20.1.11

Centenario de Cioran

He visto por casualidad que un 8 de abril, fecha de la coronación de Petrarca, fue cuando tuvo el inconveniente de nacer Cioran. Este año se cumple el centenario, como he leído en un blog dedicado a él. En homenaje anticipado, recupero el texto que escribí en mi diario al día siguiente de su muerte (y aprovecho internet para enlazar los dos artículos referidos: son espléndidos):

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(21-VI-1995) Ha muerto Cioran. Una noticia rara, pues lo increíble era que hasta ayer estuviese vivo. Cioran siempre ha tenido para mí el aura de los clásicos. Por eso, cuando hace unos años se corrió el rumor de que iba a venir a Málaga a dar una conferencia, pasé una temporada entre la excitación y la incredulidad de poder asistir a una aparición milagrosa; algo así como si nos visitase Diógenes, atravesando los siglos. Finalmente la realidad se comportó con sensatez y Cioran no vino: continuó siendo el autor legendario que yo imaginaba, aquel que escribió las páginas más puras que he leído jamás. Ese ser inaccesible, sin embargo, es retratado hoy en la prensa como alguien amable y atento, capaz de ofrecerle al visitante un abrigo y unas botas para que se proteja del frío (como le sucedió a Félix de Azúa) o de acompañarlo hasta la misma boca del metro advirtiéndole de los peligros nocturnos de París (como le sucedía a Savater). Y está bien que todas esas páginas demoledoras las escribiera un hombre así; casi es inevitable que las escribiera un hombre así. Como el propio Cioran dijo en una ocasión (a propósito de su amigo Guido Ceronetti): “Los seres menos insoportables que existen son los que odian a los hombres. No hay que huir jamás de un misántropo”. Y es que la lucidez de Cioran, por ser completa, era también temiblemente cortés y compasiva; una compasión, por cierto, nada meliflua, sino despiadada. Acierta Savater cuando dice que “nadie formuló diagnósticos más aterradores con un aire menos intimidatorio”. Y también al escribir que “no carecía de ninguno de los tics de la santidad, aunque para ser santo le faltaba la tara de la fe y le sobraba humor”. Un santo sin fe y con humor: ¿cabe un modelo más recomendable? Al leerlo nunca he sentido angustia, sino alegría, fuerza, vitalidad. La indescriptible dicha de ir viendo caer demolidos, uno a uno, todos los sustentos, todos los engaños, todas las coartadas; de asistir a la dinamitación rigurosa de las máscaras y de los espejismos. También yo desaparecía (con el mundo) en la belleza transparente, inmaculada, de la negación. Y si algo he sentido, ha sido la nostalgia de no haberme podido quedar confinado en ella. (Sí, hubiese querido quedarme allí, no ser nada. Hubiese querido ser Cioran –para no serlo.)