Viaje a Brasil (1)
Por estas fechas se cumplen diez años de mi último viaje a Brasil. No estaba demasiado nostálgico; aunque ese vídeo que me ha mandado mi amiga Beatriz ha hecho que se tambaleen mis defensas. Se me ha ocurrido recuperar mis anotaciones de aquellos días, que tuve en el blog hace tiempo pero borré. Saldrán en seis entregas, hasta el domingo. Esta semana voy a estar fuera y lo dejo todo programado: espero que funcione.
(19-II-2001) En un banco del Shopping Iguatemi, de Salvador de Bahia. Llegada ayer a Rio, con los trámites acostumbrados: el prosaico aterrizaje (el leve avión, de repente, es un armatoste que bota), la cola de la aduana, los gestos secos del policía (siempre como de cinema novo), la espera de las maletas en la nave desangelada... todo en el aeropuerto deja una impresión de grisura expectante. Luego, el taxi que pronto se mete por suburbios de atmósfera pegajosa. Nádia siempre les da conversación a los taxistas, y ellos se muestran corteses y resignados: son un observatorio indolente, aunque con un resto tenso, de la ciudad. El año pasado lo primero que hizo Nádia fue preguntarle quién había ganado en el carnaval (nosotros llegamos uno o dos días después) y el taxista dijo: "Beija-Flor". Aquel viaje tuvo su punto y su contrapunto. El punto era mi propio descubrimiento de Brasil (y de América); y el contrapunto el regreso de Nádia después de varios años. Yo, que la había oído despotricar tanto contra su país en España, sentía cómo, desde el principio, se emocionaba con todo lo que iba reencontrando –empezando, sin duda, por la calidez de la gente. Ayer no pudimos ver nada de Rio: fuimos directamente del aeropuerto a la Rodoviária y allí esperamos tres horas la salida del próximo autobús para Bahia. Nos dimos una ducha en el baño público (entrañable el jaboncito que venía en el kit), compré un montón de periódicos brasileños, tomamos unos cartuchos de salgadinhos con cerveza (la primera Antarctica) y luego yo me puse a merodear por la estación mientras Nádia se quedaba vigilando el equipaje. Me pasé un buen rato observando por una barandilla el abigarramiento de abajo en los andenes: un hormigueo humano de novela de Kipling, con el inevitable mulato con un colchón en la cabeza. Después, por la ventana que había en el extremo de un pasillo vacío, descubrí a lo lejos el Corcovado: el único atisbo de postal, con persistencia sosa. A Rio volveremos en los últimos días de nuestra estancia en Brasil, después de estas dos semanas en Bahia que nos aguardan. Y del carnaval. Precisamente, muchos de los que venían en el autobús eran baianos (o baianas, casi todas) que regresaban a su tierra para pasarlo allí. El viaje ha sido de veinticinco horas, pero no se me ha hecho insoportable. El asiento era cómodo y podía transformarse fácilmente en leito, incluso te daban mantitas; sólo tengo el cuello un poco resentido. He pasado el tiempo escuchando música por los cascos, con los ojos cerrados o mirando el paisaje, hojeando los periódicos, leyendo la novela que empecé en el avión (Elogio de la mentira, de Patrícia Melo) y escuchando la conversación de Nádia con las viajeras de los asientos próximos. Uno de los detalles de los que más se sorprenden es de que las tiendas en España cierren al mediodía ("olhe bem, minha filha, pode crer?", dice Nádia con impostado escándalo, "ficam fechadas até as cinco horas!"). Pero todo esto no eran más que intermitencias, rebrotes de vigilia entre los adormilamientos continuos: he descubierto que no hay mejor método para pasar el jet lag que un viaje largo en ônibus. En la estación de Salvador nos esperaba Dagmar, con un pantaloncito que le llegaba a las ingles y una blusa corta. Ella nació aquí, pero ahora es vecina nuestra en Torremolinos. Nos ha recibido con aspavientos de película y nos ha llevado al piso, situado en un barrio feo y aséptico llamado Stiep (pronúnciese "istiépi"), concretamente en la Travessa Arnaldo Lopes da Silva. De Salvador sólo conozco por ahora la Rodoviária, Stiep y este Shopping, al que Dagmar, Nádia y las otras chicas que había en la casa han decidido venir en cuanto nos hemos duchado. El trayecto hasta aquí también ha sido por barrios desarmoniosos. Nada de belleza por ahora –salvo la de las mujeres, que, ciertamente, compensa todas las demás. Sólo en el autobús venían, sin exagerar, diez o doce que me hubiese follado.
Ahora estoy sentado en la mesita de un bar del centro comercial, con mi chopp de Brahma, mientras las chicas siguen con sus compras. Las he acompañado un rato, pero ya estaba deseando volverme a quedar a mi aire, para contemplar, para pensar (no grandes cosas) y para escribir en este moleskine. Sí, me follaría a un buen montón de las que veo –negras, mulatas y morenas claras; esas pieles, esas formas, esas cadencias, esas carnes... Una orgía sólo de mirar.
Ayer en la Rodoviária de Rio, y ahora en el Shopping de Salvador, el mismo sentimiento: todas estas crepitaciones, estos pequeños haces de vida que yo no hubiera visto de no haber estado aquí. Es un pensamiento vulgar, pero que a mí me emociona: la vida que se está manifestando continuamente sin que seamos testigos. El rumor del Shopping y la cerveza me apaciguan.
Más sensaciones del viaje. La comida brasileña en las paradas. La viajera que más me excitaba diciendo "espetinho de frango". Los nombres de las poblaciones del recorrido: Juiz de Fora, Governador Valadares (donde Nádia, nacida en el pueblecito cercano de Itambacuri, pasó su adolescencia), Teófilo Otoni, Vitória da Conquista, Jequié, Feira de Santana... La música en los cascos: los Songbooks completos de Noel Rosa y João Donato, el VivaNoel de Ivan Lins, Rosa Passos cantando Caymmi, Adriana Calcanhotto (Público) y, ya entrando en Salvador (quise que fuese así), Caetano Veloso: "A Bahia, estação primeira do Brasil...". Los paisajes: subidas y bajadas, curvas entre montes al salir de Rio y por toda Minas; luego el trayecto nocturno, por carreteras sin iluminar –negrura en la ventana. Me dormí y, al despertar, el día ya amanecido pero grisáceo. Los horizontes de Bahia; extensos campos que no sé si eran el sertão; algún promontorio rojizo, aislado; nubes altas, cielo, lluvia –poblaciones ralas.
El verano tropical; la panza, pesando. El portugués, con el que siempre tropiezo más de lo que presuponía. Mi problema es estético: me gusta tanto la música con que lo hablan, que cuando me escucho a mí hablarlo me parece un horror y me avergüenzo. He comprado mapas para situarme. Después de todo, no está mal habernos quedado hoy sin conocer realmente la ciudad. Un aliciente para mañana. Me iré dejando llevar. No estoy eufórico, ni feliz, ni siquiera especialmente receptivo. Me siento un poco atontado, como siempre.
[Sigue: Viaje a Brasil (2)]
