El innovador sintáctico
La semana pasada salí a defender a Javier Marías de algunos que lo criticaban, en el blog de Jabois, citando frases suyas: "Me fui solo de Oxford por azar tan sólo", "el cochecito de niño de mi niño nuevo", "había pasado más tiempo del que yo pensaba, pensé"... Recupero aquí mis intervenciones, sin pulimentación; es decir, en el estilo campanudo en que suelo darme en esos foros (sobre Marías ya lo hice en "Nuestro envarado intérprete"):
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Deliciosas frases, para bernhardiano oído al menos. Hay un cierto senabrismo ultracorrector que aspira a retirarle toda la sal al lenguaje. Toda la sal y la chispa. Aspira a un lenguaje desalado y desachispado. El sueño de ese senabrismo es que las estructuras latentes de Chomsky se manifiesten en la frase, con lo que ésta quede convertida en un documento soviético, tan del gusto de Chomsky (y el senabrismo). El modelo verbal de todo senabrismo es el de aquel Joaquín Calvo Sotelo que nos amargaba las sobremesas de los sábados con sus refranes, mientras esperábamos a Pipi Calzaslargas.
Marías es un maestro absoluto del lenguaje, lo digo yo, con mi autoridad de maestro absoluto del lenguaje. Todos esos elementos de los que se ríen los estólidos están deliberadamente puestos ahí, para que la frase se convierta en algo turbio y frágil: algo a lo que no puedan agarrarse los senabristas, algo que volvería locos a los asentados senabristas.
El asunto, en arte, es siempre el mismo: ¿resulta expresiva esa distorsión (aparente o real)? Las distorsiones, en la inmensa mayoría de los casos, restan expresividad y son un coñazo; sólo pueden ser tomadas, si acaso, como síntomas del sujeto (si queremos investigar al sujeto). Pero cuando esas distorsiones no restan, sino que suman, son no sólo permisibles, sino de agradecer: por ahí va avanzando el lenguaje, por esas micromutaciones de los estilos.
Lo de Marías tiene mucho mérito, créanme. Hemos tenido grandes prosistas, pero muy pocos indagadores de la sintaxis. El trabajo que hace Marías con la sintaxis, sus innovaciones sintácticas, tienen mucho, muchísimo mérito. Y más aún en este país de patanes, sordos a ellas.
De entre los escritores, el innovador sintáctico es, sin duda, el más meritorio de todos ellos. La innovación sintáctica lleva aparejada la innovación en la puntuación, en la que Marías también es maestro: y aquí lo afirmo, nuevamente, desde el Everest de mi perfección puntuadora (me refiero al Everest anterior a la oyarzabalización, también llamada juanitización).
