1.4.11

Girasoles, helicópteros



Muchos ciclistas han muerto bajando, pero la de Tom Simpson en el Mont Ventoux fue una muerte subiendo. Su cuerpo acudió a recogerlo un helicóptero y me he dado cuenta de que la presencia de los helicópteros en las cumbres tiene que ver con la muerte: suben a buscar montañistas despeñados, o a recoger cadáveres de ciclistas. En esa foto acaban de recoger el de Tom Simpson, el 13 de julio de 1967. Es un helicóptero fúnebre, un helicóptero-ataúd.

A los cinco minutos, un helicóptero aterrizó a nuestro lado. Tumbaron a Tom en una camilla, lo metieron a toda prisa en el helicóptero y despegaron. Nunca olvidaré la imagen de Tom en la camilla, con los brazos colgando. Porque justo entonces comprendí que había muerto. Nos quedamos todos allí, en la cuneta, mirando el cielo, siguiendo con la vista el vuelo del helicóptero, cada vez más lejano.
Estas palabras de Harry Hall, el mecánico de Simpson, las he leído en Plomo en los bolsillos, de Ander Izagirre, un espléndido libro sobre el Tour. Lo componen quince crónicas, desde el nacimiento del Tour hasta Armstrong: son todas muy buenas, pero yo aquí solo hablo de la del Ventoux. Aunque la muerte de Simpson es uno de los emblemas del monte, nunca me había preocupado por investigar sobre ella. Era una muerte icónica: la estampa del derrumbe de Simpson. Ahora sé más, del personaje y de aquel Tour, de aquella etapa. Simpson la había marcado en rojo:
"Esta es la clave", le decía a Lewis. "Cuando coronemos el Ventoux, sabremos quién será el ganador en París".
Lewis, Colin Lewis, era el neoprofesional que compartía habitación con Simpson. Izagirre recuerda unas declaraciones que hizo a The Sunday Times treinta años después. Es el relato de una iniciación, que empieza con la emoción de Lewis cuando sabe que va a compartir habitación con el líder de su equipo, sigue con las jornadas compartidas, la observación del maestro, y termina con Lewis esperando en el hotel con la cama de Simpson vacía. Aún no sabía que había muerto, pero sí que algo había pasado.
"Yo tuve un día bastante bueno", dice Lewis, "en las primeras rampas marchaba cerca de cabeza y veía lo que ocurría por delante. Vi que Tom no respondió a los primeros ataques, pero enseguida salió a la rueda de dos ciclistas. Parecía que las cosas no iban mal". A partir de ese momento, Lewis perdió de vista a los primeros y se concentró en su propio esfuerzo. Trepó con mucho sufrimiento por la parte inicial de la montaña, aún cubierta por pinares, pero cuando alcanzó la zona del Chalet Reynard, donde la vegetación desaparece y la carretera sube por un desierto de guijarros calcinados, escuchó el aviso de un aficionado: "Simpson se ha caído". Más adelante vio el coche del equipo británico parado en la cuneta, una bicicleta en el suelo y un corrillo de gente alrededor de lo que parecía un médico atendiendo a un ciclista tumbado. El director deportivo Alec Taylor gritó a Lewis que continuara, y él siguió hacia la cumbre, triste por la desdichada caída de su compañero de habitación, justo en el día en que tenía depositadas las mayores esperanzas. En los últimos metros de la subida, Lewis pedaleó muy despacio para mirar ladera abajo, por si venía Simpson. No vio nada, así que bajó el puerto, terminó la etapa y se marchó al hotel.
La autopsia revelaría luego que la muerte de Simpson se debió a una parada cardiaca provocada por anfetaminas y coñac (más "el calor terrible", y el esfuerzo). Lo dramático es que fue Lewis quien le había proporcionado el coñac. Camino del Ventoux los gregarios habían asaltado un bar, como solía hacerse entonces:
"Las cocacolas eran los botines más preciados y yo vi una botella encima del frigorífico, así que me subí a una silla y la cogí. Luego me guardé otras tres botellas en los bolsillos traseros del maillot y me metí una más por la nuca, sin saber qué eran. Salí corriendo". Después tocaba perseguir al pelotón, cazarlo y buscar al jefe de filas. "Busqué a Tom en el grupo y le pasé la cocacola", cuenta Lewis. "Se la bebió entera, casi de trago, y luego me preguntó: '¿Qué más tienes?'. Metí la mano en el bolsillo y agarré una botella cualquiera: era coñac Rémy Martin. Tom la vio, dudó un instante y al final me dijo: 'Qué demonios, dámela. Ando un poco flojo, a ver si me pongo a tono'. Bebió un trago y luego arrojó la botella por los aires a un campo de girasoles".
La aparición aquí de los girasoles resulta precisa, como en los cuentos o en los relatos míticos. Parecen el anuncio de la muerte: la muerte bajo el sol, y además relacionada con las aspas del helicóptero (a su vez hermanas de las ruedas). Una de las odas de Ricardo Reis termina con los girasoles y la muerte:
Girassóis sempre
Fitando o sol,
Da vida iremos
Tranquilos, tendo
Nem o remorso
De ter vivido
.

[Girasoles siempre
mirando al sol,
de la vida nos iremos
tranquilos, teniendo
ni el remordimiento
de haber vivido.]
El último detalle es que Tom Simpson, cuando estaba ya tumbado en la gravilla, siguió dando pedaladas al aire: "haciendo girar unos pedales invisibles". Con ellas salió del Ventoux, o lo completó.

* * *
En mi archivo tengo una foto del pelotón entre girasoles (Tour 2009) y otra de un helicóptero acechando en un ascenso (Tour 2010, precisamente un 13 de julio). Plomo en los bolsillos solo está disponible aquí: anderiza@gmail.com.

(12.7.12) Ha salido una nueva edición de la obra: en Libros del K.O. Además, una avalancha en los Alpes ha matado a nueve alpinistas: convocando una vez más al helicóptero fúnebre.