la comedia. Los pobres se carcajean mientras se mueren de hambre; el verdugo es un desgraciado. Para ese río revuelto (¡nietzscheano!) no hay compuertas: su corriente nos azota y nos hace cosquillas a la vez. A los personajes de León de Aranoa los compadecemos, porque su punto de vista hace que nos sintamos burguesamente superiores: sus películas son menos herederas del comunismo que del Domund. En las de Berlanga, en cambio, no hay manera de compadecer a esos bicharracos: si les damos una limosna, nos morderán la mano; si los invitamos a cenar, nos destrozarán la casa. Pero aquí he incurrido en truco, porque aranoescamente he situado la persona verbal en el lugar de la clase privilegiada, cuando es al revés: somos nosotros los que mordemos la mano que nos da la limosna, somos nosotros los que destrozamos la casa de quien nos invita a cenar. León de Aranoa "sienta un pobre a su mesa". Berlanga desenmascara esa operación (como también lo hizo Buñuel). El arte no debe dar sermones, sino vitriolo.

Pero hay una obra de Berlanga que es pura alegría, aunque pocos la vieron. Quienes hablan de la decadencia de sus últimas filmaciones, olvidan que entre ellas se cuenta ese botellón de champán que es la serie Blasco Ibáñez (la novela de su vida). Nadie confió en ella, ni la televisión, que la tuvo guardada y luego la emitió de golpe en dos tandas de varias horas. Yo empecé a verla por la coartada cultural y aquello era un despipote. Qué alegría contagiosa, qué burbujeo. Ramón Langa hacía de Blasco Ibáñez convirtiéndolo en Ramón Langa: una sinvergonzonería jocosa, irresistible. Entre Langa y Berlanga montaron una buenísima. La gamberrada enfadó a los herederos de Blasco Ibáñez, que desautorizaron la serie: no se puede sacar al abuelo del ataúd con la polla tiesa y todos sus vicios incólumes.

Terminemos con una nota melancólica. Al fin y al cabo, se ha muerto Berlanga. Ayer mi amiga Almudena recordaba el final de La vaquilla. Qué diferencia con las monsergas de hoy sobre la "memoria histórica", tan sectarias, tan aprovechonas; tan fraudulentamente sentimentales. Berlanga lo hace mucho mejor: sin que falte la tragedia, pero ahorrándonos la retórica.