18.4.11

Nuestro envarado intérprete

A propósito de mi entrada anterior, he recordado este otro textito que escribí sobre Javier Marías hace tiempo, exactamente el 24 de febrero de 2003:

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El atildado y casi soso, el estirado y a veces ridículo, el sin duda acomplejado Javier Marías es, incuestionablemente, el mejor novelista español vivo, y uno de los mejores europeos y mundiales. Que un país tan aficionado al garbanzo (y Galdós no era el garbancero, sino más bien sus casposos atacantes: Cernuda, otro de nuestros lujos, lo tenía en su altar íntimo junto al refinado Gide o a Goethe, cuyo paganismo admiraba) produzca un autor como Marías es un milagro equivalente a la eclosión universal de los bambúes. Un país cuyo garbanzo mayor, Cela, produce por reacción contraria un antigarbanzo aún más garbancero que el garbanzo mayor, Juan Goytisolo, no podía dejar de contemplar con arisco resentimiento, al principio, la aparición de un refinado petimetre capaz de escribir, en español, la mejor novela existente sobre Oxford. Y de escribir luego de Todas las almas, pese a las acusaciones umbralianas de "anglosajonijodido" (que ya hay que detestar el español, aunque presuntamente se le ame, para inventar ese palabro), obras como Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Mientras ellas duermen, Negra espalda del tiempo, Seré amado cuando falte o ahora Fiebre y lanza (¡memorables títulos!): todas ellas en prosa manierista y de aclimatación al español de los meandros (manieristas también, y humorísticos y melancólicos) bernhardianos, una prosa que nos instala en una duración propia, de la que la historia (¡la anécdota!) se va desprendiendo junto con la reflexión vital, y la poesía vital, y la pena vital, y la alegría vital, y el homenaje vital, y el desconcierto vital, con una finura y una majestuosidad absolutamente clásicas y perdurables, pese al manierismo del estilo, su capricho, su apuesta, su originalidad, su gracia. Bravo, pues, por Javier Marías, nuestro observador apático, nuestro envarado intérprete.