12.4.11

Al borde del ridículo

Estaba yo leyendo encantado, con gran placer , Los enamoramientos (Javier Marías es mi novelista actual preferido, el único del que me leo todas las novelas), cuando un amigo que andaba también con ella emitió este juicio: "Al borde del ridículo". Me contrarió inicialmente, pero luego le di la razón. Es un sintagma exacto: la novela se sitúa al borde del ridículo... pero sin caer en él. De ese filo inestable obtiene sus materiales, su tono, su tensión artística. La de Javier Marías es una literatura amanerada, manierista, que roza un límite, que se demora en un límite. Se despega de la naturalidad, pero el resultado fluye: es una escritura artificiosa que no resulta apelmazada, sino al contrario, ligera, desenvuelta. Morosa pero sin rugosidades. Sí con recovecos. No lo he medido, pero yo diría que tres cuartas partes de las páginas (dos tercios como mínimo) son elucubraciones de la narradora: recrea diálogos o pensamientos hipotéticos de los otros personajes; el lector avanza por ellos como por un terreno fantasmagórico. A veces lo olvida, a veces lo recuerda: cuando lo recuerda, comprende que no existe excesiva diferencia entre esos pasajes y los que están sucediendo de verdad. Eso está muy bien, porque ese es el tema de la novela, ese es el tema de Marías: la maraña de palabras y los restos de la realidad en las palabras. Hay una trama entretenida, aunque minúscula, pero el valor está en la fraseología que se va ensartando en ella, o creándola. Se trata de una escritura integrada: la escritura es el argumento; la sustancia (volátil) de la novela. Las mejores tiradas no son tanto las que hablan de los personajes como las que hablan de nosotros mismos: esos párrafos con el nosotros, que novelizan (poetizan) nuestra propia experiencia. Bernhard era un maestro en su uso, y Marías también, con su acento particular, más atenuado, más melancólico. Termino con unas líneas que lo ejemplifican:

Sí, todos somos remedos de gente que casi nunca hemos conocido, gente que no se acercó o pasó de largo en la vida de quienes ahora queremos, o que sí se detuvo pero se cansó al cabo del tiempo y desapareció sin dejar rastro o sólo la polvareda de los pies que van huyendo, o que se les murió a esos que amamos causándoles mortal herida que casi siempre acaba cerrándose. No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan las mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos, y aun así daríamos cualquier cosa a veces por seguir junto a quien rescatamos un día de un desván o una almoneda, o nos tocó en suerte a los naipes o nos recogió de los desperdicios; inverosímilmente logramos convencernos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano... (pp. 150-151).