8.2.11

Novelas

Le tengo fobia a leer originales. Rechazo todos los que puedo, que son, realmente, casi todos. Pero en ocasiones me cae uno que no puedo eludir, y se convierte en una carga que me estropea largamente la vida. Se juntan muchas cosas: la tensión de una lectura que no es libre sino que está coaccionada por el obligatorio ejercicio de la opinión (una lectura a la que se le ha despojado de la posibilidad de no ir segregando opinión); el que esta opinión deba decírsele luego al autor de las páginas; mi tendencia a figurármelo como un niño de Dickens o Capra al que sería una brutalidad dejarle sin su caramelo; las dudas que me asaltan sobre mi idoneidad como lector, por mi incapacidad para el análisis frío; recordar lo poco que sé de esto y lo poco que amo la literatura; la culpabilidad por mi pereza y por mi falta de generosidad; por supuesto, la melancólica constatación de que todos menos yo logran escribir sus novelas; y, dominando desde arriba, la convicción de que no hacen falta más libros, la pregunta de para qué más libros... El caso es que me tiro meses con los originales antes de poder leerlos. Se integran en mi circuito neurótico.

Pero un día se emprende al fin la tarea, y se termina. Y el libro queda, para mí, como un termómetro espiritual del amigo que lo ha escrito. Traspasada la penosa lectura, me habita ya como experiencia del otro: como campo de observación, como síntoma de lo que lleva dentro. Hace tres años leí la novela de un amigo brillante que me dejó consternado: era una basura. Contenía todos los tics, toda la autocomplacencia, todo el embrutecimiento por el que ese amigo llevaba años despeñándose. En el día a día de la amistad, y con la protección de la amistad, no me había dado cuenta de la absoluta devastación de su espíritu: pero en esa novela estaba. Ahora, en cambio, he terminado otra que ha tenido el efecto contrario: me ha revelado la riqueza interior de un amigo de maneras más romas. Aquel me llevó al patio trasero de su casa y había cucarachas, ratas, estropeada maleza y hasta flores de plástico, y una hamaca; este, en cambio, guardaba un jardín.